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04/11/2018 10:13 CET | Actualizado 04/11/2018 10:13 CET

Ver a mi padre asesinando a mi madre cambió todo lo que pensaba sobre el maltrato machista

rvimages via Getty Images

Mis padres llevaban 26 años casados cuando mi padre asesinó a mi madre un sábado por la tarde de 2013 en el callejón de detrás de la tienda de ordenadores donde vivíamos. Yo tenía 18 años cuando murió mi madre y recuerdo el momento vívidamente.

Mi padre la había golpeado hacía unos pocos minutos y le había dejado marcado el lado derecho de la cara. Tras la agresión, mamá y yo acordamos salir un rato. Ir a pasear era lo que solíamos hacer para desahogarnos de la ira de mi padre, nuestra única opción cuando necesitábamos escapar de su conducta abusiva, aunque solo fuera de forma temporal.

Mi padre nos siguió de cerca y, cuando ya estábamos fuera, nos bloqueó el paso. Me obligó a entrar en la tienda. "Solo quiero hablar con tu madre", me insistió varias veces con voz amable. Tras resistirme un tiempo, me alejé unos metros y presencié con horror cómo mi padre sacaba una pistola de la parte trasera de su pantalón. Mamá solo tuvo tiempo de gritar su nombre antes de que él empezara a soltarle una ráfaga de disparos en el pecho.

Chillé tan fuerte que recuerdo que hizo eco en el callejón. Los pájaros salieron volando de las ramas del árbol que me cubría. Mamá yacía sobre un charco de su propia sangre. Mi padre no dejó de disparar hasta que la séptima bala perforó el cuerpo de mi madre.

Mamá solo tuvo tiempo de gritar su nombre antes de que él empezara a soltarle una ráfaga de disparos en el pecho.

Después de que muriera mamá, me invadió la culpa: culpa por dejarla sola esa tarde, cuando quizás lo único que la habría salvado habría sido interponerme entre ella y mi padre, y culpa por no haber visto que mi padre sería capaz de llegar a tal grado de violencia, dado que su maltrato hasta entonces había sido fundamentalmente de tipo psicológico. Durante muchos años tras la muerte de mi madre, estos pensamientos fueron los que más aturdida me dejaron.

La primera vez que presencié la violencia física de mi padre fue en febrero de 2009, cuando vivíamos en el barrio de clase media de Fairfield (California, Estados Unidos). Mi padre llamó a mi madre al salón en el que él estaba viendo la tele. Le ordenó sentarse en el suelo para hablar con ella sobre un asunto y, al negarse ella, se levantó de su asiento y empezó a zarandearla con furia, clavándole tan fuerte los dedos en la piel que tuvo cardenales morados y negros en los brazos durante dos semanas. Solamente la soltó para coger una silla de madera que tenía a un lado e intentar golpearla con ella. Mamá evitó el golpe a duras penas porque logró escudarse tras una estantería cercana.

Me desperté a la mañana siguiente y me entretuve en doblar mi ropa y ordenar mi cuarto. Mi padre cruzó el umbral, sonriente. Al no devolverle la sonrisa, permaneció quieto y sonriendo hasta que me obligué a mí misma a sonreír. Después de lo que había sucedido la noche anterior, nunca sería capaz de mirar a mi padre del mismo modo.

Busqué el diario en el armario y plasmé mi rabia. "Ojalá mi padre fuera alguien con quien me sintiera protegida, no alguien de quien necesito que me protejan", escribí.

Aunque me había impactado la violencia física que había presenciado, el maltrato psicológico y emocional de mi padre no era nada nuevo. De hecho, en las líneas anteriores a mi última frase había escrito unas cuantas cosas que hacía poco habían enfurecido a mi padre, como las siguientes: ¿Por qué es mi hermano mayor el primer número de emergencia en el teléfono de mamá y no es padre? ¿Por qué hubo una noche que no dejamos que padre presidiera la mesa? ¿Por qué no está la cena preparada y servida en el plato cuando padre llega a casa del trabajo? ¿Por qué no abrimos la puerta de casa cuando llega padre (aunque tenga llaves)?

Busqué el diario en el armario y plasmé mi rabia. "Ojalá mi padre fuera alguien con quien me sintiera protegida, no alguien de quien necesito que me protejan", escribí.

Mamá siguió el consejo de una amiga y rellenó una denuncia después de que mi padre la hubiera zarandeado. Cuando mi padre se enteró, se acercó a mamá en la cocina y le advirtió que la asesinaría si volvía a contactar con la Policía.

Las cosas cambiaron poco después. Mamá le empezó a preparar la cena antes de que llegara a casa a las 6:15; la dejaba cubierta con film de plástico para que, cuando llegara, solo tuviera que quitar el plástico y servirle en su mesa del salón. Empezó a hornear sus tartas favoritas (panettone y pastafrola) con más frecuencia con la esperanza de mantenerlo calmado y mitigar los malos tratos. Yo (y también muchas veces mi hermano pequeño) esperaba cerca de la puerta de casa hasta que llegaba mi padre en coche y en ese momento me apresuraba para abrirle la puerta antes de que tuviera que llamar. Le daba un abrazo y, cuando me decía que le quería, tenía que decirle que yo también lo quería. Mi vida en casa empezó a parecer una obra de teatro.

Durante muchas semanas después del incidente, mi padre no le puso la mano encima a mi madre, pero la maltrataba de otros modos. Se volvió más controlador. Su humor se volvió más extremo e impredecible. Mamá, que era una persona a la que le encantaba socializar, se vio obligada a aislarse. Mi padre discutía por asuntos sin importancia. Todo esto había creado un clima en el que mis tres hermanos y yo tuvimos que vigilar de cerca para proteger a nuestra madre. Conforme la situación se volvió más incómoda, la inestabilidad a la que tenía que hacer frente en casa empezó a pasarme factura en los estudios. En cuestión de meses, pasé de ser una estudiante de sobresalientes a quedarme dormida en el pupitre y a faltar a clase.

En 2008, la crisis económica nos afectó duramente y en 2009, el verano de antes de empezar el instituto, tuvimos que dejar nuestro barrio de clase media y mudarnos a la tienda de ordenadores de mi padre en Vallejo. Mis hermanos y mi padre ponían sus colchones en el suelo en la estancia principal de la tienda y mamá y yo compartíamos el almacén. Instalamos un biombo de madera para ocultar la parte trasera de la tienda, donde vivíamos, de los clientes que entraban. Los primeros tres meses los pasé ahí durmiendo en el escritorio de mi hermano o en hamacas de playa como protesta silenciosa por este nuevo modo de "vida". Mi padre nos dijo que solo sería durante ese verano. Ese fue el primero de cinco veranos.

Durante el tiempo que estuvimos viviendo en la tienda, nos era casi imposible pasar algún rato alejados de mi padre. Mi padre podía ser dos personas distintas de un momento a otro y nos tocaba ser testigos de ello. Con sus clientes era paciente, generoso y cercano, el extremo contrario a su forma de ser en "casa" con nosotros la mayoría del tiempo. Con nosotros, sus cambios de humor eran alarmantes: impaciente, frío, temible e imposible de complacer. Dábamos gracias por tener clientes y por las distracciones momentáneas que nos proporcionaban. Eran nuestra única fuente breve de alivio.

¿Cómo le dices a alguien que te preocupa la seguridad de tu madre si no hay pruebas físicas de los malos tratos que sufre? ¿Cómo explicas tu miedo a una persona que solo ha abusado físicamente de ella unas pocas veces? Lo que no comprendía entonces era que la violencia física era solo uno de los métodos que ponen en práctica los maltratadores para alcanzar su objetivo: obtener poder y control sobre sus víctimas. Mi padre no tuvo que golpear a mamá para que yo le tuviera miedo o para que temiera por la seguridad de mamá. No tenía que recurrir de forma rutinaria a la violencia física porque no le hacía falta. En una relación abusiva, la dinámica es prácticamente la misma independientemente de que incluya violencia física o no.

Lo que no comprendía entonces era que la violencia física era solo uno de los métodos que ponen en práctica los maltratadores para alcanzar su objetivo: obtener poder y control sobre sus víctimas.

Antes pensaba que el maltrato de mi padre empezó en el momento en el que vi que pasó a las manos con mi madre en 2009. No fue hasta cinco años después de la muerte de mi madre, hablando con mi mejor amiga, cuando me di cuenta de que la violencia física de mi padre en realidad solo habían sido ocasiones puntuales. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que vi a mi padre agredir físicamente a mi madre.

Mi noción de los maltratadores era la que tanta gente comparte: hombres que matan a sus parejas. Existe la creencia errónea de que la capacidad de un maltratador de recurrir a una forma extrema de violencia física es algo que se nota enseguida. La gente se imagina a un hombre violento a todas horas. Se imagina a un maltratador que hace polvo a su pareja por la mínima infracción. Sin embargo, demasiado a menudo, no es así.

Que yo fuera consciente del peligro del maltrato psicológico, por sí solo, no iba a salvarle la vida a mi madre. Tenía la firme convicción de que mamá tenía que divorciarse de mi padre, y eso que ni siquiera comprendía que las formas de maltrato no físico también pueden ser mortales. De hecho, un estudio demuestra que en casi un tercio de los casos de violencia de género en el ámbito doméstico, el homicidio o intento de homicidio es el primer acto de violencia física que se produce en la relación. La sutileza del maltrato psicológico es lo que hace que sea tan peligroso.

Recuerdo en mi intimidad el día en que murió mi madre. Sigo atrapada en el recuerdo del momento en que mi padre dejó de disparar y se alejó de su cadáver como si nada. Recuerdo que me pregunté si había dejado de disparar porque no le quedaban más balas o porque quizás consideró que ya era suficiente. Salí corriendo del callejón, pero sin saber adónde iba. Llegué a la carretera e hice parar a dos coches. Había olvidado cómo hablar. Una mujer trató de calmarme hasta que llegó la Policía y me llevó de nuevo al interior de la tienda. Llegó una ambulancia para recoger el cadáver de mi madre, así como el de mi padre. Cuando me interrogaron en comisaría por la noche, me dijeron que mi padre había sido abatido a disparos por un agente cuando mi padre le apuntó con su pistola. Permanecí ahí sentada, enfadada como nunca antes. Necesitaba a mi padre vivo, pensé. Mi ira necesitaba su fuente; necesitaba a mi padre.

Fue complicado gestionar todo un puñado de emociones que jamás había sentido. Fue como dejar entrar a una persona diferente en mi cuerpo. Cuando la gente me pregunta cómo sobrellevé la situación, les digo que en realidad creo que no lo hice. Dejé la Universidad, perdí mi trabajo, cambié de vivienda constantemente. Tomé medicamentos. Probé a hacer terapia y, cuando nada parecía salir como debía, busqué de forma desesperada el reposo. Dejé de comer. Pasaban los días, pero no sentía hambre. Incluso beber agua se me hizo imposible. Estaba convencida de que mi duelo había cobrado vida propia y se alimentaba de mi angustia y de que era más poderoso que la persona que lo padecía. Empecé a negociar con Dios para que me devolviera a mi madre. A altas horas de la noche volvía al callejón en el que fue asesinada y recreaba el incidente en mi mente. Pasé meses conduciendo alrededor de Vallejo todas las noches hasta que amanecía porque el duelo me hizo delirar tanto como para creer que si seguía buscando, la acabaría encontrando.

Mis hermanos y yo nos distanciamos a raíz de la muerte de nuestros padres. Cada uno lidió con su duelo en solitario y a su modo. Nunca hablamos entre nosotros de lo que sucedió.

Los primeros años tras la muerte de mamá fui muy reacia a hablar de lo ocurrido. Sentía que estaba bajo un microscopio y que esta experiencia moldearía el modo en que esa persona me hablaría e interactuaría conmigo. La primera vez que hablé de esto con una persona, calificó lo que hizo mi padre como "un crimen pasional" y trató de asegurarme que lo había hecho porque amaba mucho a mi madre. La siguiente vez que hablé del tema con otra persona, me preguntó si estaba borracho mi padre cuando hizo lo que hizo. La gente me hace preguntas personales sobre lo que vi y otras cosas que no sabría responder, como cuál fue el motivo. Algunas personas se preguntan qué hizo mamá para cabrear tanto a mi padre. Estos comentarios me llevaron a permanecer en silencio.

La primera vez que hablé de esto con una persona, calificó lo que hizo mi padre como "un crimen pasional" y trató de asegurarme que lo había hecho porque amaba mucho a mi madre.

Sin embargo, me acabé dando cuenta de que el silencio es mortal. No podía seguir ocultando mi experiencia, sobre todo si tenía una mínima oportunidad de servirle de ayuda a alguna víctima de malos tratos, una ayuda que deseaba dar de forma desesperada.

Actualmente soy voluntaria en dos refugios para víctimas de violencia machista del Área de la Bahía de San Francisco y hago lo posible por concienciar a mi comunidad. Intento educar a otras personas para que entiendan que el maltrato psicológico es tan peligroso como el maltrato físico. Mi esperanza y objetivo es ser la persona que mi familia y yo necesitábamos y nunca tuvimos para así ayudar a quienes lo necesiten para terminar con los casos de malos tratos.

Mamá siempre ha sido mi inspiración, primero en vida y también ahora en la muerte. El duelo que arrastro desde su asesinato y su consiguiente ausencia me han dado fuerzas para defender a otras mujeres como ella y como yo o, al menos, como la antigua versión de mí misma.

Mi madre me llamó Nour, una palabra árabe que significa "luz", además de ser uno de los 99 nombres de Dios. Considero que mi nombre fue un regalo que me dio mi madre, con el que vino algo especial: una luz que no dejaré que se extinga. La quiero y la echo de menos. Doy gracias por el amor que me dio, un amor que ahora es mi energía.

Nour Naas es escritora de origen libio y activista contra la violencia de género en el ámbito doméstico. Vive en Vallejo (California, Estados Unidos) y trabaja actualmente en una serie de ensayos en los que explora su duelo tras la muerte de su madre y la Guerra de Libia. Conoce mejor su trabajo visitando nournaas.com.

Este post fue publicado originalmente en el HuffPost Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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