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27/11/2015 07:09 CET | Actualizado 26/11/2016 11:12 CET

El insomnio de Elvira Lindo

portadaEn Noches sin dormir, Elvira Lindo escribe como debe hacerse en un diario: sin tapujos, con sinceridad. No hay que esconderse detrás de un personaje (o de varios personajes): hay que enfrentarse con valentía a las páginas en blanco como el que se enfrenta sin contemplaciones a un espejo bien iluminado. Y además es sincera con lo que escribe y con lo que fotografía.

Vaya por delante un pequeño apunte personal: duermo poco y mal, a trompicones, nunca más de cinco horas seguidas. Es lo que hay. Con los años he aprendido a disfrutar de ese tiempo. Leer, escribir, ver películas o cocinar son algunas de las tareas que realizo a esas horas, con la casa en completo silencio y el frío o el calor arañando el cristal de la ventana, según las estaciones. Es mejor aliarte con el insomnio que hacerle frente. Eso también te lo enseña la edad. Algunas veces, durante esos insomnios, me encuentro con Elvira Lindo por las redes sociales. Nos dejamos un comentario, intercambiamos -si viene al caso- algunas palabras y cada uno sigue con lo suyo, tratando de llenar nuestros respectivos insomnios de la mejor manera posible. Ella muestra ahora, en su nuevo libro, un diario titulado Noches sin dormir (Seix-Barral), la productividad de esos insomnios. Palabras, recuerdos, sensaciones, sentimientos, olores, sabores, lecturas, músicas, poesías, copas, amistades, amor. El itinerario de un invierno, el último, que pasó en Nueva York. Y el itinerario de una vida, la que la llevó hasta el momento en que escribe estos hermosos textos. Una ciudad que va más allá, según cuenta alguien que la conoce a fondo, de los llamativos carteles de los teatros, de lo mítico de sus calles o de sus parques y de ese ideal romántico que el cine dejó inevitablemente en nuestras retinas y en nuestra memoria. El cine y sus referencias, tan presentes, por otro lado, en estas páginas.

Elvira Lindo escribe como debe hacerse en un diario: sin tapujos, con sinceridad. No hay que esconderse detrás de un personaje (o de varios personajes): hay que enfrentarse con valentía a las páginas en blanco como el que se enfrenta sin contemplaciones a un espejo bien iluminado. La conexión con el lector, entonces, será inmediata. Y así sucede con este libro. Como ejemplo, el poema que ella pensó en una de sus caminatas por la ciudad y que está incluido en este diario que viene acompañado de numerosas fotografías realizadas por la propia autora. Fotografías que se complementan perfectamente con los textos, que dan color a la melancolía de determinados pasajes y que otorgan a la ciudad, tan protagonista del diario como la propia autora o su marido, la verdadera imagen que ella, después de vivir allí once años, quiere mostrar. Elvira es sincera con lo que escribe y con lo que fotografía: ya sea un paisaje nevado, el rostro de Antonio o una de esas mujeres extravagantes que pasean por Nueva York y detrás de las que se pueden adivinar varias vidas dentro de una sola vida.

Hay melancolía, sí, pero una melancolía sosegada, como escribe ella misma de las canciones que escucha del malogrado Nick Drake mientras pasea a orillas del Hudson. Hay más melancolía que en aquel otro libro, Lugares que no quiero compartir con nadie, que también podría considerarse una especie de diario de sus años neoyorquinos. De otros años, quizá. No de este último invierno en la ciudad: aquí reflejado con esa melancolía sosegada, que es una melancolía de bonito nombre que no asusta y que no sienta mal. Ni siquiera en los domingos por la tarde, siempre tan propensos a ella, refugiados de la intemperie.

La vida se va componiendo de etapas. Eso también lo vamos descubriendo con los años. Etapas en las que nos dejamos llevar por el torrente de la vida y etapas en las que nosotros decidimos -cuando podemos, en la medida de lo posible- lo que queremos hacer con el tiempo que tenemos por delante. Elvira Lindo ha decidido decir adiós a Nueva York, en ese invierno que narra en este libro (uno de sus mejores libros: lo digo claramente antes de terminar). Adiós a una larga etapa. Adiós al frío. Adiós a la nieve. A esa nieve a la que, casi como en un poema, se refiere así: "Qué rara la nieve, tan pronto te amarga la vida como te enciende el alma". Te enciende el alma. Eso es, precisamente, lo que hace este conmovedor, bellísimo relato.