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22/08/2018 07:06 CEST | Actualizado 22/08/2018 07:06 CEST

Izquierda(s)

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Cuando me afilié, un viejo conocido me dijo: "Recuerda, Libertad, Igualdad y Fraternidad. Todo lo demás es teoría". Al cabo de un tiempo otro compañero me dijo: "Los izquierdistas no tienen valor suficiente para ser de izquierdas". Por otro lado siempre hubo alguien que me recordó que, "de siempre, la revolución se ha hecho para vivir como burgueses...". Hasta hoy me parecían divertidas boutades de bienvenida en un viejo partido socialdemócrata bastante más liberal, libertario y tolerante de lo que la gente se piensa que es...

Hoy, después de leer Contra la Izquierda de Jordi Gracia, todos esos comentarios me parecen sin embargo portadores de algo más valioso que simple socarronería. Este ensayo es el texto más refrescante y portador de futuro en relación a la izquierda de los que se haya tenido noticia en mucho tiempo. Publicado en mayo de este año y por tanto escrito con anterioridad a la moción de censura que ha llevado a la izquierda de nuevo al Gobierno en España, quizás necesite una mínima actualización, muy mínima, en relación a la sempiterna incapacidad de la izquierda en ponerse de acuerdo para desalojar a la derecha del poder gubernamental. Pero mas allá de esa circunstancia, el valor de este texto reside en el análisis breve y conciso, lúcido en extremo, de las izquierdas que operan hoy en día en el panorama nacional.

Ser de izquierdas es ante todo una acción y una actitud que buscan mejorar las condiciones de vida de los semejantes, y en particular de los mas desprovistos

Resulta gratificante palpar discurso de izquierda que no es ni monserga tardo-revolucionaria ni socialdemocracia acartonada. Se agradece, y punto. En sus escasas ochenta páginas que son como un rayo, Gracia repasa qué no es izquierda y qué sí lo es con una clarividencia y lucidez que llevan casi a la desconfianza. Adolece quizás el texto de falta de voluntad propositiva, mas allá de la recomendación de centrarse en conquistar derechos concretos y palpables. Pero no por ello pierde frescura en el análisis de las hipocresías de la izquierda y resulta exquisitamente provocador cuando enuncia que la izquierda, hoy, es capitalista.

El desparpajo no decae en ningún momento y pone a cada cual en su sitio, no dejando títere con cabeza o apenas, y sin embargo...

Y sin embargo rompe una lanza a favor de la izquierda. Una izquierda entre socialdemócrata y transgresora, vacilona e irreverente que no renuncia a cambiar el mundo pero que quiere tener los pies en la tierra a la hora de hacerlo. Una izquierda que en efecto reivindica cosas concretas y a la vez no olvida la necesidad de un relato global de lo que esta haciendo y por qué lo está haciendo.

La izquierda del siglo XXI debe asumir sus derrotas, abandonar la nostalgia, reivindicar sus conquistas, no dormirse en los laureles y desafiar el orden global establecido

No sé ustedes, pero yo necesitaba leer algo así desde hace tiempo. Ser de izquierdas es ante todo una acción y una actitud que buscan mejorar las condiciones de vida de los semejantes, y en particular de los mas desprovistos. Y sí, todo lo demás es teoría. Dejémonos de tonterías y vayamos al grano.

La izquierda del siglo XXI debe asumir sus derrotas, abandonar la nostalgia, reivindicar sus conquistas, no dormirse en los laureles y desafiar el orden global establecido, por que sí, el orden establecido es injusto, lo sigue siendo lo mires por donde lo mires. Y como bien explica Gracia, asumir la victoria sistémica del capitalismo no tiene por qué suponer la renuncia de la izquierda a levantar la bandera de la lucha por la igualdad y la justicia social una y otra vez. Paso a paso, "partido a partido" si quieren, pero sin perder el norte.

Una izquierda que reivindica el Estado, pero también al individuo, y que atribuye a cada cual su responsabilidad. No más, pero tampoco menos

ContralaIzquierda es la reivindicación de una izquierda postcrisis económica crecida en la adversidad, consciente de sus debilidades pero también de sus fortalezas. Con una idea de sí misma que trasciende los partidos políticos, pero no lo suficientemente ingenua como para pensar que puede operar sin ellos. Una izquierda que dibuja una ética para el siglo XXI, el siglo de las redes sociales y la omnipresencia mediática de la imagen, el de la opulencia y la escasez simultáneas. Una ética que no es ni moralista ni cínica, sino realista y consciente. Una izquierda que reivindica el Estado, pero también al individuo, y que atribuye a cada cual su responsabilidad. No más, pero tampoco menos. Una izquierda de la mejora y el perfeccionamiento. Una izquierda del sentido común.

Yo, como Jordi Gracia, "echo de menos el esfuerzo por conciliar realidad y proyecto, necesidad y plausibilidad, denuncia concreta y reforma factible; echo de menos que las propuestas tengan vocación estructural frente a la sobreabundancia de coyunturalismo en declaraciones emitidas a todas horas y por todos los medios, desdibujando prioridades y batallas mayores y menores". Pero desde mayo, quizás hayamos abierto un camino para empezar a cambiar todo eso. Un camino por explorar.

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