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16/09/2018 08:47 CEST | Actualizado 16/09/2018 08:47 CEST

Trabajé para un circo y lo dejé al darme cuenta de la triste verdad que descubrí

Todo el mundo recuerda en su vida momentos, palabras, acciones y decisiones que desearía poder rehacer. Como cuando le dije a una amiga que estaba mejor sin el cretino de su ex y me enteré de que habían vuelto juntos. O cuando felicité a una conocida por su embarazo y me enteré justo después de que ya había dado a luz hacía meses. También fue un momento tremendamente sonrojante cuando le envié un correo a un ex acerca de mi nuevo novio con todo lujo de detalles personales, intenté acceder a su cuenta sin autorización para borrar el correo antes de que lo leyera y me pilló con las manos en la masa. Pero mi mayor error fue trabajar para el circo Ringling Bros. and Barnum & Bailey Circus.

Fue mi primer empleo al acabar los estudios universitarios. Para conseguirlo tuve que escribir un artículo sobre King Tusk, el mayor mamífero terrestre ambulante sobre la faz de la tierra. Volé a Ohio, conocí a King Tusk, un elefante de 5000 kilos y 3 metros de altura y redacté una entrevista figurada. Divertido, ¿no? Por aquel entonces, yo también lo pensaba. Conseguí el trabajo y me pasé el año siguiente viajando allá adonde realizaban el espectáculo, de Florida a Alabama, luego a Atlanta y de ahí a Manhattan.

Aprendí a hacer algunos malabares gracias a unos payasos muy simpáticos, conocí a trapecistas y funambulistas que transmitían sus habilidades a las generaciones siguientes. También conocí a un grupo de esquiadores acrobáticos de Canadá que bajaban por una enorme rampa y hacían acrobacias en el aire. A veces aterrizaban bien y otras veces tenían que ir al hospital o ponerse puntos. Era un trabajo con un ritmo frenético. Escribía artículos para el suplemento dominical del periódico local de la ciudad que estuviéramos visitando, además de biografías de artistas y demás material utilizado para las relaciones públicas del circo.

El circo transportaba a los animales en trenes y estos se pasaban el tiempo en cada sede en espacios casi siempre sin ventanas, enjaulados o en recintos cerrados.

Durante mi tiempo en el circo, el grupo Personas por el Trato Ético de los Animales, más conocido como PETA, y otras organizaciones para los derechos de los animales se manifestaron en las diferentes ciudades. El circo transportaba a los animales en trenes y estos se pasaban el tiempo en cada sede en espacios casi siempre sin ventanas, enjaulados o en recintos cerrados, a excepción de los elefantes. A los elefantes los encadenaban en fila entre ellos por una pata durante interminables horas. Yo trataba de no caminar cerca de las jaulas de los animales, especialmente las de los tigres, ya que disparaban orina pulverizada para marcarte. Tiene un olor imposible de quitar de la ropa. También evitaba a los elefantes, ya que veía estornudar a King Tusk y era tan impresionante como engorroso. Ahora me avergüenza, pero cuando tenía 21 años no me preocupaba el trato que recibían los animales. Yo simplemente intentaba mantener mi primer trabajo y escuchaba a los domadores, que me decían que querían a sus animales y viceversa; que los animales se veían retados intelectualmente y que disfrutaban cuando actuaban; que los circos ayudaban a preservar y a proteger a los animales de la extinción. Y nunca vi maltrato físico.

Un día, estaba acompañando a un invitado tras las bambalinas y me preguntó por qué se mecían los elefantes. Yo le respondí lo que me habían dicho los domadores: porque les encanta la música. En la naturaleza, los elefantes llegan a caminar hasta 50 kilómetros al día en su continua búsqueda de comida y agua. Viven en sociedades matriarcales, están activos hasta 18 horas al día y no sufren artritis ni las lesiones que suelen desarrollar en las patas cuando viven en un circo debido a las duras superficies sobre las que tienen que permanecer horas de pie. Los elefantes en su hábitat natural viven más de 70 años (salvo cuando mueren intoxicados o asesinados por cazadores furtivos), mientras que los que viven en cautividad suelen morir antes de los 40. Yo no sabía nada de esto cuando acabé la universidad. Ahora ya lo sé, y también sé que los elefantes se mecen cuando están estresados.

Los elefantes en su hábitat natural viven más de 70 años, mientras que los que viven en cautividad suelen morir antes de los 40.

Por eso, cuando ese invitado me preguntó por qué se mecían le di una respuesta ya preparada. Sin embargo, en mi interior sabía que era mentira. Cuando el circo trajo a una cría de elefante llamado Prince Tusk, no sabía que las crías de elefante dependen de la leche materna durante los primeros 4 años, que son queridas y protegidas por toda la manada y que, cuando las separan de la madre, de verdad derraman lágrimas de tristeza. Lo que sí que sentí era que Prince Tusk se sentía solo y aislado. Dejé mi trabajo poco después.

Y ahora llegamos al error del que más me arrepiento: debería haber investigado tras dejar el circo y haber hablado sobre mis dudas con organizaciones para los derechos de los animales o con cualquier persona dispuesta a escucharme. Aunque comprendo que Ringling Bros. se esforzaba en garantizar la conservación de los elefantes y sé que algunos domadores de verdad querían a sus animales, en mi mente no es suficiente compensación por haber forzado a animales salvajes a realizar actuaciones antinaturales para entretener a la gente ni por haberlos mantenido cautivos.

Desearía no haber tardado un año en darme cuenta de que ningún animal salvaje debería vivir en un circo y que los santuarios son la mejor solución para estos animales una vez que han sido arrancados de su entorno natural. Tenemos que trabajar más para mantener esos hábitats y generar situaciones en las que tanto los animales salvajes como los humanos de su entorno salgan beneficiados y ambos podamos vivir seguros, en un ambiente de paz y prosperidad. Los cazadores furtivos que comercian con marfil sacrifican a cien elefantes en África cada día. Los elefantes salvajes, tanto asiáticos como africanos, se habrán extinguido en los próximos 20 años si no hacemos nada para salvarlos. Desearía haber alzado la voz y haber pasado las últimas dos décadas haciendo algo más aparte de donar dinero a organizaciones para la conservación de los elefantes. Desearía haber luchado por todos los animales en cautividad y en la naturaleza.

Desearía no haber tardado un año en darme cuenta de que ningún animal salvaje debería vivir en un circo.

¿Qué puedes hacer cuando reconoces algo de lo que te arrepientes? ¿Cómo rectificas un error, intencionado o no? Esta mañana, cuando estaba paseando a mi perro, me he topado con una vieja amiga. Nos habíamos distanciado hacía años, por mi culpa más que nada, y me disculpé de inmediato. Ella aceptó mis disculpas y sentimos que nos habíamos quitado un peso de encima. Un "lo siento" sirve de mucho a la hora de reparar un error del que te arrepientes, así que hay que disculparse, claro, pero hay que ir más allá de la disculpa. Ayuda a un amigo, mejórale el día a alguien, utiliza las habilidades que tengas para actuar correctamente desde ese momento en adelante y asegúrate de no volver a caer en el error.

Entonces, ¿cómo reparo mis actos más de 10 años después de mi temporada en el circo? Para empezar, me disculpo. Lamento haber aceptado ese trabajo. Y lamento aún más no haber hecho nada para provocar un cambio después de dejarlo. Pero, ¿cómo reparo mis actos a largo plazo? Voy a contarte el mejor consejo que he aprendido a raíz de trabajar en un circo: no se puede cambiar la mentalidad de nadie, ni sobre política ni sobre los animales salvajes del circo, bombardeándole con datos. Durante mi época en ese circo, que cerró en mayo de 2017 tras 146 años de actividad, sufrimos piquetes con pancartas, manifestantes que nos gritaban datos y, a veces, insultos. PETA incluso vació un cargamento de estiércol para bloquear una carretera que llevaba a nuestra sede. Lo único que lograban esos actos era enfadar a los empleados y hacer que se pusieran a la defensiva. Mirad lo que sucede actualmente en la política. Todo el mundo chilla, nadie escucha. Se producen muy pocos diálogos productivos.

La gente no se preocupa por lo que oye. Se preocupa por lo que sabe y por lo que siente. Para lograr que los animales salvajes estén a salvo de los circos, de los parques de safari y de los cazadores furtivos en la naturaleza, tengo que comunicar que los elefantes son enormemente similares a los humanos: inteligentes, familiares, capaces de sentir felicidad y desesperación; lamentan la pérdida de sus seres queridos y protegen a los más débiles de su manada. La educación lleva a la comprensión, lo que lleva, por su parte, a la preocupación y a la acción. Si la gente siente empatía por la complicada situación que atraviesan los elefantes, tengo la esperanza de que ayudarán a estas magníficas criaturas a sobrevivir y a prosperar.

Actualmente apoyo el importantísimo trabajo que lleva a cabo Space for Giants, una organización que lucha por un futuro seguro para los elefantes y sus hábitats, y con Reteti Elephant Sanctuary, el primer santuario para elefantes de propiedad comunitaria al norte de Kenia, donde rescatan y liberan crías de elefantes huérfanas o abandonadas al tiempo que crean empleo para las personas que viven allí. Visita su página web, descubre lo importantes que son los elefantes para el medio ambiente (son una especie clave en el mantenimiento de la biodiversidad de los ecosistemas que necesitamos para vivir) y mutuamente, y lee sobre el amor que comparten los humanos y los elefantes a los que protegen y rescatan.

Todos nos arrepentimos de algo. Pueden ser momentos vergonzosos o, en el peor de los casos, dañinos para nosotros y para los demás, para los humanos y para los animales. Pero lo más sonrojante de esos momentos no es haberlos tenido, como cualquier persona, sino ser incapaces de pedir disculpas y reparar la situación. Jamás podré recuperar el tiempo que perdí trabajando en el circo. Lo que sí puedo hacer es llegar a la gente con la esperanza de crear un ejército de personas preocupadas que puedan ayudar a salvar a los elefantes de los maltratos y de la extinción.

Nancy Richardson Fischer se graduó en la Universidad Cornell y ha publicado obras infantiles y para adultos. Entre sus publicaciones hay obras de Star Wars para LucasFilm y ha colaborado en la escritura de las autobiografías de Bela Karoly, Monica Seles, Apolo Ohno y Nadia Comaneci. Su novela juvenil When Elephants Fly trata de una joven desesperada por evitar la esquizofrenia que arriesga su libertad y su cordura para salvar a una cría de elefante.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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