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13/12/2013 07:32 CET | Actualizado 11/02/2014 11:12 CET

'La gran belleza': la fiesta terminó

A través del largo paseo de Gep Gambardella, un escritor que no ha logrado escribir una segunda novela, por la Roma decadente pero siempre bella, caótica pero estimulante, recorremos nuestras propias miserias. Las de un siglo XXI en el que hemos visto morir las grandes utopías.

"Buscaba la gran belleza... no la he encontrado".

La fiesta ha terminado. Estamos, como dice el protagonista de la película, "en el umbral de la desesperación". La dolce vita no es más que un espejismo, una farsa que unos cuantos se empeñan en mantener, la melancolía de un tiempo irrecuperable. Aspirantes a actrices, mafiosos, aristócratas, famosos, intelectuales, todos bailan al ritmo de una Raffaella Carrà en versión electrónica. Así comienza La gran belleza. El principio del fin. Una huida que no lleva a ningún sitio. Porque el pozo es hondo, muy hondo. Y apesta. Es el pozo de la Italia de Berlusconi, pero también el de una Europa que no logra mirar con esperanza el futuro. La que a duras penas sobrevive amarrada a la belleza pasada, a los restos del naufragio, a los discursos que hoy ya sirven de poco.

2013-12-10-laGranBelleza.jpeg A través del largo paseo de Gep Gambardella, un escritor que no ha logrado escribir una segunda novela, por la Roma decadente pero siempre bella, caótica pero estimulante, recorremos nuestras propias miserias. Las de un siglo XXI en el que hemos visto morir las grandes utopías y en el que vemos, como Gep, que todo muere a nuestro alrededor. El fracaso de las ideas y el triunfo de la simpleza. El teatro de una vida devastada que el viejo escritor ve y no quiere mirar, la que finalmente le arrasa un corazón que, como Roma, como Italia, como Europa, está también devastado.

Sin duda Fellini habría rodado en 2013 una película muy similar a la de Paolo Sorrentino. Una mezcla de Roma, La dolce vita e incluso Giulietta de los espíritus. Gep (un impresionante Toni Servillo) es un Marcello Mastrioanni decadente, perdido, casi un espectro en una ciudad que, pese a todo, sigue transpirando la fuerza intangible de la belleza. Caótica decadencia con jardines, con fuentes que nos salvan, con jardines que nos hablan de una cierta espiritualidad. "Roma me ha decepcionado mucho", dice el novelista al que tal vez no le quede más remedio que escribir una segunda novela sobre la nada. La que vive cada día no con tristeza pero sí con extrañeza. Como un náufrago.

Gep Gambardella, el rey de los mundanos, hace un viaje por sus alrededores y acaba descubriendo que ha hecho un viaje por sí mismo. Quizás esa sea la conclusión más amarga: descubrir que él también es una pieza de la decadencia. Y que como a la ciudad que habita sólo le queda la belleza de lo que fue y de lo que pudo haber sido.

Paolo Sorrentino ha hecho una película hipnótica, fascinante, plagada de escenas que quedarán para siempre grabadas en la memoria de un espectador que se deje llevar por este viaje tan felliniano. Con la ayuda de una banda sonora que es casi un personaje más, y en la que podemos escuchar desde la Carrà a Preisner o Bizet, pasando por el "Mueve la colita" de El Gato DJ, el director nos seduce con imágenes poderosas, con pocos pero certeros diálogos y con una mirada que es gozosamente hiriente. Casi espiritual. En búsqueda de lo divino a partir de esta parada de los monstruos en la que parecen haberse convertido Roma, Italia, Europa..., todos nosotros.

Puede que hasta resulte paradójico que La gran belleza haya sido la gran triunfadora en los Premios del Cine Europeo de este año. Europa premia una película que muestra su decadencia, sus horrores, su naufragio. Aunque también, al mismo tiempo, esté reconociendo su capacidad creativa, de reinvención, sus delicadas fronteras entre lo humano y lo divino, el peso pero también las alas de la belleza acumulada. La película de Sorrentino es melancólica, dura, triste incluso, pero también encierra luces que deberíamos atrevernos a encender. "Son importantes las raíces", dice la monja-santa que en la película nos enseña como la pobreza no se cuenta sino que se vive. La que medio momia sube con dificultad los escalones que no sabemos a dónde la llevan. Los escalones de la vida, tal vez, que sólo conducen a la muerte. Aunque también, en su mirada, el vuelo de las aves que una noche invaden mágicamente la terraza de Gep. Las que van buscando tierras más cálidas. El vuelo, la metáfora, la belleza. Una vez tocado el fondo de la devastación, ya sólo queda resucitar.

Este artículo se publicó originalmente en el blog del autor.

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