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19/12/2018 07:19 CET | Actualizado 19/12/2018 07:19 CET

Conduje borracho y eso le costó la vida a seis personas. Así me ha cambiado la vida

Courtesy of Robert Veeder

El 1 de noviembre de 2003, estuve implicado en un accidente de tráfico bajo los efectos del alcohol. Por mi culpa murieron seis personas. Seis buenas personas. Herí de gravedad a otras dos. Ni siquiera era consciente de que estaba borracho, algo que sé que suena ridículo, pero es que bebía mucho por entonces. Me había pasado casi todo el día en bares, pero realmente pensaba que controlaba. Una cerveza por aquí, otra cerveza por allá, un par de cubatas a lo largo del día... Para mí, en esa época, eso era controlar.

Aquella noche estaba cansado. La noche de antes había sido Halloween y me había quedado despierto hasta tarde. Vivía en un horrible y cochambroso piso a unos 5 kilómetros del último bar del que salí aquella noche. Como no quería desmadrarme demasiado, me monté en mi furgoneta Econoline blanca y emprendí el camino a casa. Tomé la autopista porque sabía que era menos probable que me parara la Policía. Lo que no sabía era que ya se había producido un accidente justo en esa autopista esa misma noche.

No iba demasiado deprisa. No iba haciendo eses. Mi furgoneta se subió a una colina, donde había una multitud de personas de pie frente a mí. Intenté frenar, pero fui demasiado lento (estaba demasiado bebido) como para reaccionar de forma adecuada. Lo que sucedió después fue un espectáculo dantesco. Fue absolutamente devastador. Una pesadilla hecha realidad. Lo que sucedió se convirtió en mi propio infierno personal.

Cuando llegó la Policía, yo estaba sentado en el arcén abrazándome las rodillas y meciéndome. Me arrestaron y me llevaron a la prisión del condado. Muchos meses después, me enviaron a la prisión estatal. Fui acusado de seis cargos de homicidio involuntario y dos cargos de agresión con arma letal por infligir lesiones graves. Pasé casi una década en la cárcel. Y podrían haberme encerrado para siempre; la verdad es que no había nada que pudiera decir en mi defensa.

Intenté frenar, pero fui demasiado lento (estaba demasiado bebido) como para reaccionar de forma adecuada. Lo que sucedió después fue un espectáculo dantesco. Fue absolutamente devastador. Una pesadilla hecha realidad.

Eso pasó hace más de 15 años. Sigo pensando en ello todos los días. Estoy seguro de que lo seguiré haciendo.

Cuando me río, algo que hago a menudo, me pregunto si me merezco sentirme feliz. Cuando me hago daño, a veces simplemente pienso que me lo merezco. Y creo que siempre será así.

Cuando alcancé un momento en mi vida en el que la cárcel era una posibilidad remota, ya me sentía bastante preparado para ella, quizás hasta me la esperaba un poco. No era una mala persona. Muy pocas de las miles de personas que conocí en prisión lo eran. Sin embargo, debido a los efectos a largo plazo de mi consumo diario de drogas y alcohol, la cárcel me supuso casi un alivio.

La cárcel fue la parte más sencilla para mí, sin que eso quiera decir que estar en la cárcel sea sencillo. Las cárceles son lugares que dan miedo y a menudo peligrosos. En una ocasión presencié cómo dos hombres mayorcitos se enzarzaban en una pelea a machetazos utilizando cuchillas de afeitar atadas a lapiceros, y todo por una almohada. Una vez un hombre me apuntó con un dedo a la cara y juró que me asesinaría por una manzana. No he vuelto a mirar igual a las manzanas desde entonces. Pero esos sucesos solo eran una parte más de estar en prisión, parte de vivir en ese entorno. Durante la mayor parte del tiempo, la cárcel no era tan emocionante. Muchos ratos los llenaba mirando el techo o caminando en círculos por el patio.

Lo más duro de la cárcel para mí fue que mis decisiones, las decisiones que habían logrado encerrarme ahí, les había costado la vida a seis personas. Nada de lo que pudiera hacer (y nada de lo que haga hoy en adelante) podrá enmendar eso.

La cárcel era una rutina. Así sobreviví. Creo que así sobrevivimos muchos de nosotros. Leía sin parar y escribía cartas como un poseso. Cuando ofertaban clases, asistía. Me daba igual de qué fueran: Control de la ira, "Pensar para cambiar", Cocina, Horticultura, programas de doce pasos, servicios religiosos... Ahí estaba yo. Si hubieran ofrecido Cestería, también habría ido. Necesitaba algo, lo que fuera, que me diera un respiro de los fantasmas que me acosaban.

Al principio pensé en suicidarme. Sospecho que casi cualquier persona razonable lo habría pensado en mi lugar. Lloraba tan fuerte y durante tanto tiempo que tenía los ojos siempre escocidos por las lágrimas. Así durante varios años. Pensaba constantemente en quitarme la vida. Si no hubiera tenido el apoyo de tantas personas amables, cariñosas y comprensivas, estoy seguro de que no estaría aquí hoy. Me despertaba todos los días deseando no haber despertado, deseando que la muerte me hubiera venido a buscar mientras dormía. "No puedo ser esta persona", recuerdo que le dije a un amigo mientras las lágrimas me recorrían la cara. "No soy suficiente. No creo que pueda ser esta persona". No lograba hacerme a la idea de la terrible tragedia.

Pasé de hundirme en un abismo de desesperación y autocompasión a darme cuenta de que tenía que ponerme manos a la obra. Necesitaba enmendar lo que había hecho.

Recuerdo el momento casi exacto en el que dejé de llevarme por la tristeza que me estaba consumiendo en la cárcel. Un día, sin más, pareció desaparecer. Fue como si alguien hubiera pulsado un interruptor y algo en mi interior se moviera. Pasé de hundirme en un abismo de desesperación y autocompasión a darme cuenta de que tenía que ponerme manos a la obra. Necesitaba enmendar lo que había hecho.

La cárcel no tiene muchos aspectos positivos, pero sí tiene un par de cosas buenas. Una de ellas es que me dio mucho tiempo para reflexionar y replantearme algunas cosas. Algo en lo que pensé bastante es en lo mucho que me arrepentía de no haberme apuntado al equipo de atletismo del instituto. Puede que parezca extraño, pero no podía dejar de preguntarme si mi vida habría sido distinta de haberme apuntado.

Cuando iba al instituto me obligaron a escoger un deporte, algo que detestaba. Escogí atletismo, pero como director del equipo. De este modo, no tenía que correr, competir ni hacer nada más que preparar y recoger los materiales en los entrenamientos y competiciones. El resto del tiempo, me sentaba en la grada. Con suerte, ligaba con chicas.

Un caluroso día de verano, justo después de preparar las vallas, decidí probarlas. Recorrí la pista con la mirada para comprobar que no hubiera nadie mirando y salí disparado como un rayo por la pista. Me sentí veloz, brillante y vivo.

Más tarde, ese mismo día, el entrenador me detuvo en el vestíbulo. Me había visto correr y saltar las vallas y quería que me uniera al equipo. Sin embargo, era joven y no me gustaban estas invitaciones con lo que yo consideraba que era una amabilidad ingenua, así que le dije que no.

Dejé de recibir cartas después del primer año, más o menos. Fue una época especialmente solitaria. No estaba muerto. Casi era algo peor: me habían olvidado.

Reviví muchas veces ese momento cuando estuve en prisión. He debido de saltar esas vallas mentalmente mil veces desde mi incómodo colchón de 10 centímetros sobre un somier de acero helado, con la mirada fija en el techo de hormigón, preguntándome cómo habría discurrido mi vida si me hubiera apuntado a algo, a cualquier cosa. ¿Qué habría pasado si hubiera dicho "sí"?

Dejé de recibir cartas después del primer año, más o menos. Fue una época especialmente solitaria. No estaba muerto. Casi era algo peor: me habían olvidado. Seguí el consejo de un amigo y empecé a suscribirme a revistas. Catálogos de viaje, sobre todo. Así podría oír mi nombre en el reparto diario de correo, tumbarme en mi litera, ponerme a fumar cigarrillos y hojear las páginas de esas revistas repletas de lugares que existían en algún lugar. En algún lugar, ese bosque, ese océano, ese castillo, existían, me decía. Encontraba la esperanza en su belleza. Paseaba por mi celda sin parar mientras pensaba en las olas rompiendo en ese mismo momento... en algún lugar.

Durante las Navidades, me pasaba el tiempo envolviendo juguetes bajo la supervisión de un guardia, ya que no podían fiarse de un recluso con tijeras o celo. Esa se convirtió en mi tradición de Navidad en la cárcel. Fue una de las tareas que me asignaron como parte del "Men's Club", una clase de organización de servicios que ofrece a los reclusos la oportunidad de hacer voluntariados. No había mucho que hacer, de todos modos. Tomábamos fotos de reclusos posando incómodos con sus familiares durante la visita de los fines de semana, cuando algún pobre padre podía ver a sus hijos durante un par de horas. Cobrábamos 2 dólares por foto. Hubo un tiempo en el que podíamos hacernos fotos a nosotros mismos con otros reclusos, amigos que habíamos hecho durante los años, pero a veces pillaban a algunos haciendo algún gesto de pandillero, de modo que terminaron por retirarnos ese privilegio.

El dinero que íbamos ahorrando durante el año solía emplearse en comprar pequeños caprichos para los reclusos, como helado el 4 de julio (Día de la Independencia de Estados Unidos) o los regalos de Navidad que yo envolvía para niños con pocos recursos. Realmente no sé adónde iban a parar los juguetes. Simplemente me gustaba que me dieran una vía, por pequeña que fuera, de enmendar lo que hice. Me daba la oportunidad de ser parte de la comunidad y ayudar, algo que deseaba y que nunca antes había hecho.

Seguí haciendo toda pequeña acción que estaba a mi alcance en prisión. Había hecho daño a mucha gente mediante mis adicciones, mi aislamiento, mi soledad y mi indiferencia por todos los demás salvo por mí mismo.

Ahora sabía lo que debía hacer: necesitaba enmendar mis actos. Tenía que empezar a decir "sí".

Pero la verdad es que no podía.

Estaba encerrado, y cuando estás encerrado no se te permite enmendar tus actos. Cuando estás encerrado, no tienes voz. Forma parte del castigo. Te ven como alguien malo y no te dejan ser bueno.

Me pusieron en supervisión postliberación (una forma más suave de decir "libertad condicional") el 11 de enero de 2012 durante 9 meses. Había dejado de fumar en prisión y había empezado a correr. Al principio solo una vuelta alrededor del patio, pero al final esa vuelta se convirtió en horas. Esas horas, en kilómetros. Tres días después de ser puesto en libertad, corrí la maratón de Charleston. No rompí ningún récord ese día, pero os puedo asegurar que era el corredor más feliz de todos. Cinco días después de ser puesto en libertad, asistí a mi primera clase universitaria en el mundo exterior. Estaba temblando. Estaba de los nervios. No sabía cómo funcionaba todo eso.

Cuando estás encerrado no se te permite enmendar tus actos. Cuando estás encerrado, no tienes voz. Forma parte del castigo. Te ven como alguien malo y no te dejan ser bueno.

Cuando entré en prisión, los amigos más puestos en tecnología tenían cámara de fotos en el móvil. Cuando salí, casi todo el mundo llevaba internet en el bolsillo. Llegué a casa después de la universidad el primer día y me eché a llorar porque el profesor me había dicho que subiera la tarea a Dropbox a través de D2L. Ni siquiera sabía de qué me estaba hablando. ¿Qué es un D2L? Me pregunté. ¿Qué es un Dropbox?

Actualmente estoy sobrio. No he tomado alcohol ni drogas en 15 años. Al final me saqué la carrera de Ciencias de la salud en la especialidad de Abuso de drogas. Me gradué summa cum laude en la Universidad Estatal de Nueva York en Brockport (tuve que mirar en Google qué significaba exactamente lo de summa cum laude).

Ahora trabajo a jornada completa como terapeuta en adicciones. Puedo afirmar con orgullo que soy la clase de terapeuta que te gustaría tener porque me apasiona profundamente mi trabajo. He estado en esa situación. Este trabajo es mi vida. Para mí, es como una especie de sacerdocio.

Quiero que la gente sepa que no solo hay vida después de la sobriedad, sino que esta vida puede ser fantástica. Lo sé porque yo mismo la tengo.

Estoy locamente enamorado de mi mujer. Tengo una hija de 5 años que piensa que soy mágico, y yo creo que ella está hecha de materia estelar, polvo mágico de hadas, besos de su abuela y amor. Tengo una vida que ahora siempre valoro.

Nunca dejo de pensar en el accidente ni en el terrible sufrimiento que he causado. Cargo con eso siempre. En ningún momento me he olvidado de los lugares siniestros a los que me arrastraron mis adicciones, mi enfermedad. Sin embargo, ya no soy esa persona. He cambiado, he madurado y me esfuerzo a diario para tratar de enmendar lo que hice. Tengo una vida maravillosa con una pizca de aflicción en ella. Me costó demasiado: mi sobriedad, mi felicidad, mi familia... Todo me costó demasiado.

En última instancia, espero que la moraleja que transmita mi historia, mi vida, es que jamás hay que conducir bajo los efectos de las drogas ni del alcohol. Ya lo sé, ya lo sé, es un cliché. Hemos oído estas advertencias durante toda nuestra vida y al final es como si entraran por un oído y salieran por el otro. Antes creía que conducir bajo los efectos del alcohol era ilegal para proteger al conductor. Y yo creí ingenuamente que se me daba "bien" conducir borracho. Pensaba que, como lo había hecho durante años y no había pasado nada, tenía talento. He leído que el conductor borracho medio se libra 80 veces antes de que le pillen.

Yo no me libré. Mis víctimas, sus seres queridos y sus amigos tampoco se libraron de lo que les hice. Si no hubiera hecho lo que hice, esas seis personas seguirían vivas hoy. Cargaré con el peso de esa culpa eternamente. Jamás podré dejar eso atrás. Sin embargo, seguiré luchando por redimirme, pese a que soy consciente de que nunca llegaré a hacerlo realmente. Me niego a desaprovechar las oportunidades y los increíbles regalos que me han concedido. Me comprometo a despertarme todas las mañanas y decir "sí". Es lo mínimo que puedo hacer.

El 1 de noviembre, Robert Veeder celebró su 15º aniversario sin tomar drogas. Robert conducía bajo los efectos del alcohol en 2003 en un accidente de coche que le costó la vida a seis personas. Estuvo en prisión desde 2003 hasta 2012. Tras ser puesto en libertad, se mudó a Nueva York, donde empezó a estudiar Ciencias de la salud en la especialidad de Abuso de drogas. Ahora es terapeuta para drogodependientes en una clínica local. Está felizmente casado, tiene una hija de cinco años llamada Story, es escritor, malabarista y músico. Toca el banjo, el piano, el acordeón, el ukelele y, en ocasiones, el djembe. Le apasiona ayudar a la gente no solo a superar sus dependencias, sino también y principalmente a alcanzar la paz y la felicidad.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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