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10/09/2018 07:09 CEST | Actualizado 10/09/2018 07:10 CEST

Mi hija me está haciendo mejor hombre, y eso que aún no ha nacido

Mi hija de 20 semanas.
Nicholas Mizera
Mi hija de 20 semanas.

Para ser un tío que afrontaba el mayor reto de su vida, las 20 semanas previas a la tercera ecografía de mi esposa me parecieron bastante tranquilas. Mis únicas preocupaciones hasta entonces se reducían a mantenerla feliz, sana y bien alimentada mientras ella superaba con valentía los desafíos que marcaron sus dos primeros trimestres: cansancio, náuseas (muchas náuseas), hambre (mucha hambre), ansiedad, más y más dolores y, en general, toda clase de molestias.

Ya había visto la primera ecografía de nuestro bebé, aún de sexo desconocido, cuando solo tenía unas tiernas 12 semanas. Era una imagen difusa que ni se acercaba a resumir la enormidad del camino que nos precedía. Recordamos que nos admitimos el uno al otro que, pese a que teníamos pruebas palpables de que estaba sucediendo de verdad, casi nada de eso parecía real.

El hombre que deslizaba el transductor ecográfico por el vientre de mi mujer distrajo mi atención de la visible preocupación de mi mujer. "¿Queréis saber si es niño o niña?". Ya habíamos tomado esa decisión. Sí, sí que queríamos. No tenía ninguna preferencia clara y no podía esperar más.

"Es una niña".

Y así, sin más, mi mundo cambió y este embarazo se volvió más real que la realidad misma. En los días siguientes, nos imaginaba a ambos leyendo novelas gráficas, deseaba que mostrara algún interés por la moda y me preguntaba cuál de mis especialidades se convertiría en su comida favorita: la polaca o la italiana. Estoy verdaderamente encantado con la idea de tener una hija.

Pero, al mismo tiempo, me vi obligado a tratar con una culpa persistente que, según me he dado cuenta, es universal entre los hombres que están en mi situación, a punto de ser padres.

Desafiando a la vocecita de mi cabeza

Tengo dos hermanos varones. Nuestro primo más cercano fue nuestro mejor amigo cuando crecimos. Estar rodeado de chicos es todo lo que he conocido, con la excepción de mi madre. Y, pese a que en realidad se reduce a un cara o cruz cósmico, la sociedad nunca parece abandonar sus expectativas de que yo, como hombre, algún día seré padre, y de un niño.

Aunque yo no había mostrado oficialmente ninguna preferencia (y fue un placer descubrir que iba a tener una hija), afrontémoslo: la sociedad insiste en que tenía que preferir un niño, y muchos hombres tienen una pequeña parte en su interior que no puede evitar pensar cómo sería.

El sobreprotector que prohíbe que su hija tenga novios, el padre felpudo que consiente a su 'pequeña princesa'... Los padres son retratados como algo que no se parece demasiado a ser padre.

Así que disculpadme si ese pensamiento me ha surgido de vez en cuando, como cuando estaba distraído pensando nombres ("Me gusta cómo suena 'Felix'. Es un nombre fuerte") o disfrutando de una cerveza ("Qué ganas tengo de invitarle a su primera ronda") o jugando a la videoconsola ("God of War me está preparando bien para criar a un hijo"). Las desventuras que viví cuando era pequeño me hacían pensar que criar a un niño que pasaría por lo mismo que yo sería un poco más sencillo que tener una niña.

Me sentía mal por tener deseos, por pequeños que fueran, de tener un hijo, o de preferir un sexo específico, siendo que los valores que practico me dicen que el sexo de mi bebé no cambia nada.

¿Seré el padre que ella necesita (o quiere)?

Todo lo anterior no significa que no esté cagado de miedo. Un aspecto especialmente terrorífico de tener una niña es la preocupación de si seré un buen padre, no solo en el sentido de cumplir mi papel como mitad de un equipo que proporciona refugio, alimento y amor, sino en el sentido de si seré o no capaz de crear un verdadero vínculo con mi hija.

Al igual que con el énfasis en que un padre tenga hijos varones, la visión que tiene la sociedad del vínculo que crean los padres se establece a veces en términos de padre e hijo. Pensad en los momentos tópicos entre un padre y un hijo que aparecen en el cine, en los anuncios y en las revistas: enseñándole a atrapar la pelota, dando consejos sobre ligar o haciendo entrega de relojes pulidos por las muñecas de los hombres que los fueron heredando antes que él. Se nos explica que ese vínculo entre un padre y un hijo es ese rollo de compartir sabiduría adquirida a lo largo de años de travesuras masculinas y experiencia adulta con el fin de convertir a los niños en hombres. Por encima del resto de cosas, este vínculo parece garantizado.

Contrastad ahora esas imágenes con las que se emiten de padres e hijas, a menudo perpetuando estereotipos negativos: el padre sobreprotector que no deja de prohibirle a su hija que tenga novios, el padre felpudo que no hace realmente de padre y le consiente a su "pequeña princesa" todo lo que pide, el padre saturado de trabajo que sacrifica noblemente su tiempo con su pequeña para traer el pan a casa... Los padres son retratados como un estorbo o como algo que no se parece demasiado a lo que debe ser un padre.

Incluso para alguien que quiere ser un padre comprometido, es complicado que los prejuicios como estos aviven sin fundamento la idea de que nunca llegaré a tener un vínculo verdadero con mi hija, que en vez de enseñarle cosas, apoyarla y quererla, lo que voy a hacer es imponerme, controlarla y estar decepcionado.

Y luego está el asunto de las experiencias vividas: ¿cómo voy a apoyarla sin saber antes qué es lo que tendrá que pasar en su vida?

No estoy solo

Hay, al menos, una persona que piensa que mis temores son infundados. Cada vez que mi esposa —una de tres hermanas— me dice que voy a ser un padre estupendo, gano un puñado de coraje. Y ahora sé que puedo contar con ella para que sea mi faro, para que me diga qué es lo que necesitará mi hija de su padre y cuándo necesitará que dé un paso a un lado y deje que se ocupe su madre. Observaré y escucharé para adquirir la experiencia vital que me falta, tanta como ganas tengo de ser un superpadre.

También estoy montando un sistema de apoyo de padres en torno a mí. Algunos están criando a sus hijas y me han ayudado a sentirme lo suficientemente seguro como para empezar con el pie derecho. Su sinceridad y su falta de prejuicios me han ayudado a hablar abiertamente de los miedos y las emociones que siento. Las historias sobre las monerías que hacen sus hijas para demostrar a sus padres lo mucho que los quieren me han ilusionado. Al oír mis dudas, su principal consejo suele ser: todos hemos pasado por eso y todas las dudas desaparecen en el momento en que conoces a tu pequeña.

Y eso es algo de lo que no me cabe ninguna duda.

Me muero de ganas

Puede que no sepa qué es lo que me espera, si debo estar asustado o no o cómo ser el mejor padre para una hija, pero estoy decidido a controlar estas dudas y no dejar que me controlen a mí. Aprenderé de mi hija todos los días. Si eso implica superar desafíos, estar aterrorizado y ser el mejor hombre que pueda ser pese a todo, adelante.

Cada día la quiero más por ello.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Canadá y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.