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21/07/2018 09:38 CEST | Actualizado 21/07/2018 09:39 CEST

Trato de aceptar la muerte de mi padre... aunque siga vivo

bixpicture via Getty Images

El sonido del interruptor del pasillo apagándose a la hora de irse a la cama es el recuerdo que tengo de mi padre.

No había ningún modo de saber quién se acercaría instantes después de que aquel sonido reverberara a través de la pared de mi dormitorio, si sería mi padre o su monstruo.

Vivía aterrorizado por un trastorno bipolar sin tratar, una criatura transformadora con suficiente poder como para volverle violento por asuntos tan insignificantes como encontrarse una luz que alguien se hubiera olvidado de apagar. En otras ocasiones, le convertía en la persona más encantadora del lugar. Hablaba entusiasmado, se animaba con facilidad y proponía de forma impulsiva que nos tomáramos el día libre del colegio para ir a la pista de minigolf local. Mis hermanos y yo nunca pusimos ninguna pega.

Puede que parezca una educación poco convencional ―y en muchos sentidos lo fue―, pero a mí no me gusta definir mi infancia como "anormal", especialmente porque ¿quién ha tenido una infancia "normal"? Cuando fui adolescente, sin embargo, la enfermedad mental de mi padre empezó a ser más bien ese huésped que no ha sido invitado y que no quiere marcharse de casa.

En muchos sentidos, el trastorno bipolar sigue siendo tabú. Pese a que afecta a unos 5,7 millones de estadounidenses adultos en la actualidad, sigue estando estigmatizado. Seguimos utilizando el término "bipolar" para describir a una persona que se cabrea de repente. En realidad, el trastorno bipolar no es una simple cuestión de humor. Es un problema más grave que puede ejercer un efecto devastador tanto en la persona que lo sufre como en su familia.

"Ayuda", gimoteó mi padre una noche, cuando apareció tembloroso y desnudo en el salón mientras yo terminaba mis deberes de 3º de ESO.

"¿Qué le pasa a papá?", preguntó Sonny, mi hermano pequeño de ocho años.

"Nada. Apaga la tele y haz los deberes. La cena ya casi está", respondió mamá, abatida, antes de llevar a papá de vuelta al dormitorio para que se vistiera.

El trastorno bipolar no es una simple cuestión de humor. Es un problema más grave que puede ejercer un efecto devastador tanto en la persona que lo sufre como en su familia.

Era un panorama que nos resultaba familiar: un arrebato ocasional seguido de una vuelta a la normalidad, como si hubiera sido una fantasía de nuestras mentes aún por desarrollar. Solo que sabíamos, en verdad, que significaba el principio del caos.

Dos años más tarde, tras una discusión con mi hermana Madalin, de 16 años, mi padre lanzó las pertenencias de su dormitorio al pasillo, destrozando los adornos y los muebles de forma teatral. Consumido por la locura, se atrincheró en el espacio que había vaciado y estuvo horas caminando de un lado a otro de la habitación antes de escaparse al centro comercial. Comprensiblemente desolada, Madalin se marchó a casa de un amigo jurando que jamás regresaría.

Esa misma noche, cuando nos sentamos a cenar, mi padre volvió montado en segway en actitud triunfante. Parecía una escena sacada directamente de una película de los hermanos Farrelly. Casi me esperaba que soltara un pequeño chiste.

"¡Mirad lo que he comprado! Es el nuevo juguete de la familia, para unirnos más", comentó alegremente, como si no conservara ningún recuerdo del alboroto que había causado aquella misma mañana.

Pero no estábamos unidos. Madalin había dejado un hueco vacío en la mesa. Y así siguió desde esa cena en adelante.

Pasé muchas comidas familiares después de aquella imaginando que aparecería un nuevo papá 2.0 en lugar de mi padre. Un padre que no me hiciera sentir miedo por traer amigos del colegio a casa ni me hiciera pasar otro día más fingiendo indiferencia cuando algo en su cerebro hiciera clic y mi madre nos mandara ir a recoger nuestros cuartos, como si no hubiera pasado nada fuera de lo normal. En otras ocasiones, anhelaba estar cerca de él, del hombre que vivía atrapado en la jaula de su enfermedad.

Entonces, como por ósmosis, para cuando cumplí 18 años, el monstruo de mi padre empezó a marchitarse. Comenzó con cambios de humor menos bruscos, que luego descubrí que era gracias a unos nuevos medicamentos para estabilizar su humor. Bajo un protocolo de tratamiento estricto, papá pasó a un primer plano por primera vez en mi vida.

Empezó a cocinar, a trabajar en el jardín y a contar chistes de preguntas y respuestas sobre pedos, que le costaba mucho terminar sin antes mondarse de risa, fastidiando así el cierre. Manteníamos largas conversaciones mientras comíamos galletas escocesas de mantequilla y nos quedábamos despiertos hasta tarde viendo juntos reemisiones del late show de David Letterman.

"Te has dejado la luz del pasillo encendida", dijo una noche en mi dormitorio después de haber estado riéndonos con un sketch de Andy Kaufman.

"Lo siento mucho, de verdad, ha sido sin querer", respondí con una comezón de terror invadiéndome.

Papá parpadeó lentamente con la cara inexpresiva.

"Bueno, intenta no olvidarte la próxima vez. Buenas noches, mi niña", dijo con una sonrisa. Luego apagó el interruptor que había fuera de mi cuarto junto a la puerta.

En ese momento, supe que mi padre había quedado libre del terror de su enfermedad. Quizás habíamos quedado libres todos.

Azuzado por la perspectiva de tener una nueva oportunidad en la vida, papá se apuntó a un gimnasio y empezó a correr hasta llegar en poco tiempo a hacer casi 50 kilómetros al día. Todo parecía encajar.

Por desgracia, estaba a punto de hacerse añicos.

Con las endorfinas altas, en su cerebro se gestó una idea: dejar de tomar los medicamentos para estabilizar su humor. A escondidas de la familia, dejó de medicarse de repente, estimulado tras volver de correr una mañana, convencido de que estaba renovado o curado. Por desgracia, él fue uno de esos aproximadamente 87% de pacientes bipolares que reinciden en su trastorno al dejar un tratamiento de largo plazo.

Nuestra casa se convirtió de nuevo en un entorno incierto en el que brotaba el caos en cualquier momento.

En cuestión de meses, su forma de hablar se volvió rápida y salpicada de pensamientos erráticos. Dejó de dormir y empezó a pasar horas chateando por Internet, obsesionado con la idea de mudarse a otro país. Nuestra casa se convirtió de nuevo en un entorno incierto en el que brotaba el caos en cualquier momento. El padre que había conocido durante esos dos breves años había muerto, básicamente.

Después de aquello, lo vi muy poco. Me fui de casa para vivir en la residencia del campus universitario. Me llamaba de vez en cuando, aunque esas conversaciones a menudo giraban en torno a ideas incoherentes a un ritmo frenético imposible de seguir. El matrimonio de mis padres también sufría fracturas evidentes; mamá se mostraba nerviosa y emotiva cada vez que hablábamos, y era cada vez menos clara al hablar sobre el paradero de papá. Mi hermana y yo seguíamos en contacto por correo electrónico, pero me pidió que no les pasara sus datos de contacto a nuestros padres; se había distanciado de forma consciente del resto de la familia.

Las llamadas de mi padre se hicieron más infrecuentes hasta que, un día, tras dos meses de silencio y a pocos días de cumplir yo 25 años, me llamó para informarme de que había decidido dejar a mamá e irse a vivir al extranjero.

"Voy a volver a empezar en Tailandia. He conocido a alguien de allí por Internet", me contó con una voz extrañamente tranquila.

"Lo que tengo aquí ya no me es suficiente".

En ese momento yo no lo sabía, pero esa fue la última conversación que íbamos a tener.

Pese a varios intentos durante las semanas siguientes para que retomara su tratamiento psiquiátrico, mi padre ya no estaba dispuesto a aceptar la existencia de su trastorno y ahora prefería vivir los mareantes picos de sus obsesiones.

Un mes después, tomó un avión a Tailandia y, así, en un abrir y cerrar de ojos, mi padre desapareció.

Cuando cumplí 31, recibí un correo electrónico suyo sin asunto. Habían pasado seis años desde la última vez que habíamos hablado, apenas unos días antes de su marcha. El correo no era para preguntarme qué tal me iba ni incluía una felicitación por mi cumpleaños. Me pedía una importante cantidad de dinero y suplicaba que se lo mandara pronto; por lo que decía, era para un socio comercial. El corazón me dio un tumbo. De di a la equis de color rojo de la esquina y jamás le contesté.

A día de hoy, a mis 34 años, casi una década después del distanciamiento de mi padre, el Día del Padre me resulta una fecha extraña. Suelo fijarme en los desconocidos cuando compran postales graciosas o lotes de calcetines en los grandes almacenes y me pregunto cómo sería volver a ser una de ellos. Pero no pienso llamar a mi padre ni mandarle un correo. No porque quiera eliminarlo de mi vida o porque le guarde rencor por los años que nos robó su enfermedad a nuestra familia, sino porque quiero recordarlo tal y como era en los pocos años en los que estuvo realmente vivo.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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