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06/11/2018 07:19 CET | Actualizado 06/11/2018 07:19 CET

Pablo Escobar Pop

Nacho Doce / Reuters
Una peluquería colombiana con motivos e imágenes que recuerdan a Pablo Escobar.

Hace unos años un amigo compartió en Facebook un affiche estremecedor. Una sala de fiestas colombiana celebraba el fin de año con un cotillón amenizado por Jhon Jairo Velásquez alias Popeye, un sicario de Pablo Escobar condenado 23 años de cárcel. Esto coincidió con el éxito de la serie Narcos desenterrando a uno de los más tristemente célebres cadáveres de los años noventa. Al olor del dinero fácil, Juan Pablo, el hijo del capo, publicaba Pablo Escobar, mi padre en 2015 y competía con Loving Pablo de Virginia Vallejo, una amante que luego vendió los derechos para la película de León de Aranoa que contó con el mejor Javier Bardem y con la Penélope Cruz de siempre. Antes fue Pablo Escobar, el patrón del mal de 2012, luego los documentales. Pablo Escobar es un subgénero literario y cinematográfico. Ha triunfado después de muerto.

Tachamos a los políticos actuales de incultos y pensamos que ahí radica el problema, pero Colombia demuestra lo contrario ya que prácticamente todos sus presidentes han sido poetas o periodistas, con frecuencia ambas cosas. En un país en el que la mayoría de mandatarios ha publicado libros la corrupción abulta tanto como una ballena en un dormitorio y la violencia es parte consustancial del día a día, si bien tras la tregua con las FARC en un telediario cualquiera se nos informa de cinco o seis muertes ese día y no cuarenta. Sería injusto negar que la situación ha mejorado, aunque el día que se escribió esta columna mataron en el sur a una activista, un policía y un guerrillero reinsertado y se destapó un escándalo en la ciudad de Bogotá relativo al transporte público. Nada sobre narcotráfico.

Lo que ya no es tan normal es convertir a un carnicero en un ídolo pop multicolor

En medio de ese paisaje floreció Pablo Escobar, el Robin Hood Paisa, tal y como sabemos todos los adictos a Netflix y cualquiera que tome el pulso a la cultura contemporánea. La proliferación de libros, películas y series nos muestra a un personaje colorista con el que, en determinados momentos, se puede empatizar al haber sido humanizado especialmente por los norteamericanos. Se puede pensar que, en el fondo, era bueno porque construyó casas para los pobres en Medellín y el amor de pueblo parece quedar patente ante las imágenes de su entierro, con la multitud abriendo el ataúd para tocar su cara hinchada. En realidad quien ha comprado ese relato es o un ingenuo o uno de los que se benefició de las casas; Pablo era un monstruo que solo pudo crecer en un país en el que el estado se encontraba en manos de una sucesión de familias que lo utilizaban como hacían con sus fincas en la meseta y con sus mansiones en Cartagena. Este tipo de criminal, al igual que la corrupción, solo pueden crecer en la debilidad institucional. Es normal, hasta ahí todo sigue la lógica de la historia. Lo que ya no es tan normal es convertir a un carnicero en un ídolo pop multicolor.

Ya en 1983, mientras se dictaba orden de busca y captura contra el todavía senador suplente Pablo Escobar se estrenaba El precio del poder de Brian de Palma con Al Pacino disparando una ametralladora contra sicarios colombianos tras meter la cabeza en una montaña de coca. Aún sabíamos poco, la cocaína era glamourosa y el cine daba el relevo a los personajes mafiosos de Coppola utilizando al mismo protagonista; de Michael Corleone a Tony Montana. Un malo poetizado por otro malo poetizado. Nada tan literario y cinematográfico como un buen malvado con doble cara.

Corleone y Montana no existieron, Escobar sí. Todo tenía un sentido hasta que supimos la magnitud de la carnicería, de los coches bomba indiscriminados, de los degüellos y los huérfanos, de los bebés asesinados y los policías tiroteados. No puede haber un ápice de heroísmo en uno de los culpables de la distribución de cocaína, pero la encontramos en Narcos en el magnético héroe paisa.

Los nuevos Escobar han aprendido de él que es mejor no aparecer en la tele

Se está estetizando un horror que no fue así. Recuerdo perfectamente el día que mataron a Pablo. Valentín Díaz, el reportero de bigote imposible, lo contó desde el tejado de Medellín para Informe Semanal y no fue en colorines brillantes. Recuerdo el atentado de Avianca y no fue cinematográfico; fue espantoso. Se está poetizando una historia que no tiene poesía por ninguna parte. Por contra no se está pensando en un detalle. La desaparición de Pablo no supuso ningún descenso en la producción y consumo de cocaína, de hecho los precios permanecen estables mientras el número de consumidores es exponencialmente mayor. Los nuevos Escobar son anónimos, siguen siendo los dueños de países que toleran en gran medida una industria sucia pero que aporta tanto al PIB como a las cuentas particulares de corruptos. Los nuevos Escobar han aprendido de él que es mejor no aparecer en la tele.

No estaría mal, al tiempo que vemos a Bardem emerger de una piscina de la Hacienda Nápoles caracterizado de un Escobar que da mas miedo que De Niro en el "Cabo del Miedo" recuperar una peli de Barber Schroeder sobre la novela de Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios que en 1999, antes de este amor masivo por Escobar narraba la vida de los críos que iban en motos matando gente con uzis por dos duros. O tal vez sea demasiado duro por que sí se acerca a la verdad. Quién sabe.

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