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21/10/2018 09:36 CEST | Actualizado 21/10/2018 09:36 CEST

Cuentacuentos

Isael Chiara.

Contar contiene el riesgo de invocar palabritas de doble filo. Nunca se peinan a mano, las peina el viento. Usan saris, zapatos de payaso, llevan relojes atornillando el tiempo, para descifrar a tiempo, lo que el tiempo suponiendo, ignora. Unas pidiendo ser pájaros se hacen moscas, otras, vencejos increíbles haciendo el amor a alta velocidad bajo el cielo inspirador. El oficio de contar llega a ser peligroso. Un Narrador es un cazador, un entomólogo, ornitólogo, un micólogo de bosques telúricos, oscuros hasta el olvido. Verán... En este momento hay una mujer en Nairobi cocinando, descifrando esa mirada de duda acerca de las palabras. ¿Su uso de flecha, su olor de leña quemada?... Una mujer nombrando la palabra sacia su sed, alivia la crisis de su pelvis harta de recibir hombres desconocidos, hematoma del alma, hijos prisioneros del hambre. Esa palabra la calma, eso basta. Ahora mismo, un chino en un puesto del Mercado nocturno de Donghuamen ha sentido una premonición mientras desplumaba patos y tú sigues dándole un rol poco brillante al uso de las palabras. Las usas en el Whatsapp desmembrándolas, proporcionándole a su sonrisa el vacío de haber perdido dientes bajo la pedrada de tu aparatitos última generación degenerada. Esa conversación inútil, antropófaga, con tres puntitos previos en el brillo mentiroso de una pantallita... Hablando mudos, suponiendo amigos, a gente agregada de por sí, para ser eternamente un seco amante pasivo de mantis religiosa, decapitado en la ebriedad del placer fugaz. Recuerda, con cinco mil amigos, nadie remedia su soledad.

La palabra cuenta. Seguramente ese pedazo de placenta caído en un hospital de campaña en Siria, mientras la guerra derrumba palacios soñados, ha dibujado la letra S, de serpiente, en el suelo. Nosotros negamos la vida desconocida, cerramos fronteras, imposibilitados de hacerle un muro al mar. En italiano hubiéramos inventado la palabra, evitando una pobreza devuelta. La rara vacuna negando una mentalidad sembrada desde las oficinas, en esta Europa ebria de status quo, Cool Services. Negociando petróleo, armas cínicas jurando distinguir, minerales para pantallas de ordenadores. Señores regocijados en porcentajes gananciales, en darle precio cada mañana a la bolsa, disimulando el sucio fin de explotar.

Sus estudios de macroeconomía, no los libra a mear desde penes entristecidos, con amores atizados de coca. Señoras pintadas de mil colores, vestidas para nunca estar desnudas de su ambición. Ketamina, éxtasis vegetal, éxtasis líquido, poopers, polvo de ángel, speed, eva o MDEA, éxtasis, dentro de carne adobada en silicona, maquillaje, voces de niñas enmascaradas reclamando a papá.

Esos cuentos terriblemente humanos pretenden estar resguardados por un agente de prensa, por el secreto de confidencialidad, por la puta posverdad. Los cuentacuentos son capaces de crear mares a mitad de un desierto, de formar fuego si la nieve del desamor lleva atrapándote siglos. Pueden remontarse, es cierto, pero cada palabra tiene su imán. Quedan atrapados en esas aulas de niños, sus huellas aparecen en las pizarras los siguientes días, en los restos de las galletas, en la voz del ventilador...

Los cuentacuentos beben té violeta con Sandokán, maquillando su barba con restos de hollín, poniéndose nervioso hasta derramar la calma de su taza, debajo su tornasolado turbante se sabe enamorado de sus propios guerreros, asustado en la cueva de su timidez, cosas que ni los cuentos podrían explicar. Cleopatra les teme, ellos tienen la certeza de haberla visto ciertos días bella. Haberla librado de su esclavitud hacia el poder, con una mordida de áspid, llegar encadenada y descalza a Roma con el delirante afán de ser "una Rock Star".

Los cuentacuentos y los dragones forman parte del mismo paisaje, aun muertos de frío, echan humo, en vez de esa ráfaga de fuego aparecidas en sus fotografías. Salvan al mundo con acertijos llenos de vida. Los lobos son malos si Caperucita es la que cuenta entre lagrimitas, esa expedición al bosque aterrada, arrastrando su canastita. Los cuentacuentos sucumben al pavor del silencio e hilvanan historias con leyendas, bulos con astucia viral. Cosen un alucinante patchwork para salir pilotando una alfombra mágica, evitando caminar la dura calle de la realidad. Podemos verlos en los pasillos del supermercado, comprando especias raras, luciendo sortijas nacaradas. Desapareciendo en la bruma de algunos tejados, sorteando el tráfico en hora punta, cociendo arroces de seis colores, buscando la eficacia de las comas, los puntos suspensivos.

Hablando con el espejo de su aire, cosechando champiñones en la humedad de un arcoíris, portando pancartas contra la desigualdad, hablando idiomas inventados. Corrigiéndole dicción en la "Vie en Rose" a Lady Gagá.

Aparejando calcetines en azoteas, a seis mil años luz de los venusinos, quienes observando, suponen una humanidad cándida, lejana a guerras parricidas, ajena a fraguar el fin de su mundo.

Los cuentacuentos asaltan los malos actos a cosquillas, dejándolos empapados en lágrimas de risa, despejan sus pulmones de hechos ciegos, de envidia salteada en nuez moscada, de decir palabras huecas para asegurar el reino de un cuervo coleccionista de brillos alquilados. A los cuentacuentos hay que conocerlos, reclamarles buenos finales en sus cuentos, apalabrarlos para que llegue la felicidad intacta el día menos esperado, en la ruta menos pensada, a la hora cuando parezca perdido el rumbo de su libertad.

A los cuentacuentos darles de comer historias antiguas, refrescadas con el fantástico logro de vivir. Tenerlos cerca para curarnos, bajo la estantería donde coexisten libros releídos. Son seres fuertes atravesando el prejuicio de vivir del cuento, comer aire, alimentarse de promesas. Sus depredadores profesan lo material a pie juntillas, sin percatarse que en sus propios corazones, habita un metal barato, despreciable, lejano al verdadero oro que viste a la maravilla.

Los cuentacuentos pasean unicornios cuando una cabra pierde un cuerno. Ponen sombrero a un mago, si un niño síndrome de Down, repite sus conjuros comunicando la magia de una vida, sobrevivida. Dan alas a los cojos, ventanas a los presos, armas a los miedosos. Esperanza y razón a la existencia de los débiles, persistencia implacable a quienes quieren un mundo con menos aristas, mejores artistas.

Juegan con palíndromos, sacan trabalenguas a pastar por las estepas donde "Atilas" dejaron Hunos, otros y charcos reflejando lunas. Explican el calor de las primeras cuevas, condimentan la dura carne de la injusticia, saltan el cerco de lo increíble. Tocan "Hamelinas" flautas si es necesario resguardar niños, librándolos de ogros sonoros, ronquidos y sobresueldos despatarrados en escaños de congresos. Tienen hadas en el asiento trasero de su coche, cuidándolos de las miradas que pretenden convertirlos en piedra. Cantan hablando. Los delfines se acercan a las orillas, si un niño escucha un cuentacuentos hablando de algas, caracolas marinas y corales submarinos en corrientes lamidas por océanos desaparecidos. Los cuentacuentos son el rasgo eterno de la humanidad, la supervivencia plena, el perfecto talismán. Las hogueras no tendrían razón de existir, sin ellos, la espera de lo maravilloso sería una estación deshabitada. No podríamos escapar del horror apenas la realidad se traga a la ficción, apareciendo hombres matando compulsivamente a enamoradas mujeres solitarias. En el momento cuando Dios está ocupado jugando con su móvil, poniendo modo avión, a las llamadas emitidas por el terminal de la desesperación. Cuando terremotos, huracanes o tasas de interés se ensañan con los débiles, en este reino del revés. Los cuentacuentos son imprescindibles, necesarios hasta la saciedad. Como el agua necesita del líquido, el árbol de su corteza para sobrevivir incendios, las abejas a las paredes perfectas de un panal. El cuentacuentos, es un animalito extraño librándose de la persecución implacable del poder, buscando refugio en la memoria colectiva, evadiendo a diario las garras curvas de la extinción.

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