Ibiza, ese lugar donde siempre huele a viernes

Ibiza, ese lugar donde siempre huele a viernes

Getty Images/Universal Images Group

Hay poquitas cosas más Typic de Ibiza que la palabra "fiesta". Y es que no me digas por qué, pero los ibicencos son auténticos killers del noble arte de pasarlo bien. Y no te estoy hablando simplemente de ir a bailar a un superdiscotecón (que haberlos haylos y bien gordos), sino que me estoy refiriendo a toda una filosofía de vida que marca el día a día y el minuto a minuto la isla. Da igual que sea un lunes o un sábado, da igual que seas el más rico o el menos pobre del barrio, da igual que seas el dueño de un puticlub o el cura del pueblo... Aquí lo más importante es la vida social, y todo lo demás, "pues ya si eso otro día". ¿Crees que estoy exagerando? Pues te daré un dato esclarecedor: mientras las fiestas patronales de cualquier lugar del mundo mundial duran entre una semana y diez días, las de los pueblos de Ibiza duran entre ¡¡¡mes y medio y dos meses!!!!. Vamos, que para los pitiusos, los Sanfermines o el Carnaval de Río de Janeiro son deportes de nenazas.

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¿Pero de dónde le vienen al homo ibicencus esas inagotables ganas de divertirse?. Pues basándome en un par de hechos históricos reales, me voy a inventar unateoría de mierda para tratar de explicar este insólito fenómeno. Allá voy:

Todo empezó cuando los cartagineses conquistaron estas tierras allá por el año 645 a.C. (antes de Café del mar). Estos simpáticos señores, además de dar hostias como panes, eran gente muy observadora y amante de la naturaleza, y quedaron gratamente sorprendidos por el hecho de que en la isla no existiese ningún tipo de bichejo venenoso: ni una serpiente, ni un escorpión, ni una triste tarántula... Los tipos se fliparon tanto con este hecho que incluso afirmaban que la magia de Ibiza era tal que si algún indeseable cometía la osadía de traer un animal venenoso a estas tierras, el bicho moría automáticamente nada más tocar el suelo. Toma órdago a la grande.

Estoy seguro de que si le hubiesen preguntado a algún estudioso de la época la razón de que no existieran animales venenosos en la isla, éste rápidamente hubiera encontrado un par de razones científicas para explicarlo. Pero, ¿quién demonios quiere una aburrida y contrastable explicación empírica cuando puedes tener una disparatada y aleatoria respuesta de la no menos disparatada y aleatoria religión?.

Así pues, los cartagineses no tardaron en atribuir los hechos a la providencia divina, y rápidamente organizaron un casting de dioses para encontrar quién de ellos era el responsable de la pureza de estas tierras. De entre el sinfín de deidades de la época, había una que destacaba entre las demás. Se trataba del dios Bes, una deidad egipcia con un impecable curriculum vitae que incluía un máster en erradicación de plagas y varios Cursos CCC de ahuyentador de malos espíritus y animales venenosos. Con semejante hoja de servicios, el puesto no tardó en ser suyo y la isla pasó inmediatamente a llamarse Ibosim, que significa "la tierra de Bes".

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Pero los dioses, al igual que el resto de los mortales, tenemos nuestra "cara a" y nuestra "cara dura". El lado travieso de Bes es que le gustaba más el cachondeo que a un tonto una gorra puesta de lado. No hay más que ver su iconografía para entender que el tío había nacido para el espectáculo y la provocación: Enano, gordo, largas barbas, melena enmarañada y la lengua siempre fuera como señal de burla hacia todo y todos. Por si esto no fuera ya de por si lo suficientemente representativo de su díscola personalidad, el tipo va totalmente desnudo enseñando alegremente un enorme falo que le llega hasta el suelo. Con semejante artillería, no es de extrañar que también se le conociera como defensor de la fertilidad y los placeres sexuales.

Con el paso de los siglos, el nombre de Ibosim fue poco a poco mutando debido a las continuas conquistas y reconquistas de la isla por parte de romanos, árabes, catalanes, piratas, hippies, David Guetta... Sin embargo, el espíritu divertido y burlón del dios Bes quedaría para siempre atrincherado en los corazones ibicencos, y ésta es la razón que justifica la predisposición innata a pasarlo bien de todos aquellos seres humanos nacidos en Ibiza y, en general, de todo aquel que lleva en la isla más de 40 minutos.

Y colorín, colorado, esta teoría de mierda ha terminado.

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