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19/03/2018 21:51 CET | Actualizado 19/03/2018 21:51 CET

El peso de Putin en la Casa Blanca

MIKHAIL KLIMENTYEV via Getty Images
Donald Trump y Vladimir Putin.

Ahora mismo, en Estados Unidos inquietan principalmente dos cuestiones. En primer lugar: ¿puso el candidato Donald Trump en riesgo los intereses de los ciudadanos a cambio de recibir apoyo electoral de un oponente de otro país? Y, en segundo: una vez elegido, ¿obstruyó la justicia a fin de ocultar esta deslealtad?

En algún momento tenemos que encontrar las respuestas. Sin embargo, por ahora, vamos a reflexionar sobre lo que ya sabemos: la asiduidad con la que el presidente estadounidense está al servicio de los intereses de Rusia.

Durante la campaña de 2016, Donald Trump alabó continuamente a Vladimir Putin, lo que recordaba a la adoración servil propia de un gobierno títere de la Unión Soviética.

Entre otras cosas, afirmó contundentemente que Putin "había dejado por los suelos a Obama", que "había hecho un gran trabajo tomando el relevo" y que "tenía mucho mérito" por su intervención en Ucrania. En un claro desprecio por los asesinatos del gobierno ruso a disidentes y periodistas, Trump aseguró: "Nuestro país también es responsable de muchos asesinatos...".

Hoy en día, como presidente, Trump conserva esa actitud servil. En la cumbre del G20, después de abandonar la cena de Estado para mantener un encuentro de una hora cara a cara con Putin, Trump se jactó de haber acordado un plan conjunto de ciberseguridad con la nación que hackeó las elecciones de Estados Unidos. Se ha visto que Trump es capaz de arrastrarse a recoger las migajas, como cuando llamó a Putin para darle las gracias por alabar la economía estadounidense.

La indiferencia que muestra Trump hacia los derechos humanos se asemeja mucho a la de Putin.

Pero la servidumbre del presidente también se da en la práctica. Actúa con desprecio hacia nuestros aliados y alianzas, alimentando las esperanzas de Putin de dividir Occidente. Hace caso omiso de las preocupaciones de Europa sobre la intrusión de Rusia en sus propias elecciones. Maquilla la invasión y el acoso que ejerce Rusia sobre sus países vecinos. Consiente la participación rusa en la matanza siria de Bashar al-Assad. La indiferencia que muestra Trump hacia los derechos humanos se asemeja mucho a la de Putin. Además, se ha convertido en el principal instrumento geopolítico del mayor adversario de Estados Unidos.

El trabajo de Trump consiste en facilitar los esfuerzos de Putin para subvertir las instituciones electorales y jurídicas de Estados Unidos. En 2016, Rusia fue responsable de que salieran a la luz varios emails hackeados que ensuciaron la imagen de Hillary Clinton, favoreciendo a Trump; se difundieron oleadas de noticias falsas, calculadas de antemano para que influyeran en la elección, por los cuales el fiscal especial Robert Mueller ha acusado formalmente a ciertos ciudadanos y empresas rusas; y se rastrearon varios sistemas informáticos relacionados con las elecciones en muchos estados. Sin embargo, Rusia sigue llevando a cabo este tipo de ataques, tanto aquí como en otros países, favoreciendo a Putin en su empeño por desacreditar la democracia occidental.

Durante su mandato, Trump ha estado ayudándole. En enero de 2017, las agencias de inteligencia informaron a Trump de la conclusión unánime de que Putin había dirigido el ataque de Rusia contra los comicios, revelando las instrucciones concretas que había dado el presidente ruso. Trump respondió señalando que no podían confiar en las agencias de inteligencia y que esos descubrimientos eran una "trampa".

Peor aún, Trump defendió las cobardes negaciones de Putin y atacó a las instituciones encargadas de investigar los actos de Rusia. Calificó a los dirigentes de las agencias de inteligencia de "hackers políticos". Además, insistió en que las agencias son un "fraude" y una "estafa": un "acto demócrata premeditado destinado a fabricar una barrera artificial" entre Estados Unidos y Rusia.

El trabajo de Trump consiste en facilitar los esfuerzos de Putin para subvertir las instituciones electorales y jurídicas de Estados Unidos.

Del mismo modo, afirmó que el FBI era una organización tendenciosa cuya reputación estaba "hecha jirones". Continuamente acomete contra los líderes de la Oficina y el Departamento de Justicia. Recientemente, empleó el memorando de Nunes [que está elaborado por republicanos y acusa al FBI de abuso de poder] para decir que la investigación de Rusia estaba motivada políticamente, a raíz de lo cual el senador demócrata John McCain afirmó: "Estamos haciéndole el trabajo a Putin".

Aquí Trump consigue su cometido. Una encuesta de Reuters llevada a cabo en febrero reveló que el 73% de los republicanos piensa que el FBI y el Departamento de Justicia (DOJ, por sus siglas en inglés) están "trabajando para deslegitimizar a Trump mediante investigaciones políticamente motivadas"; que el 55% de los estadounidenses piensa que la administración de Obama "supervisó de manera inapropiada la campaña de Trump durante las elecciones de 2016"; y el 35% cree que los altos funcionarios del FBI y el DOJ "se coordinaron conscientemente para tender una trampa al presidente con acusaciones de colusión rusa...".

Un sondeo llevado a cabo por un consorcio de científicos políticos muestra que, en el primer año de mandato de Trump, la confianza pública en las instituciones disminuyó de forma dramática. La confianza tan fundamental en la democracia también ha muerto.

Trump se ha negado obstinadamente a castigar a Rusia por minar las elecciones. Cuando el Congreso reaccionó a su curioso comportamiento aprobando sanciones casi con unanimidad, Trump se negó a aplicarlas. ¿Cuál fue su excusa surrealista? Que el hecho de que existan en papel es suficientemente disuasorio.

La confianza tan fundamental en la democracia ha muerto.

Pero no lo parece. A mediados de febrero, los cuatro principales cargos de inteligencia ―el director de la CIA, del FBI, de la Agencia de Inteligencia de la Defensa y la Agencia de Inteligencia Nacional― advirtieron de que Rusia tiene la intención de repetir su injerencia en 2018, hackeando el sistema electoral y lanzando noticias falsas en aras de agravar las divisiones políticas y sociales en Estados Unidos. Por su parte, Rusia ha lanzado un violento ataque en las redes sociales para apoyar los ataques de Trump hacia las fuerzas del orden.

La acusación de Mueller contra 13 rusos y 3 empresas rusas, con una extensión de 37 páginas, ha sacado a la luz los recursos que emplea Rusia para subvertir los procesos políticos. En 2016, los operativos rusos se infiltraron en Estados Unidos; reclutaron a ciudadanos estadounidenses inconscientes, que se hicieron pasar por activistas políticos; emplearon emails y cuentas bancarias estadounidenses; organizaron eventos; inventaron noticias falsas que dividirían a los estadounidenses; y se dirigieron a lugares y grupos demográficos específicos. En total, Rusia invirtió millones de dólares y usó a cientos de agentes. Esta operación se llevó a cabo desde varios flancos en suelo estadounidense y tenía un único objetivo: que Donald Trump fuera nuestro presidente.

Y lo consiguió.

La acusación de Mueller forzó a Trump a reconocer, de mala gana, la realidad de la injerencia rusa en 2016. Pero no condenó a nadie ni tomó medidas. En lugar de eso, siguió empleando los mismos tuits a modo de distracción para negar que hubiera ignorado las actividades de Rusia; para atacar a los demócratas y al FBI; asegurar que, debido a la investigación sobre Rusia, la Oficina había dejado de seguir pistas sobre el responsable del tiroteo del colegio de Florida; y regañar a su propio Asesor de Seguridad Nacional por decir que la acusación de Mueller era irrefutable y no corroborar lo que decía Trump. Una vez más, el enemigo elegido por Trump no fue Rusia, sino las agencias y las personas que pretendían garantizar la integridad de las elecciones.

Y lo que es peor, Trump aún no ha hecho nada para combatir los ciberataques o las campañas de noticias falsas lanzadas por Rusia, ni siquiera ha castigado a Rusia por el descarado ataque en 2016. Cualquier otro presidente informaría a Estados Unidos de las amenazas a las que nos enfrentamos como nación y dirigiría todos los recursos necesarios para combatirlas. En cambio, los asesores de Trump temen que sacar a colación el tema le enfade. A diario, Trump mina nuestras instituciones y nuestra defensa, instando a Rusia a aumentar sus ataques.

Una vez más, el enemigo elegido por Trump no fue Rusia, sino las agencias y las personas que pretendían garantizar la integridad de las elecciones.

La obligación más básica de un presidente es defender la democracia estadounidense de los ataques. Trump ha fracasado en esto, lo que supone un acto inexcusable de negligencia y deslealtad.

No obstante, Trump solo parece prestar lealtad a sí mismo, a excepción de su afinidad aparente con Putin. Ofendido por la falta de respuesta de los demócratas a su Discurso del Estado de la Unión, Trump sugirió que este gesto fue una "traición".

Una vez más, Trump es la personificación de lo que proyecta.

Richard North Patterson es autor de 22 novelas, expresidente del grupo de control Common Cause y miembro del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por María Ginés Grao.

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