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28/04/2018 09:21 CEST | Actualizado 28/04/2018 09:21 CEST

Pensé que perder 30 kilos me haría más feliz, pero me equivoqué

Courtesy of Robbi Romu
Arriba: Robbie Romu, 2016. Abajo: Romu, 2017.

He estado siempre gordo. Mejor dicho, siempre me he sentido gordo.

Fui un niño grande, más que la mayoría de los niños de clase, pero no se trataba estrictamente de sobrepeso. Era alto para mi edad y fornido, y eso me hacía ser diferente. Y lo diferente no era bueno. Para complicar más las cosas, también era gay, y esa es la peor forma posible de ser diferente, seguro.

Me pasé toda mi infancia escondiendo quién era por miedo a que me descubrieran; temía por mi vida. Crecí en la región canadiense de Ontario del Norte, en una pequeña ciudad plagada de ignorantes. Ser gay era una postura peligrosa. Al final, mi peso se convirtió en parte de mi armadura, un escudo que utilizaba para mantener alejada a la gente y mantenerme así a salvo a mí mismo.

Durante mis últimos años de adolescencia y mis primeros años como veinteañero, una vez que hui de mi pequeña ciudad e inicié el largo proceso de aceptar a mi verdadero yo, descubrí que la comunidad gay no era tan tolerante como habría deseado. La presión que sentía de amoldarme a unos estándares de belleza imposibles me llevó a terrenos peligrosos. Hice todo lo posible para perder peso. Podía pasarme días enteros sin comer. Empecé a hacer ejercicio sin parar. No tardé en recurrir a laxantes. Me tomaba todas las pastillas posibles y luego me tumbaba despierto con el estómago irritado, revuelto y con ardor, y rezaba a Dios para que me ayudara a pasar la noche.

"No lo volveré a hacer", le prometía, "pero no me dejes morir". Era mentira. Al final, las pastillas me llevaron a los purgantes y los purgantes me llevaron a algo mucho peor. A los 22 años, me había aislado por completo. Me sentía terriblemente solo, tenía ansiedad, estaba deprimido y me forzaba a vomitar de forma diaria.

Cuando por fin busqué ayuda, porque estaba ya al borde del suicidio, descubrí que no estaba solo. Todo eso que me forcé a hacer eran, y aún son, comportamientos preocupantemente comunes en la comunidad LGBTQ. Con algo de terapia de calidad y una mudanza oportuna a Vancouver, salí de la espiral de autoabuso.

Mi peso siguió variando después de los treinta. Pasé de estar un poco rellenito a ser rechoncho y a estar indiscutiblemente gordo, y todo eso sintiéndome incómodo y fuera de lugar en mi propio cuerpo. Tengo una foto en un crucero de cuando era un joven treintañero. Recuerdo que no quería salir de mi habitación ni quitarme la camisa porque me veía demasiado grande, o al menos no como los otros hombres que había en el crucero. Cuando veo esa foto a día de hoy me invade la tristeza. Qué perdido estaba y qué inconsciente fui, qué desintonizado estaba con mi cuerpo. Era un hombre normal y corriente, pero no era eso lo que veía cuando me miraba al espejo. Odiaba mi aspecto y pensaba: "Si estuviera delgado, todo sería perfecto". Y realmente creía que perder peso sería la cura mágica para todos mis males.

Courtesy of Robbie Romu
Romu, en un crucero en 2001.

Cuando cumplí 48 años en 2017, pesaba 119 kilos. Midiendo 1'88, podía cargar bien con mi peso, pero estaba claro que tenía bastante sobrepeso. Tomaba seis medicamentos distintos para diversos males, la mayoría relacionados con mi peso, como depresión, ansiedad crónica, reflujo gastroesofágico grave e hipertensión. En resumen, que era una bomba que podía estallar en cualquier momento.

Ese año, por extraño que parezca, pensé que cumplía 49. Estaba tan desintonizado de mi cuerpo como lo estaba de mi vida. Estaba atrapado en un matrimonio infeliz con codependencia, no paraba de comer y casi todo el tiempo que no estaba dormido lo pasaba jugando a videojuegos o viendo la tele para evadirme de mi realidad. Los aniversarios, las vacaciones, los cumpleaños y demás acontecimientos no eran algo que esperara con ilusión, más bien me intimidaban. Eran recordatorios de mi tristeza y de mi apatía y quería evitarlos a toda costa.

Un día, reflexionando sobre mi vida y lo rápido que se acercaban esos 50 años, me di cuenta con indolencia de que, de alguna forma, había logrado perderme a mí mismo. Si había nacido en 1969, solo iba a cumplir 48 años. ¿Tanto había desconectado que llevaba todo un año de desfase? Lo creas o no, busqué en Google "¿Qué edad tengo si nací el 10 de julio de 1969?". Google me confirmó: "Tiene 47 años y 358 días".

Acababa de ganar de repente un año de vida extra. Me estaba siendo concedida la oportunidad de rehacer un año.

Darme cuenta de esto surtió un profundo efecto en mí. Algo cambió. Comprendí que este año era un regalo que no podía desperdiciar. Poco después de mi impactante descubrimiento, puse fin a mi matrimonio, retomé las riendas de mi vida y empecé a cambiar la forma de ver la comida y el ejercicio.

Rompí con los alimentos procesados, los azúcares, los carbohidratos... Toda la porquería de mi dieta. Para un hombre que se tomaba una bolsa grande de Doritos de queso y un litro de batido de chocolate a diario, no era una tarea sencilla. Cada vez que sentía la tentación de traicionar mi nueva dieta sana, me repetía a mí mismo mi mantra: "Se te ha concedido la oportunidad de rehacer un año, no la desperdicies". Me puse a comer frutas, verduras, frutos secos, semillas y carnes magras y empecé a moverme.

Courtesy of Robbi Romu
Romu, 2018.

Comencé dando pequeños paseos por el barrio y un día a la semana quedaba con un amigo para jugar al tenis. Al principio fue difícil, pero no tardé en descubrir una pasión por el senderismo y el aire libre que nunca sospeché que tuviera en mi interior. Apenas unos meses después, ya me levantaba a las 5 de la mañana tres o cuatro veces a la semana para ir a hacer senderismo y jugaba al tenis tan a menudo como podía. Los kilos empezaron a derretirse y el progreso me motivaba a seguir el camino. Para el final del verano, las caminatas se convirtieron en trotes y estos en carreras de montaña. Perdía peso a un ritmo asombroso y estaba contento con cómo me iban las cosas.

Una tarde, tras una larga carrera de montaña, conduciendo de vuelta para casa, me invadió la tristeza y rompí a llorar. "¿Qué cojones me pasa?". Lloré en voz alta para mí mismo. La respuesta llegó en un susurro dentro de mi mente: "Sigues siendo el mismo niño pequeño inseguro que has sido siempre, solo que con otro cuerpo".

La frase de "Si estuviera delgado, todo sería perfecto" que llevaba tantos años diciéndome por fin se mostró como lo que de verdad era: una mentira. A estas alturas había perdido 22 kilos, pero me di cuenta de que, por mucho que estuviera cambiando en mi exterior, en realidad no había cambiado nada en mi interior. Por desgracia, la tarea más complicada (la importante) y la verdadera transformación que estaba desesperado por conseguir aún no había comenzado.

Mi padre solía decir: "Aunque la mona se vista de seda, mona se queda". Con todas las inseguridades que me han atormentado durante toda mi vida hasta el día de hoy, demasiado a menudo me siento como esa mona vestida de seda. Ya he perdido casi 32 kilos, un logro importante, pero con mis 87 kilos aún me siento como ese pequeño niño gordo que no puede fiarse de las intenciones de nadie. Siempre he pensado que nadie puede sentirse realmente atraído por mí, que la gente era amable conmigo o dormía conmigo por pena o como último recurso. Pese a lo mucho que han cambiado las cosas, lo triste es que mi pérdida de peso no ha cambiado demasiado.

Admito que la gente en general ―no solo los gais― es mucho más amable conmigo ahora. Aparte de lo triste que es eso, también ha desencadenado una nueva serie de temores en mí. Ahora cuestiono los motivos de la gente mucho más que antes. Algunos tíos que nunca me dedicaban un momento ahora de repente me rondan. Ahora la gente se gira y me piropea mucho más rápido y fácilmente. Pero, por muy bien que me haga sentir en ese momento, en el fondo apenas significa nada para mí.

Siempre he querido ser una de esas personas que se sienten cómodas siendo quienes son, pero parece que haga lo que haga, o haya hecho, no lo consigo. Las personas a las que al parecer "les importa una mierda" lo que piensen los demás de ellas me fascinan y me aterran. Si de verdad no les importa, lo único que se me ocurre pensar es: "¡Qué atrevimiento! ¡Qué valor! ¿Cómo se atreven a pasar de todo?". Esa clase de libertad debe de ser gratificante.

En retrospectiva, perder peso fue relativamente fácil. He descubierto que el proceso de aprender a quererme y de ser feliz conmigo mismo, pese lo que pese y tenga la edad que tenga, es mucho más desafiante.

Estoy empeñado en seguir manteniendo a raya mi peso. Ya no tomo ningún medicamento y mi salud física está ahora en una posición mucho más conveniente que hace 10 meses, pero es el cambio emocional (el real) el que me interesa conseguir ahora.

Estoy aprendiendo que mi vida no es un camino de gordo a delgado ni de joven a viejo, sino que es un camino para aprender a quererme y a ser consciente de mí mismo. Es un camino en el que el reconocimiento no viene del exterior, sino de mi interior.

No sé si alguna vez llegaré a estar verdaderamente feliz con mi cuerpo, pero me niego a dejar de intentar ser feliz conmigo. Me debo a mí mismo no desperdiciar el regalo que me fue concedido de la vida. He recorrido un largo camino y he tenido que superar muchas cosas y necesito recordarme que perder 32 kilos es un logro enorme. Si puedo hacer eso, puedo lograr cualquier cosa, seguro.

Robbie Romu es bloguero, escritor y director de marketing digital cuya primera novela sigue siendo un proyecto pendiente. Descubre más de su trabajo en 42stillnoclue.com.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.