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14/03/2018 07:31 CET | Actualizado 14/03/2018 07:31 CET

Tres días en Sevilla

Getty Images

La gente que trabaja en los mercados aún está terminando de colocar su mercancía. Verduras, patatas, legumbres, carne, pescado, pan, empanadas de diferentes sabores y tamaños, pasteles, las frutas típicas del invierno... La vistosidad de las naranjas destaca poderosamente sobre el resto. Y el olor del pan recién hecho y el de la fruta, aunque no sea tan variada como en otras épocas del año, se mezclan en el aire.

Ajenos a este trajín, la mayoría de los habitantes de la ciudad todavía anda sumergida en el sueño reparador de los sábados por la mañana, pero ella, la ciudad, ya lleva un buen rato despierta. Sevilla tiene hoy un cielo tan rabiosamente azul que casi parece uno de esos cielos de verano que invitan a pasar muchas horas fuera de casa, ociosos y despreocupados, bebiendo cerveza helada y charlando con los amigos, hasta que el negro -con estrellas o sin ellas, con luna o sin ella- se impone sobre el azul y cae definitivamente la noche.

Ninguna nube a la vista. El sol se ha presentado con tal rotundidad que todo parece indicar que no desaparecerá de ahí durante toda la jornada. Casi tan madrugadores como la gente de los mercados, caminamos ya por las calles de esta ciudad con el deslumbramiento de quien descubre algo por primera vez y de quien intuye que se va a sentir seducido por ello.

Como aquellos viajeros, que no turistas, a los que se refería Paul Bowles en su obra maestra, 'El cielo protector' (¿no estamos abandonando un poco en el olvido esta novela indispensable del existencialismo del siglo XX?). Viajeros del norte del país (Asturias, que hemos dejado atrás con mucho frío y amenaza de nieve) que visitan por primera vez la ciudad, eso somos. Calles con tanta historia a sus espaldas que casi abruma un poco pensar en ello. Así que no lo hacemos, no pensamos en ello, y caminamos, agradeciendo los tramos donde calienta el sol, imbuidos por esa magia a la que tantos escritores se refirieron en numerosos momentos.

Nos acercamos a los monumentos emblemáticos con ese respeto con el que los no creyentes nos adentramos en lugares religiosos de indiscutible belleza. Siempre me ha fascinado el silencio de templos y catedrales, los complejos juegos de luces y sombras que los atraviesan, y el recogimiento sincero de quien, ajeno a fanatismos y entrometimiento en vidas ajenas, se refugia en sus creencias. Seas creyente o no, algo espiritual te envuelve cuando estás ahí dentro. Algo espiritual que, a veces, es complicado describir con palabras. El silencio, casi siempre tan elocuente, se impone sobre todo lo demás. Y nadie se atreve a romper ese silencio. O acaso lo hace, sin ánimo de molestar, el hombre que pide a la entrada del templo unas monedas con un suave murmullo casi ininteligible.

Sin embargo, con todo, y siendo ese todo algo indiscutiblemente hermoso y atractivo a los ojos del viajero, Sevilla es más que eso. Sevilla es una ciudad cosmopolita, tan luminosa como ese cielo de una mañana templada en mitad de un invierno que, aquí, casi parece primavera. Sevilla es un entramado de callejuelas, de librerías (apunte rápido para mencionar la espléndida Caótica: con un buen fondo y libreros que saben de lo que hablan), de terrazas, de parques, de tiendas, de mercados, de cafés y tabernas...

Gente que vive en la ciudad (amable, solícita, siempre dispuesta a echarte una mano si te encuentran observando las líneas de los mapas) y esa otra gente, abundante, que, como nosotros, está de paso, deslumbrada por esa perfecta y armónica conjunción de pasado y de presente, de ayer y de hoy. Un antes y un ahora que, lejos de enfrentarse, se dan la mano y se ofrecen en plenitud a las miradas y a los gustos más variados. Como, por otro lado, suelen hacer las grandes ciudades de todo el mundo. Aunque, todo hay que decirlo, no todas sean tan cálidas y acogedoras como Sevilla.

Uno observa y apunta en su cuaderno, delante de una copa de vino tinto, mientras la tarde se va transformando en noche (el azul que se convierte en negro, misteriosamente). Porque eso, observar y apuntar en un cuaderno, forma parte ineludible del viaje, de cualquier viaje. Y esos apuntes, tras la observación y tras el viaje, serán los hilos de los que tirar para anotar en la memoria lo que el tiempo transformará sabiamente en recuerdo.

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