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21/08/2013 07:34 CEST | Actualizado 20/10/2013 11:12 CEST

Patriotismo y homofobia

Nada tiene que ver el patriotismo, como vinculación emocional a un lugar y a una cultura, con el acto íntimo y libre de practicar sexo con quien se desea, pero hay ideologías que no comparten esta idea. Mezclar los roles, los géneros, o los comportamientos sexuales, se convierte en un ataque al sistema patriarcal, y por lo tanto también a la patria, vinculada, desde esta posición ideológica, a valores y comportamientos tradicionales.

En el año 2012 coincidí casualmente con la celebración del Orgullo Gay en Estambul. Mi encuentro con la manifestación se produjo en la Plaza Taksim, y sucedió en el mismo instante en el que la Policía se situaba entre manifestantes pacíficos y diversos, envueltos en los colores del arco iris, y algunas personas que enarbolaban banderas turcas. Estas últimas formaban un grupo menos colorista y pertenecían a una organización política que se reivindicaba nacionalista. En ese momento, mientras me sumaba a la manifestación del orgullo Gay, sentí un escalofrío que, sin dudar, atribuí a mi encuentro con esa imagen de la intolerancia y el dogmatismo, que en esta ocasión pretendía eliminar la expresión de la vida que representaba el desfile LGTB.

Conservo algunas fotos del momento y, cuando las miro, me sorprende esa utilización de la bandera turca. Como tantas otras banderas en otros muchos momentos, estaba siendo utilizada como emblema de un patriotismo que impone quién es o no es un buen ciudadano (quién es o no es una buena mujer), e incluso, va más allá al propagar el rechazo y la intolerancia hacia quienes están fuera de sus reglas. En su forma más extrema, es un patriotismo que legitima la violencia hacia quienes no cumplen con sus normas y no se adaptan al rol establecido en ellas.

Esta escena ha vuelto a mi memoria en estos días en los que asistimos a la coacción, la tortura y la violencia hacia la población LGTB por parte de grupos neonazis en Rusia que, según denuncian organizaciones de derechos humanos, cuentan con la complicidad de un Gobierno que, además de no responder adecuadamente a las agresiones, aprueba una legislación que discrimina y persigue la homosexualidad.

Para justificar la acción del Gobierno ruso todos los discursos introducen la misma argumentación: la defensa de la nación frente a la homosexualidad, a la que se considera un acto que destruye el orden establecido. Como en el caso de mi encuentro en Estambul, de nuevo se presentan unidos patriotismo y homofobia. Lo ha expresado la atleta Elena Isinbayeva en estos días: "Si permitiéramos e hiciéramos todas estas cosas en las calles, temeríamos por nuestra nación".

También en nuestro Gobierno hemos oído este tipo de discurso. Recordemos al ministro del Interior vincular la homosexualidad con el fin de la especie. Y si entramos en internet y observamos algunas páginas de los muchísimos grupos ultraconservadores que se autodenominan patriotas, veremos como todos ellos vinculan la heterosexualidad con sus pretendidos valores patrios.

Realmente podríamos pensar que nada tiene que ver el patriotismo, como vinculación emocional a un lugar y a una cultura, con el acto íntimo y libre de practicar sexo con quien se desea, pero parece que hay personas e ideologías que no comparten esta idea. De acuerdo con el patriarcado tradicional, vigente aún en nuestros tiempos, los hombres y las mujeres debemos mantener comportamientos y actitudes definidos por la cultura patriarcal, y aquí el amor a la patria se asocia al mantenimiento de la familia tradicional y la heterosexualidad. Lo masculino es agresivo, activo y heterosexual, incluso violento. Lo femenino débil, sumiso y dependiente. Así que mezclar los roles, los géneros, o los comportamientos sexuales, se convierte en un ataque al sistema patriarcal, y por lo tanto también a la patria, vinculada, desde esta posición ideológica, a valores y comportamientos tradicionales.

Frente a esta ideología ultraconservadora, el feminismo y el movimiento LGTB reclaman un mundo libre de roles de género, y rechazan la imposición de normas contrarias a la libertad que tienen las personas para ser simplemente quienes son o desean ser. Ambos movimientos apuestan por la igualdad y la libertad, y, por lo tanto, ambos enfrentan y cuestionan el patriarcado.

Por eso, ante la discriminación, la represión y la persecución de las personas LGTB en Rusia y en tantos otros lugares del mundo, debemos hacer una reflexión y una propuesta global sobre el mundo en el que queremos vivir. Defender a los gais de los ataques de grupos neonazis no puede ser un hecho aislado, un acto exclusivo de activistas anti homofobia. Reivindicar los derechos de las personas LGTB en Rusia, en Europa y en el mundo, significa reclamar un modelo de convivencia en libertad e igualdad para todas las personas. Es, por consiguiente, una ambición colectiva.

Con esta propuesta estamos defendiendo otra idea de patriotismo, la de las personas que trabajamos por la construcción de un espacio político, social y cultural realmente democrático, con leyes, normas y valores desde los que se garantiza la libertad, la igualdad y el bienestar de todas las personas, y en el que los derechos de ciudadanía incluyen la protección efectiva de su integridad física y psicológica.

Este es el patriotismo que muchas personas queremos para el mundo, la Unión Europea y España, por eso es fundamental que tanto el Parlamento como el Gobierno de nuestro país se dirijan a la Comunidad Internacional a fin de impulsar medidas que garanticen los derechos y la seguridad de la población LGTB en Rusia, y por eso también es fundamental que el Parlamento Europeo proponga una serie de iniciativas que combatan la discriminación y persigan la homofobia en toda Europa.

Ese es el patriotismo por el que apuesto, por el mismo que nos hizo sentir orgullosos/as de ser españoles y españolas el día que el Parlamento de nuestro país aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo.

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