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Desde sus inicios, Canal 9, sus periodistas y buena parte de sus trabajadores, despertaban recelos y envidias por sus privilegiadas condiciones laborales entre el resto de colegas. En algunas ocasiones despertaban ODIO, sin matices. Con los a√Īos, esa inquina inicial se encontr√≥ con argumentos de peso.
Al m√ļsico lojano Pedro Peralta se le ve√≠a enfadado, haciendo movimientos bruscos con las manos, mirando a sus compa√Īeros. Cuando nadie lo esperaba, cogi√≥ el micr√≥fono y dijo que no tocaba, que con aquel sonido terrible que le hab√≠an preparado era imposible. No, no y no, Peralta no tocaba.
Nadie va a echar de menos la tele p√ļblica valenciana, que ni era p√ļblica, ni era buena, ni serv√≠a a nadie ya con su p√≠rrica audiencia, ni entreten√≠a a nadie, ni nos manten√≠a informados de lo importante, ni cumpl√≠a su funci√≥n, la √ļnica funci√≥n que ten√≠a. ¬ŅQu√© perdemos los valencianos con este apag√≥n de la radio y la tele sufragadas por todos? Nada relevante, la verdad.
El cierre de Canal 9 no es el principio, es un paso m√°s, un eslab√≥n m√°s de la cadena con la cual se pretende asfixiar a los servicios p√ļblicos. Ante la imagen de un Alberto Fabra en su despacho presionando al juez por tel√©fono para que acelere el cierre total y la de Paco Signes, o Paco Telefunken, neg√°ndose a cerrar, hay una distancia insalvable: la que separa la selva de la ley del m√°s fuerte de una sociedad abierta.