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25/04/2013 04:29 CEST | Actualizado 24/06/2013 07:12 CEST

Zapatero, a tus zapatos

No tenemos gurús y nos inventamos los que no lo son, solo porque son los eficientes constructores de los algoritmos magníficos que disparan fenómenos sociales significativos, que desbordan por completo sus intenciones y comprensiones.

Cada vez que leo declaraciones que empiezan como esta:

"En breve, nuestra cotidianeidad será dominada por el multipantalla. Tendremos varias puertas de entrada al mundo virtual, conectadas para crear universos distintos delante de nuestros ojos. Y todo eso mediante una navegación fácil, intuitiva".

Hugo Barra, vicepresidente mundial de Google. Veja, Brasil. Abril de 2013

... me siento cómodo, reconfortado, porque tiene sentido esa visión bien general que transmiten.

Pero cuando a esas declaraciones le siguen estas otras, del mismo vocero:

"Será común, por ejemplo, asistir a una película de TV con un Tablet en la mano. Que el Tablet conecte con la TV, comprenda lo que esta siendo transmitido y ofrezca contenidos extra al usuario para que la experiencia sea mejor aprovechada. En la pantalla que está en la palma de la mano, el espectador podrá tener quiénes son los actores, cuál es la marca del vestido de la heroína y hasta comprar billetes de avión para visitar el país en el que está desarrollándose la escena. Y al mismo tiempo, eso va creando otras formas de comunicación. En su Smartphone, puede ver los comentarios de sus amigos o de los críticos especializados acerca de la película. Se puede ver cómo este tema repercute en Facebook. O encontrar en Youtube un video del backstage de la película o hasta una entrevista con el director en tiempo real... El momento, en fin, es de quiebra de paradigmas en la forma como interactuamos con el mundo físico y el mundo virtual".

... cuando siguen a continuación estos otros conceptos -decía-, y así aterrizan aquella visión, entonces las cosas se me confunden, retroceden y siento que pierden todo valor y sentido. Y me digo a mí mismo que no, que no es así, que no hay en ellos en realidad una visión clara, que no...

No quiero la tecnología para esas cosas. Ni yo ni muchos, creo. No es que no las queramos así, es que no son así... Es más, no creo que la muchísima tecnología implantada ya en nuestras sociedades y nuestras rutinas esté trabajándonos de esa manera y en esa dirección. No esperamos ese tipo de aparatosas comodidades inútiles de ella, de la que por cierto esperamos mucho.

A los que están haciendo la tecnología hoy les falta visión del sentido histórico-social de lo que están haciendo. Están haciendo bien y pensando mal los efectos de lo que hacen; no están preparados para pensarse y pensarnos, diría. No comprenden lo que suscitan. No son gurús sociales. Saben lo que hacen, pero no saben lo que sucede con lo que hacen. Carecen de perspectiva social. No entienden el impacto de lo suyo en el juego social. Intuyen alguna cosa, muchas veces bien simplona, y por ahí se van...

El problema no es que no entiendan y no sean los gurús; el problema es que los hagamos sentir que lo son. El problema es más nuestro que de ellos. El problema es cómo de desesperados estamos.

¿No lo notan?

A falta de gurús mejores, los erigimos a ellos, ingenieros factuales devenidos factótum social, en lo que no son. Y ellos que se ponen... Y los convertimos en héroes de la sociedad nueva (que tal vez lo sean, en aquello del emprender), pero también en intérpretes preclaros de esa misma sociedad.

El caso es que nos faltan los gurús que nos ayuden a orientar y orientarnos, es decir, a darle sentido a la tecnología y su intersección con las prácticas sociales fundamentales del tejido social. Verbigracia, la educación que nos ocupa.

Tan vacíos tenemos los lugares de los líderes estratégicos que nos guíen en esto de la tecnología y la educación, que se nos imponen enseguida los Jobs, los Khan, Gates o hasta los Zuckerberg como si fueran ellos. Pero no. Ellos no lo son.

No vayamos a preguntarles qué debemos hacer con la educación en la era tecnológica porque nos dicen lo que piensan, pero lo que piensan no vale para nosotros. No porque no tengan razón, sino porque no tienen visión. Visión educativa y social, quiero decir; porque tecnológica la tienen toda. Les falta perspectiva educativa, comprensión histórica; cosmovisión.

Ellos se ponen y ponderan, nos dicen y los oímos como dioses (naif, muchas veces), pero seguros de que traen trasfondo, que transmiten visiones geniales e intuiciones hipersensoriales, inteligentes por demás, aunque vengan en formatos que no parecen y en claves que no reconocemos. Y ellos se ponen. Se calzan sus jeans y sus tenis, se respaldan en sus incalculables y etéreas fortunas y en sus IQ fuera de padrón, y nos dan señas de para dónde. Señas encriptadas en su propia incomprensión. Y nos desvelamos tratando de ver qué ven...

Pero las cosas no son así.

No tenemos gurús y nos inventamos los que no lo son, solo porque son los eficientes constructores de los algoritmos magníficos que disparan fenómenos sociales significativos, que desbordan por completo sus intenciones y comprensiones. Pasa a menudo, además. Como el demasiado célebre ejemplo del Quijote, cuando Cervantes queriendo hacer la ultima y sarcástica novela de caballerías española, y seguro de estar haciéndola, escribió la primera y tal vez más grande novela moderna universal. Pero el caso es que no los tenemos y los necesitamos.

En rigor, creo que no tenemos gurús no porque nos falten o no existan. No los tenemos porque no aceptamos que los que son, lo sean. No los queremos tener. No aceptamos los que son y vamos a buscar bien lejos a los exóticos que verosímilmente podrían serlo. Los gurús de los buenos son demasiado parecidos a nosotros como para que asumamos que pueden ser nuestros guías, los que nos muestren la dirección y el sentido de lo que va sucediendo. Y nos ayuden a construir por dónde y sobre todo para qué. Pero no; nos resulta más cómodo -psicológicamente cómodo- erigir en gurús a unos jóvenes raros, de saber más raro aún, distintos de todos y de fraseo fragmentado, ingenuos y desopilantes, que hacerlo con otros más próximos, menos raros pero mucho más articulados. No aceptamos que nos orienten los nuestros, por eso nos vamos a buscar a los marcianos. No sabemos tenerlos, ¡y los necesitamos más que nunca! Nos traiciona esa contigüidad perniciosa; aquello de que demasiado semejante para ser profeta.

Convoco a un giro. A otro giro que el que ya aconteció de que lo digital nos los subvierte todo y nos redefine la educación. Convoco al giro de dejarnos orientar y guiar, no por aquellos que conocen y hacen los códigos (que son la experiencia, pero no el sentido de la experiencia), sino por éstos que desconocen lo que los otros manipulan, pero saben de lo que aquellos no. Hablo de ésos que saben lo que es necesario saber para que esta revolución evidente de la tecnología en la educación, sea además una revolución buena, profunda y significativa.