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28/07/2013 09:53 CEST | Actualizado 11/10/2013 14:37 CEST

Me cago en el wifi

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Este verano, como todos los veranos, he vuelto a mi ciudad materna. Después de tantos años viviendo en el extranjero debo confesar que me siento como un turista más al andar por las calles del centro de Barcelona. Es una de las consecuencias de la emigración duradera, en todos los lugares te sentirás como un foráneo y ya no te sentirás de ningún lugar. Evidentemente, eso es algo muy subjetivo, porque quizás a otros les suceda todo lo contrario. Pero no era de la melancolía del emigrante de lo que te quería hablar, sino de la adicción al wifi.

Antes de viajar a Barcelona me despedí en twitter y en otras redes sociales avisando de que iba a estar seis semanas desconectado. Curiosamente, cuando estoy en Barcelona o, en general, de viaje, estoy tan desconectado como si estuviera en un desierto. No tengo ningún dispositivo con conexión, lo cual no me supone ningún problema sino todo lo contrario, ya que de esta manera estoy realmente ilocalizable y puedo descansar esos días sin sentirme electrónicamente acosado. Claro que finalizado el verano me encuentro con un buzón con cientos de correos electrónicos por revisar. Pero ese es un pequeño peaje comparado con la paz y el enorme tiempo del que de repente descubro que dispongo para leer los libros que a lo largo del año tengo aparcados.

La cuestión es que al despedirme en las redes hubo quien entendió como un reto el hecho de que fuera a estar seis semanas sin conectarme. No era mi intención, desde luego, ya que es algo que suelo hacer desde hace años. Pero me sirvió para entender que lo que yo hacía era el equivalente moderno al ayuno que se realiza en muchas religiones. Es verdad que este ayuno lo he roto hoy para enviar este texto para su publicación, pero por suerte, internet no es una religión y no voy a ir a ningún infierno.

Lo que no imaginaba era que la tentación me iba a perseguir por todas partes en forma de wifi y de familia con smartphone, porque mi mujer y mi hijo mayor sí que tienen smartphone, claro. Así que el otro día nos sentamos en una cafetería situada en una callejuela en la parte posterior de la catedral de Barcelona y la camarera nos trajo la cuenta en la que estaba impreso la clave de acceso al wifi del local. Inmediatamente, mi hijo sacó su móvil y se conectó. Mi mujer, para no ser menos, hizo lo mismo. Y allí me quedé yo, sentado en la misma mesa pero mirando a los turistas pasear por no tener nada mejor que hacer. Me cago en el wifi, me ha robado a la familia, pensé. Y de paso me había convertido en un paria, en un marginado, en un residuo social. Bueno, exagero, pero me temo que dentro de unos años, el que se siente en un local y lo primero que haga no sea conectarse al wifi, será un auténtico hipster. Mi mujer, en solidaridad conmigo, no se ha conectado más, pero mi hijo ya es un caso perdido.

En todo caso, cada verano hago unas pocas semanas de ayuno de internet para no ser durante algunos días esclavo de la tecnología y de la disponiblidad total para todo el mundo 24 horas al día. Un auténtico ayuno moderno recomendable a cualquiera.

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