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17/03/2019 11:43 CET | Actualizado 17/03/2019 11:43 CET

Así es mi vida como nómada digital. Pista: no es glamurosa

La autora en Polonia, tomándose una foto con el trípode.

El pasado mes de agosto, cuando finalizó el alquiler de mi piso de Nueva York, decidí irme también de la ciudad y viajar a tiempo completo. Lo hablé con mi superior y, tras acordar unas pocas estipulaciones sobre las horas de trabajo y los resultados esperados, me permitieron trabajar desde cualquier parte. Como ya había viajado bastante, sabía que esto era un lujo y que con mi habilidad para encontrar vuelos baratos y alojamientos dentro de mi presupuesto a través de Airbnb y en hostales, podría ahorrar más dinero que si estuviera viviendo en Nueva York.

Pensaba que ser una nómada digital sería algo glamuroso. Todos los influencers y viajeros a tiempo completo que sigo en Instagram tienen fotos perfectas y, por lo tanto, daba por hecho que sus vidas también lo serían. Pensaba que yo también destacaría en Instagram por mis fantásticas fotos (como puedes ver más abajo) y por mi singular estilo de vida y creía que todo sería digno de una buena foto. Bueno, quizás no pensaba eso, pero sí creía que ser una nómada digital me facilitaría la vida. Spoiler: no fue así.

Sinceramente, el 60% de ser una nómada digital consiste en encontrar una fuente estable de wifi. Esto es algo más complicado de lo que puede parecer y a menudo acabo trabajando desde un McDonald's allá adonde viajo. Eso no tiene nada de glamuroso, salvo quizás el hecho de tomarme un Toblerone McFlurry en Interlaken (Suiza).

No me malinterpretes: me ha encantado la libertad que he conseguido y he sido más productiva en el trabajo de lo que jamás fui en la oficina (lo siento, jefa). He estado en ocho países (incluidos Polonia, Suiza y México) y en un puñado de estados de todo Estados Unidos, y aunque aún no estoy preparada para dejar de ser nómada, no es un estilo de vida del todo recomendable y no creo que sea para todo el mundo. Tener la libertad de vivir y trabajar en cualquier parte me ha hecho darme cuenta de la cantidad de ruido y cargas que permitimos que entren constantemente en nuestra vida.

Por ejemplo, no sé dónde están la mitad de mis pertenencias. Algunas están en Nueva York, repartidas entre dos o tres pisos, y el resto están en el sótano de la casa de mis padres dentro de cajas sin etiquetar. Hacer la maleta para mis viajes ha sido sencillo. Sé qué cosas me gustan y qué prendas podré llevar dos o tres veces. Me he vuelto experta en aplicar el método de Marie Kondo para hacerme la maleta. Sin embargo, en algún momento, entre hacer la maleta para mis viajes y mis regresos a Nueva York y Virginia, donde viven mis padres, he acabado con solo seis conjuntos de ropa interior. No me supone gran problema. He aprendido a planificar la colada y a lavar a mano mis prendas de ropa interior, pero la cosa es que tengo al menos otros veinte conjuntos... en alguna parte. No soy nada minimalista, pero vivir con lo que hay en mi maleta me ha demostrado que no necesito muchas de mis pertenencias para sentir que encajo, para verme bien o para tener suficiente. Y esto también se puede aplicar a mis relaciones.

Paso semanas sin saber cuándo voy a volver a ver a mi prometido o a hablar con algunos de mis mejores amigos. Estoy constantemente perdiéndome lo que pasa en sus vidas porque cuando por fin nos ponemos al día, se nos olvidan las cosas. Por otro lado, siento que no tengo a ninguna persona con la que compartir mi experiencia. Sí, eso es un aspecto importante de viajar en solitario, muchos de mis amigos no comprenden de verdad la experiencia porque no la han vivido. Por problemático que pueda ser Instagram, lo he utilizado para conectar con otros nómadas digitales para sentirme menos sola. Tras estar cinco meses en movimiento, me doy cuenta de que no necesito la cercanía de muchas personas; las personas con las que sí que me relaciono tienen que aportarme algo profundo y enriquecedor.

Del mismo modo que estoy aprendiendo a invertir y confiar en calzado de calidad para usar todos los días, soy más consciente que nunca de que es importante invertir mi tiempo en unas pocas personas que llenan mi vida de luz y amor.

Cuando vivía en Nueva York, se me daba genial mantener mis relaciones: amigos, conocidos, amigos a distancia... Ahora que estoy siempre en movimiento, me doy cuenta de que no es sostenible. He aprendido a centrarme en mis verdaderos amigos y a distanciarme de los no tan amigos. Esta fue una lección difícil de aprender, ya que implica afrontar el hecho de que, de algún modo, le he fallado a alguien.

Como nómada digital, dispongo de flexibilidad para estar básicamente donde me apetezca. Cuando mis amigos y familiares se dan cuenta de esto, de repente, me llueven las preguntas y los planes. No domino el arte de ser egoísta, pasar tiempo con las personas que quiero y "viajar" de verdad. Me siento culpable cuando me escaqueo de la fiesta de cumpleaños de algún amigo por haber cancelado el viaje de tren de seis horas desde Virginia hasta Nueva York por puro agotamiento. O cuando decido de repente reservar un billete de avión para visitar Europa durante una semana (como estoy a punto de hacer) y tengo que mantener la conversación otra vez con mis padres de que tengo un tiempo limitado y quiero asegurarme de sacarle el máximo partido sin ellos.

Siento miedo constantemente a perderme algo, aunque esté en ese momento en un lugar asombroso. A veces son las copas espontáneas que me tomaba en Nueva York con algún amigo cercano. En otras ocasiones es un sentido más profundo de comunidad. Cuando estaba en Polonia durante la audiencia del juez Kavanaugh, eché de menos estar en la redacción con mis colegas y compañeros de trabajo para tener su consuelo y que me ayudaran a superar ese momento complicado. En vez de eso, estuve días llorando hasta quedarme dormida con las luces encendidas, luchando por intentar salir de mi apartamento temporal de Cracovia.

Es evidente que la soledad es algo inherente a los nómadas digitales, pero estar sola todo el tiempo no siempre significa sentirme sola. Aunque he tenido que aprender a reservar algo de tiempo, vigilar las diferencias horarias y mantenerme en contacto con mis mejores amigos, he comprendido el poder de las relaciones transitorias.

Cuando estaba en Suiza, me hice amiga de una mujer un poco más joven que yo de Nuevo Hampshire (Estados Unidos). Acabamos explorando las montañas del país durante tres días haciendo senderismo, lanzándonos en tirolinas o pedaleando. Resulta que vemos el mundo de forma muy parecida, que ambas estudiamos la lengua de signos americana con el único motivo de conocerla y hasta mantuvimos un intento de conversación en esa lengua de signos en mitad de Suiza. Estuvimos tres días en contacto y gracias a que soy una nómada digital, he aprendido que las despedidas son una parte más de la vida, pero que no significa que el tiempo que pasamos juntas significara menos.

Muchas personas me han preguntado cómo tuve el coraje para hacerlo: renunciar a una rutina y alejarme de mi prometido (y de las comodidades) para viajar constantemente y vivir con lo que cupiera en una maleta. He deseado este estilo de vida desde hace años y básicamente la decisión se reducía a si lo hacía ahora o si esperaba a más adelante. Y decidí hacerlo ahora. Sé que soy una persona extremadamente privilegiada por poder viajar a tiempo completo. No tengo deudas y mi única responsabilidad soy yo. Sé que muchas personas dejan su trabajo para llevar este estilo de vida y que tengo muchísima suerte de trabajar para una empresa que me ha concedido la flexibilidad que necesitaba para cumplir mi sueño.

Me asombra no haber echado de menos tener "mi propio" hogar. Quizás se deba a que he sabido adaptar mi concepto de hogar. He decidido que el hogar para mí es sentirme cómoda conmigo misma. Llegado un momento determinado, puede que mi hogar sea una vida sedentaria o como madre. Ahora mismo, mi hogar es perseguir mis sueños de escritura y exploración (de mí misma y del mundo) y aprender constantemente algo nuevo sobre quién soy y en quién me estoy convirtiendo.

Cuando no hay nadie cerca para meterme presión u observarme, soy irremediablemente vaga. Estoy intentando aprender gracias a este tiempo libre conmigo misma a ser más disciplinada y a descubrir lo que significa la productividad para mí. He comprendido que mi concepto de sentirme asentada tiene que ver con la gestión del tiempo y con la gente, no con el lugar.

Por ahora, me voy a quedar un par de semanas en Estados Unidos. Volveré a Nueva York y estaré allí una semana antes de ir a Philadelphia y a Washington, D. C. Estoy redescubriendo el placer de volver a visitar lugares y volver a vivir la experiencia de nuevo, pero siendo una versión diferente de mí misma.

Aunque he ido permitiéndome unos caprichos por aquí y por allá con el dinero que he conseguido ahorrar, ser una nómada digital no consiste necesariamente en tener experiencias nuevas y glamurosas. Consiste en descubrir cosas sobre mí misma, descubrir cómo veo el mundo y alcanzar la excelencia en el arte del equilibrio. Y, por supuesto, en sacar fotos maravillosas para Instagram por el camino.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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