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14/12/2018 07:17 CET | Actualizado 14/12/2018 07:17 CET

Cómo es ser una 'persona altamente sensible' siendo hombre

dolgachov via Getty Images

"Eres demasiado sensible para este mundo", me dije a mí mismo mientras entraba a la planta de psiquiatría del hospital con mi madre.

No estaba a punto de suicidarme, pero sí que tenía pensamientos suicidas. Es ese suave murmullo del suicidio que está en algún punto entre los extremos lo que me resulta más aterrador, y es un lugar peliagudo para un hombre. Muchas personas no tienen paciencia con los hombres que están angustiados. Se espera de nosotros que nos levantemos solos, que nos lamamos las heridas y sigamos luchando.

Mi situación pinta bien en la teoría. Acabo de conseguir un nuevo trabajo, me he mudado a Manhattan y me he desenganchado de los antidepresivos con el consentimiento de mi médico. Tengo una familia extensa que me quiere y me apoya. Tengo unos cuantos amigos (no muchos) muy cercanos. Tengo una relación profunda con la naturaleza, el aire libre y los animales. No pertenezco a ninguno de los numerosos grupos marginalizados cuya existencia está cada vez más amenazada en Estados Unidos (social, política y económicamente) todos los días. ¿Por qué seguía sufriendo tanto pese a estas condiciones tan favorables? ¿Cómo había llegado hasta este punto?

Siempre he sido hipersensible. Mis subidas son muy altas y mis bajones, muy profundos. En esta situación, mi desesperación fue suficientemente grave como para justificar un mayor nivel de atención médica. He acabado comprendiendo el modo en que los estigmas culturales y sociales contra los hombres avivan mis problemas forzándome a lidiar con ellos en silencio.

Aproximadamente el 20% de los seres humanos son personas altamente sensibles o PAS, según la doctora Elaine Aron y otros expertos. (Aron ha escrito varios libros sobre este tema). Las PAS tienden a mostrar "un mayor grado de atención y percepción frente a estímulos sutiles", según el estudio de Aron, y "reaccionan más tanto a los estímulos positivos como a los negativos".

Aunque la investigación de Aron no expresa que las PAS tengan mayor tendencia a caer en la depresión, desde mi experiencia, la sensibilidad y la depresión se alimentan mutuamente. Cuando eres sensible, todo te afecta más: los ruidos, los olores, los sabores y, sobre todo, los sentimientos.

Fui muy consciente de mi sensibilidad desde una edad muy temprana, pero empezó a convertirse en un problema real en la adolescencia. Siempre parecía que me afectaban más las cosas que a quienes me rodeaban. En mi pandilla de amigos, mi atención competía con las carcajadas para tratar de comprender por qué había una persona con cara de disgusto entre la multitud. Rompí a llorar en mi primer día de secundaria porque estaba abrumado por el hecho de haber cambiado de clase. El sobrecogedor sonido de las multitudes sigue haciéndome temblar como cuando entraba en la bulliciosa cafetería del colegio.

Ahora empiezo a agobiarme después de 30 minutos en un bar. Es algo muy común para las PAS; cuando sientes todo con mayor intensidad que los demás, el resultado suele ser que acabas saturado. Muchos decibelios, demasiadas personas por metro cuadrado y, por si fuera poco, la vergüenza que me provoca el hecho de intentar disimular lo agobiado que estoy. (Al fin y al cabo, es un bar y todos los demás se lo están pasando bien). Todo ello me hace creer que hay algo mal dentro de mí.

Tengo grabadas en la memoria prácticamente todas las miradas de decepción que me han dedicado y cada nueva mirada me duele más que la anterior.

Mi sensibilidad se extiende al lenguaje corporal de otras personas, su carácter, el tono de su voz... Todo eso me inflige dolor de manera indirecta. Tengo grabadas en la memoria prácticamente todas las miradas de decepción que me han dedicado, ya fueran amigos o empleados del banco, y cada nueva mirada me duele más que la anterior.

Recuerdo con claridad estar saliendo de casa cuando era adolescente, arreglado y listo para salir con amigos, y que mi madre me dijera: "¿Eso es nuevo?" o "¿De dónde has sacado eso?". Analizaba su lenguaje corporal y su reacción general a la ropa que llevaba puesta y de repente mi bufanda o el color de mis pantalones me parecían un error.

Me basta un pequeño encogimiento de hombros de otra persona en señal de potencial desaprobación para empezar a rumiar lo sucedido, mientras que una persona con un sistema nervioso un poco más robusto es capaz de quitarle importancia a la pregunta: "Sí, acabo de comprarme esta bufanda. Me encanta".

Se supone que estas situaciones no deberían perturbar a un hombre. Se nos enseña desde niños que nuestra valía radica en nuestra fortaleza física y emocional. "Las películas, los anuncios, el diseño de los espacios públicos... Todo nos enseña que debemos ser duros como un terminator, estoicos como Clint Eastwood y extravertidos como Goldie Hawn", escribe Elaine Aron en su libro El don de la sensibilidad. "Nos debería resultar agradable ser estimulados por luces resplandecientes, ruidos y por el grupo de amigos alegremente reunidos en un bar".

En las relaciones interpersonales de los hombres, la capacidad de gestionar las emociones tan bien como si no las tuvieran es el objetivo deseable. Ser una PAS complica las cosas.

En ocasiones, las bromas entre amigos pueden dar un giro y acabar dañándome. El colegueo entre hombres implica muchos vaciles. Si no eres capaz de "encajarlos", se te considera menos hombre.

Hace poco empecé una conversación con un amigo sobre cómo llevaba un tiempo sintiéndome aislado porque no me lo paso bien participando en las típicas actividades para jóvenes. Ir a bares y conocer a un montón de personas nuevas de golpe me resulta durísimo, le expliqué. Es muy fácil que te desborden las emociones siendo una PAS y te sientes muy solo cuando no te comprenden los amigos y compañeros de trabajo que no son altamente sensibles.

"No soy terapeuta", me soltó.

Intenté explicarle con torpeza que no estaba intentando solucionar nada, que simplemente necesitaba a alguien con quien hablar. Dirigió la mirada a otra parte. Fue educado, pero firme, y el mensaje estaba claro: hablar de sentimientos de forma tan directa no estaba bien visto.

Hay algo 'poco hombre' en el hecho de sentirme tan afectado o de intentar hablar sobre esos sentimientos. Es el mismo estigma que evita que muchos hombres admitan que necesitan ayuda.

En lo que es una costumbre de las personas altamente sensibles, volví a pensar en esa conversación un par de semanas después y traté de averiguar qué es lo que había hecho mal.

Esta conversación reforzó más mi convicción de que hay algo "poco hombre" en el hecho de sentirme tan afectado o de intentar hablar sobre esos sentimientos. Es el mismo estigma que evita que muchos hombres admitan que necesitan ayuda y busquen tratamiento para su salud mental. La tasa de suicidios entre hombres es 3,5 veces mayor que entre mujeres, según la Fundación Estadounidense para la Prevención del Suicidio. La sociedad, por lo general, no considera que la sensibilidad sea una fortaleza para los hombres. Que no te engañen las comedias románticas cuando hablan de lo deseables que son los "tíos sensibles". Más de una vez me ha ridiculizado una mujer por no haber tomado las riendas en alguna situación romántica, por ser demasiado atento o incluso por hacer un comentario sobre la belleza de paisajes cotidianos. Esto lo digo a muy grandes rasgos, pero está claro que hay un límite para lo sensibles que pueden ser los hombres antes de dejar de ser considerados deseables e incluso antes de empezar a ser considerados irritantes.

Sin embargo, también estoy aprendiendo que esta sensibilidad es la que me hace ser tan bueno escuchando a los demás, un amigo empático y atento en asuntos que van más allá de mí. Me permite apreciar cambios sutiles en el comportamiento o en la actitud de la gente, lo cual mejora la calidad de mis relaciones y me permite darme cuenta de detalles difíciles de ver sobre mi vida profesional. Es lo que me ha dado los recursos para terminar pidiendo ayuda, a lo que le debo la vida.

No voy a tratar de convencer a nadie de que me siento del todo cómodo con mi lugar en el mundo como PAS. Hago todo lo que puedo para convertir mi sensibilidad en mi pequeño superpoder particular (como el fuego o la visión nocturna) que me permite percibir el mundo con una mayor intensidad. Puedo ver y sentir cosas que otras personas no. Eso no me hace ser débil.

Ojalá llegue el día en el que asuma esto por completo: no hay nada que haga a un hombre más humano, empático y valiente que aceptar sus sentimientos con la cabeza alta y sin vergüenza.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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