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16/12/2018 15:41 CET | Actualizado 16/12/2018 15:41 CET

¿Cruz y ficción?

El HuffPost
Isabel Chiara

La receta de la felicidad estaba entre los pagos del teléfono. Su piel satinada miraba y casi cantaba. Fue espectacular preguntarle si es verdad que somos sueños de alguien furioso.

Cada mañana, tomar café y sentir como los niños se van al colegio es una fiesta si luego no te cuentan la estructura rara de cómo la realidad come tu alegría.

El amor no salva, pero si anestesia.

Esta pareja sube al súper los sábados y rellena su carrito con una materia que parece ser el cuerpo de su felicidad. Tienen voces de niños cuando hablan en voz bajita, se desequilibran al ver un animalito muerto en la carretera. Son especialmente vulgares. Con su fondo común se miman, se ablandan y hay siempre un ser desigual del que se horrorizan.

Anoche, mientras veían televisión hablaban sin parar de una historia que estaban inventando allí mismo. No es posible que un rey viva como un ser normal, ni es posible que los seres normales puedan volverse sagrados. Sino para qué carajo uno consume papitas light.

Ella lo miró con especial ternura cuando los dos se fueron discutiendo algo que jamás habían estudiado. Todo era invención. Así es la felicidad, un invento que algunas veces se hace un traje demasiado largo para no arrastrarlo.

Ellos no saben que un señor los ha codificado y les ha puesto nombre de usuarios necesarios. Ni que el banco les pone en lugar preferencial siempre que nace una nueva cadena de esclavitud. Ellos son especialmente felices cuando ven su vida como algo útil. Cuando sospechaban de todos los que acaban de llegar. Cuando de noche se limpian con kleenex su amor físico.

Ellos han aterrizado primero que todos, saben que son la humanidad. Si en algo

Dios los perdonará, será en haber creído fielmente que todo está aquí para cumplirse.

Se han hecho hombres y mujeres correctos, han sentido que algo los levantaba con una fuerza de nave nodriza los domingos en misa.

Sus hijos son la reproducción exacta de sus hambres y sus miedos. Formulan sus destinos criando muñecos y ordenando matar sin compasión a través de la PlayStation. Sus hijos son perfectamente idénticos a los demás. Alguna vez en la barbacoa familiar Pedrito se vuelve Paquito con solo pestañear. La niña es una sola niña entre todas las primitas, todo parece extraído de una maquinaria de ciencia ficción. Ella, madre. Vela y llora cuando es necesario y si no es necesario, también vela y llora el destino que confecciona con una destreza de jugadora de ajedrez.

Son perfectos y se hacen querer cada vez que un ministro habla de lo mal repartido que está el cielo y que en otros tiempos, tenían mejores remedios para ciertos males.

Les admiro ciegamente por el uso que hacen de su muñeco hinchable con el que llegan a bailar.

Los veo en las filas del cine y les distraigo a veces con mis juegos de azar. Son mejores que muchos, son gente de verdad. Situados a la derecha de Dios, saben lo mal que los demás lo hacemos, fermentan una cierta compasión...

Su soledad está tan bien amaestrada que jamás mea sus pies. Su espectáculo de luces se enciende cuando es el tiempo. Como los gatos entierran su mierda para que no llegue a oler. Son perfectamente ciegos y sonámbulos. Invaden los parques. Son buenos y su bondad a veces, corta las propias venas del árbol por donde circula el bien.

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