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15/09/2015 22:05 CEST | Actualizado 15/09/2016 11:12 CEST

Mi huida hacia Alemania

fluechtlinge Muchas personas pueden preguntarse por qué he empezado siquiera una travesía tan peligrosa. La cuestión es que para mí hubiera sido más peligroso permanecer en Siria. Esta odisea es la única oportunidad que tengo de no formar parte del servicio militar en mi país. No quiero disparar a nadie y no quiero ser la razón por la que tengan que sufrir más abuelos, madres y padres. Mientras dure la guerra en Siria, nadie está a salvo. Necesito seguir vivo.

Rami, de 17 años, huye de Siria camino de Alemania. En Serbia, habló con Ninja Taprogge, de la ONG CARE, sobre su huida, sobre la guerra en su país y sobre sus esperanzas.

Fotografría: Taprogge/CARE

Me llamo Rami. Cumpliré dieciocho años dentro de cuatro meses. Estoy deseando cumplirlos, aunque para entonces ya estaré lejos de mi hogar y no podré celebrarlo con mi familia y amigos. Soy de Damasco, la capital de Siria.

Hace dieciocho días que dejé a mi padre, mi madre, mi hermano y mi hermana para comenzar mi viaje hacia una nueva vida. Mi familia ha depositado todas sus esperanzas en mí. Me llenaron la mochila y me dejaron ir con todos sus ahorros, cerca de tres mil dólares americanos, para llegar hasta Europa. Mi padre trabaja en un banco, mi madre es directora en una escuela de secundaria y mi hermano trabaja haciendo turnos sueltos en un hotel. Mi familia lleva años ahorrando gran parte de sus sueldos para pagar mi viaje.

Todos quieren garantizarme un futuro lejos de una Siria destrozada por la guerra civil, una guerra que en cuatro años ya ha obligado a más de once millones de personas a escapar de sus hogares. Hace apenas unas semanas todavía me encontraba en el colegio, pero la mayoría de las sillas de la clase llevaban mucho tiempo vacías. Muchos de mis compañeros simplemente se marcharon, de un día para otro.

Algunas personas ya han huido de Siria, otros son desplazados internos. Hace tres semanas, era mi silla la que, por fin, quedaba vacía en la escuela. Conduje hasta la frontera de Siria con Líbano en lo que fue un viaje peligroso y caro, pero conseguí llegar a Turquía atravesando Beirut. Una vez en Turquía, tuve la sensación de que de verdad podía conseguirlo, de que mi sueño de llegar a la Unión Europea y vivir una vida a salvo en Alemania se podría hacer realidad. Mis amigos, que ya habían llegado a Alemania hacía tiempo, me explicaron lo fantástica que es la vida allí. Me contaron lo agradecidos que están por la hospitalidad y la ayuda que han recibido de los alemanes.

En Turquía, me subí a un bote que me llevó a Cos, una de las islas griegas. El bote tenía dos metros de eslora y estaba diseñado para llevar a cinco personas, aunque a bordo había más de veinte conmigo. La mayoría éramos de Siria, pero también había iraquíes y afganos. El viaje duró más de dos horas, aunque normalmente se tarda sólo treinta minutos. La lentitud era causa, por supuesto, del sobrepeso que debía soportar la barca. Había una mujer a bordo con su hija recién nacida, que lloró durante todo el viaje. El mar estaba embravecido y la mayoría de los pasajeros estaban aterrorizados. Pero yo no tenía miedo. Soy un buen nadador y estaba listo para saltar al agua en cualquier momento. Ya tenía preparado mi dinero, mi pasaporte y mi móvil dentro de una bolsa de plástico, por si acaso. Pero tuvimos suerte y llegamos a Cos secos y a salvo.

Nos quedamos en Cos cuatro días. Resultó caro, pero estaba claro que necesitábamos descansar. Había muchas organizaciones de ayuda para los refugiados y colaboré distribuyendo agua, zumo, leche y comida para mis compañeros. Uno de aquellos días, mientras observábamos la línea de costa sentados en una colina, vimos un bote lleno de refugiados que se balanceaba peligrosamente con riesgo de volcar. Llamamos a la guardia costera griega, que llegó a tiempo de salvarlos a todos. Nunca olvidaré aquella escena.

También tengo grabadas en mi mente imágenes de Macedonia porque pasamos unos momentos horribles. Cogimos el tren hacia la frontera serbia y aguantamos horas sin movernos en absoluto. Temíamos seriamente por nuestras vidas. Estábamos encerrados como animales. Cuando al final llegamos a la frontera, había más de dos mil personas esperando para entrar en Serbia. Nos unimos a ellos y, por suerte, conseguimos cruzar la frontera inmediatamente. Pero sólo unos minutos más tarde, la gente entró en pánico y empezó a correr. Todo el mundo tenía miedo de quedar atrás. Durante mi huida, me uní a una familia que conocía de Siria. Una de sus hijas pequeñas, Amal, se había perdido entre la muchedumbre y no conseguíamos verla. Su abuelo empezó a llorar porque no podía encontrarla. De repente, la vi: la gente la aplastaba contra el suelo y apenas podía respirar. Me abrí paso hasta alcanzarla, la recogí y la llevé en brazos hasta atravesar la frontera.

Hoy he llegado a Subótica, una ciudad al norte de Serbia. No sé cuándo ni cómo continuaré mi camino desde aquí. Lo único que quiero es llegar a Alemania y poder tener una vida segura. Una vez llegue, me aseguraré de que mi familia pueda reunirse conmigo. Pero, de momento, tengo que centrarme en entrar en Hungría. Necesito ayuda y estoy sinceramente agradecido por el apoyo de las organizaciones de ayuda como CARE.

Intento reunir información sobre la situación en la frontera. Mis amigos, los que ya están en la UE, me siguen manteniendo al día sobre la información que pueden ver en los medios de comunicación. Pero mientras tanto, ni siquiera sé si podré cruzar la frontera de Serbia con Hungría. He tenido que apagar mi teléfono para poder ahorrar batería. Podría cargarlo en un hotel de Belgrado, pero es bastante caro. Ya pagué más de cien dólares por una noche, pero necesitaba descansar y una oportunidad para cargar mi móvil. El teléfono es la posesión más valiosa que me queda. No puedo perderlo bajo ninguna circunstancia, de lo contrario no podré mantener el contacto con mi madre. Tengo que ser capaz de mandarle un mensaje todos los días para decirle dónde y cómo estoy.

Casi cada día me despierto en una ciudad diferente. Duermo en las cunetas, bajo los árboles o en el campo y a menudo termino agotado, exhausto. Más de cuatro años de guerra en Siria han dejado en mí muchas heridas invisibles. En mi huida he pasado por experiencias que nunca olvidaré. Muchas personas pueden preguntarse por qué he empezado siquiera una travesía tan peligrosa. La cuestión es que para mí hubiera sido más peligroso permanecer en Siria. Esta odisea es la única oportunidad que tengo de no formar parte del servicio militar en mi país. Mientras dure la guerra en Siria, nadie está a salvo. No quiero disparar a nadie y no quiero ser la razón por la que tengan que sufrir más abuelos, madres y padres. Quiero ayudar a la gente. Por eso necesito seguir vivo.

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La historia de Remiapareció por primera vez en el blog de 'CARE international'. Luego apareció en HuffPost Alemania y ha sido traducido del inglés de The WorldPost por Diego Jurado Moruno