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29/09/2018 10:32 CEST | Actualizado 29/09/2018 10:35 CEST

La última lección de un maestro

PIXABAY

Siempre he confesado públicamente que la mayoría de personas que han sido decisivas en mi vida, tanto en lo personal como en lo profesional, han sido mujeres. Es decir, mi biografía está llena de agradecimiento a maestras que me enseñaron y me enseñan a comprender el mundo y la vida.

Ello no quiere decir que no haya tenido maestros que, en masculino, me hayan mostrado buena parte de los caminos por los que ahora, siempre dubitativo pero esperanzado, intento que no haya excesivos divorcios entre lo personal y lo político.

Uno de esos referentes, uno de esos sujetos a los que de mayor me gustaría parecerme, dio esta semana su última lección en la Facultad de Derecho de Córdoba. Lo ha hecho por tanto en un inicio de curso en el que yo siempre tengo la sensación de volver a empezar, en el que me siento nervioso e ilusionado como un colegial y en el que entro cada día en el aula consciente de mi enorme responsabilidad pero también de la magnífica oportunidad que tenga para entrenar mentes inquietas.

Un ánimo que, también debo confesar, cada año que pasa se vuelve más quebradizo ante el panorama que me voy encontrado y, sobre todo, ante la evidencia de que el espacio en el que trabajo continúa siendo uno de los más resistentes a las transformaciones emancipadoras.

Por todo ello, y por otras muchas más razones que pertenecen a esos mundos que la razón no entiende, la última lección de Juan Ignacio Font Galán me ha removido no solo la cabeza sino también el alma y las tripas.

Uno de esos raros docentes que no habitan en un púlpito sino en el campo de batalla que supone despertar conciencias y escuchar las voces ajenas

Juan Ignacio Font, al que tuve la suerte de disfrutar como profesor cuando estudiaba la Licenciatura de Derecho, y que después se fue convirtiendo más en un cómplice que un colega de departamento, ha sido uno de esos raros docentes, y por tanto algo queer, que no habitan en un púlpito sino en el campo de batalla que supone despertar conciencias y escuchar las voces ajenas.

De su mano he ido aprendiendo que la enseñanza del derecho puede ser, ha de ser, una herramienta de transformación política. Y todo ello desde el compromiso humanista de quién ha acabado harto de la carpintería jurídica y se ha empeñado siempre en mirar los rostros del ser humano. Un proceso que le ha llevado lógicamente a descubrir la terrible precariedad que vivimos, la necesaria interdependencia que nos entrelaza y el inevitable compromiso con un sentido de la justicia que ha de conjugarse siempre en primera persona de plural.

Una tarea que se vuelve cada vez más compleja en un mundo líquido en el que el neoliberalismo gana batallas sin freno

Su última clase, en la que nos ha dado una lección magistral sobre el horrible derecho de propiedad y sobre la necesaria vindicación de los bienes comunes y de un derecho constitucional de las necesidades humanas, ha sido todo un aldabonazo ético en las mentes y en los corazones de quienes hemos tenido la suerte de disfrutarla.

La entrega apasionada de Juan Font a un saber humanista, en el que él, como tipo inteligente que es, se ha sabido contagiar del ecologismo o del feminismo, es la mayor y mejor lección que deberíamos aprender quienes nos dedicamos a la ardua tarea de formar a futuros y futuras profesionales del derecho.

Una tarea que se vuelve cada vez más compleja en un mundo líquido en el que el neoliberalismo gana batallas sin freno y en el que la universidad, en lugar de convertirse en un espacio de rebelión, parece ser con demasiada frecuencia cómplice del inmovilismo y, en el mejor de los casos, de la resistencia pasiva.

Nos ha recordado que nuestra función social es despertar al alumnado, hacerle comprender el mundo, dotarlo de herramientas para transformar la realidad

La última lección de Juan Font, escuchada además en unos momentos en los que la opinión pública está más alerta que nunca ante una universidad pública que no es tan mala como señalan sus detractores ni tan excelente como nos venden los políticos que la gestionan, ha sido un magnífico ejemplo de lo mejor de una institución que, con demasiada frecuencia, nos da ejemplos de lo peor.

Sin ceremonias, sin fotografías para los periódicos locales, sin puñetas ni Gaudeamus Igitur, el catedrático de derecho mercantil nos ha recordado que nuestra función social es despertar al alumnado, hacerle comprender el mundo, dotarlo de herramientas para transformar la realidad y prepararlo para un futuro en el que, irremediablemente, la ética de la justicia no llegará a buen puerto si no se deja abrazar por la ética de los cuidados.

Todo lo contrario, por cierto, a lo que nos exigen los burócratas de un sistema en el que lo que se valorar es al sujeto depredador y egoísta, al que acumula méritos en una batalla feroz en la que necesariamente hay que dejar cadáveres por el camino, en el que no importa tanto la densidad de lo que se dice sino el brillo académico y del que no tiene reparos en ajustarse cínicamente al mercadeo.

Un individuo subversivo, que difícilmente se acomoda al estribillo de lo políticamente correcto, que nos da si hace falta una bofetada elegante y cargada de razones

Gracias a personas como Juan Ignacio Font he aprendido, además del valor intelectual de la duda y de la grandeza de un derecho que es capaz de dotarse de contenidos éticos, la energía que imprime ser un individuo subversivo, que difícilmente se acomoda al estribillo de lo políticamente correcto, que nos da si hace falta una bofetada elegante y cargada de razones.

Si en algún momento yo me he calificado como un macho disidente ha sido, por supuesto, a muchas mujeres que me han enseñado a dimitir de una masculinidad asfixiante, pero también gracias a hombres como Juan Ignacio que me han enseñado a darle valor a la periferia. Algunos echaremos de menos sus palabras rotundas y sus abrazos, mientras que otros se sentirán aliviados al no tener que enfrentarse al espejo que tan educadamente les mostraba sus propias vergüenzas.

Quienes seguimos en la apasionante aventura de investigar y enseñar en una universidad pública recogemos el testigo de quien todavía hoy, abuelo que cuida, es como un alumno recién llegado que quiere cambiar el mundo. En nuestras manos está que la cadena no se rompa. Seguiremos pues sumando eslabones que, a diferencia de los que acaban en grilletes, nos marcan el camino de la emancipación.

Este post fue publicado originalmente en el blog del autor