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29/06/2015 07:34 CEST | Actualizado 28/06/2016 11:12 CEST

El euro en llamas

Se acabó lo que se daba. El euro se tambalea. Ya no sabemos si se trata de una unión monetaria en toda regla o de un sistema de cambios fijos. Ya sé que se me acusará de agorero, pero esto se veía venir. No es posible construir una unión monetaria cuando existen tantas diferencias de opinión, tantas divergencias, tantos desencuentros.

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Ilustración: ALFONSO BLANCO

Se acabó lo que se daba. El euro se tambalea. Ya no sabemos si se trata de una unión monetaria en toda regla o de un sistema de cambios fijos. Ya sé que se me acusará de agorero, pero esto se veía venir, y así lo he dicho en numerosas ocasiones. No es posible construir una unión monetaria cuando existen tantas diferencias de opinión, tantas divergencias, tantos desencuentros.

Ya sabíamos que el diseño del euro en 1999 era institucionalmente incompleto. Faltaba una unión bancaria, fiscal, laboral y política. Yo al menos esperaba que la gestión de la crisis de la deuda soberana y del euro que estalló en 2009 hubiera sido más acertada. Es una pena comprobar que ni los políticos ni los tecnócratas europeos han sabido estar a la altura de las circunstancias.

De ahí que hoy lunes se produzca una situación absolutamente insólita como es que un país que forma parte de una unión monetaria se vea forzado a imponer controles de capital. El corralito griego revela que la unión monetaria solamente existe en la imaginación de la gente, de los políticos y de los tecnócratas. Hoy veremos si los inversores y los mercados piensan lo mismo. Me temo que no.

Examinemos la situación creada por el corralito griego en toda su crudeza. En primer lugar, la población griega va a sufrir inmensamente puesto que se encuentra atenazada entre la rigidez de la unión monetaria y la intransigencia de los que proponen la austeridad como única salida. Eso sí, los griegos ricos con capacidad de mantener cuentas en otros países ya han sacado su dinero del país y van incluso a beneficiarse de la tormenta, puesto que en el futuro podrán repatriar parte de su capital para comprar activos devaluados.

En segundo lugar, la situación no es solamente culpa de los griegos y su incapacidad de tener una economía y un estado que funcionen. La debacle constituye un fracaso europeo que demuestra la incapacidad de los líderes políticos de los distintos países y de las instituciones europeas de superar sus discrepancias. Ya lo habíamos visto con Ucrania y con la crisis de la inmigración en el Mediterráneo. Europa no existe como entidad en el mundo. Y si existe, desde luego no parece tener la capacidad de tomar decisiones y de resolver los problemas.

En tercer lugar, los países excedentarios, con Alemania a la cabeza, son también responsables de la situación creada. Las políticas de austeridad nunca funcionarán con la suficiente celeridad como para romper la dinámica del desempleo y del déficit. He apuntado repetidamente en este medio que las economías excedentarias deberían actuar de locomotoras del conjunto de la economía europea, aumentando su gasto, tanto público como privado. La característica más importante de Europa no es la unión monetaria sino su extraordinario grado de integración comercial. En un bloque comercial tan aguerrido no tiene ningún sentido que todos los países persigan políticas de austeridad simultáneamente.

Y en cuarto lugar, Europa se ve otra vez a merced de fuerzas que la superan. El crecimiento del mundo emergente, el envejecimiento de la población, los extremismos de derecha y de izquierda, y la corrupción política continúan ensombreciendo nuestro futuro. El ascenso del populismo de izquierda ya sabemos en qué desemboca: en la destrucción del proyecto europeo, tal y como queda demostrado con el caso griego. Tomemos todos nota para las próximas elecciones.

¿Qué va a ocurrir ahora? Más años de sufrimiento para los desempleados y los marginados. Más cumbres europeas. Más compromisos de última hora que nadie cumple. Y con toda seguridad, una refundación de la zona euro incluyendo solamente aquellos países que tienen las instituciones y el deseo de estar en una unión monetaria de verdad en lugar de un sistema de cambios fijos.

¿Entraría España en ese nuevo diseño? Todo depende de si somos lo suficientemente serios a la hora de asumir los compromisos que una unión monetaria implica. Si estamos dispuestos a ser como Alemania, entonces deberíamos formar parte. Si en cambio estamos interesados en seguir trampeando y jugar a la lotería en lugar de priorizar la educación, la investigación y la competitividad, sería mejor que acuñáramos nuestra propia moneda.

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