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18/05/2018 07:31 CEST | Actualizado 18/05/2018 07:31 CEST

Dicen que con el segundo hijo todo es más complicado, pero se equivocan

Escrito por Jamie Johnson

Cuando mi marido y yo nos enteramos de que íbamos a tener un segundo hijo, estábamos completamente extasiados. Pero no pasó mucho tiempo hasta empezar a escuchar comentarios sobre los "segundos hijos" de boca de todos.

El principal comentario que recibimos fue que el segundo hijo es mucho más complicado de llevar que el primero. El primero suele ser el bueno y, el segundo, el salvaje.

En ese momento, yo tenía las hormonas revolucionadas y me pasaba las noches llorando y dándole vueltas a estas advertencias. Si todo eso era verdad, iba a tener muchos problemas.

¿Cómo iba a lidiar con esta situación?

Lo que la gente no sabía era que mi primer hijo, Henry, que por entonces tenía dos años y medio, era revoltoso como el que más. Estaba lleno de moratones, escalaba por todas partes, saltaba, subía verjas. Se había ganado el apodo de "Huracán Henry" por un buen motivo.

Henry es alto y fuerte. La gente siempre ha dicho que parece un jugador de fútbol, incluso cuando era un bebé.

Teniendo en cuenta todo esto, esperaba que mi segundo hijo, Simon, fuera enorme, cabezón y con un fuerte temperamento.

Pues bien, nació pesando 3,7 kilos. Pero no lloró. Simplemente levantó la mirada y me observó con sus enormes ojos brillantes. Deprendía tranquilidad. Desde ese momento supe que ese bebé iba a ser muy diferente al primero. Es alucinante cómo un bebé tan pequeño puede poner de manifiesto su personalidad tan pronto.

Simon era el bebé más dulce, reservado y feliz que había conocido nunca. Apenas lloraba. Cuando empezó a sonreír, no paraba. Nada le molestaba y, sinceramente, me tenía cautivada.

Pasé tanto tiempo pensando en lo que había hecho mal y comparando a mis dos hijos, que comencé a tener problemas de ansiedad.

Cuando le llevamos a la primera cita médica tenía aproximadamente una semana. El médico estaba preocupado de que no hubiera ganado suficiente peso. En resumen, descubrimos que tenía reflujo gástrico y estaba muy por debajo de su peso.

Tuvimos que llevarle al médico casi todos los días durante dos semanas para asegurarnos de que aumentaba de peso cuando comenzara con la medicación para el reflujo gástrico. Llegó un punto en el que pesaba tan poco que ya no sabía qué hacer.

Recuerdo que pensaba constantemente: ¿Cómo puede estar pasando esto? ¿Cómo puede ser tan pequeño mi hijo? ¿Está bien? ¡Su hermano era tan fuerte!

Todas estas preguntas me quitaban el sueño y no paraba de pensar que tal vez había hecho algo mal durante el embarazo. Tal vez si no hubiera hecho tanto deporte, no le pasaría esto. Tal vez no tenía que haberme tomado esas tazas de café por la mañana para aguantar trabajando a tiempo completo mientras me hacía cargo de mi otro hijo.

Pasé tanto tiempo pensando en lo que había hecho mal y comparando a mis dos hijos, que comencé a tener problemas de ansiedad.

Amar sus diferencias

Después de dos semanas tomando la medicación, mi hijo empezó a recuperar su peso normal y no perdió su personalidad adorable, sonriente y reservada.

Fue entonces cuando me percaté de que no podía perder el tiempo comparando a mis hijos. Eran dos personas completamente diferentes y, al compararles, lo único que estaba haciendo era generarme una ansiedad innecesaria. Estaba perdiendo el tiempo preocupándome de cosas que no podía controlar.

Así que me olvidé de todo esto. Y fue lo mejor que he hecho nunca.

Ahora puedo disfrutar el tiempo que paso con mis hijos sin necesidad de preocuparme por los kilos de menos y el hecho de que Simon sea un poco más pequeño de lo normal. Cada niño crece y aprende a su propio ritmo. Esa es la belleza de ser diferentes.

Debo amar sus diferencias. Debo aprender de cada uno de ellos de forma individual.

Sí, me preocupo mucho por ellos, pero mis niños lo son todo y quiero lo mejor para ellos. Y con el tiempo he aprendido que lo mejor es que no me preocupe tanto. Debo amar sus diferencias. Debo aprender de cada uno de ellos de forma individual. Hasta ahora, he aprendido que hay niños que prefieren correr y dar saltos y que a otros les gusta más hacer puzles o leer tranquilamente.

Me siento muy feliz de que mis padres no me compararan con mi hermana, porque somos polos opuestos.

Así que nunca voy a olvidar esta lección: no voy a comparar a mi bebé con su hermano, porque ellos también son polos opuestos. Y no hay ningún problema con eso.

Se pelearán. Se molestarán mutuamente. Es posible que incluso se tiren cosas de vez en cuando. Pero se querrán, y eso es lo único que puedo pedir.

Este artículo fue publicado originalmente en 'Motherly', apareció posteriormente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por María Ginés Grao.

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