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06/02/2018 07:35 CET | Actualizado 06/02/2018 07:35 CET

Una excelente mala salud

El expresidente Carles Puigdemont con la directora de campaña de Junts per Catalunya, Elsa Artadi, y el diputado electo de JxCat Albert Batet.
EFE/ Stephanie Lecocq
El expresidente Carles Puigdemont con la directora de campaña de Junts per Catalunya, Elsa Artadi, y el diputado electo de JxCat Albert Batet.

Las disputas entre Junts per Catalunya y Esquerra Republicana para la investidura del president de la Generalitat constituyen el penúltimo episodio de una histórica relación imposible entre las dos fuerzas principales del nacionalismo catalán. A algunos les sorprende que dos aliados que se necesitan de lleno para llevar a cabo su objetivo final destinen tanta energía para desestabilizarse mutuamente. Otros –confundiendo deseo con realidad– consideran que los últimos acontecimientos suponen el final de proyecto independentista, desconociendo profundamente los interiores no sólo del soberanismo, sino del catalanismo (esta reacción es sobradamente conocida: han matado al independentismo en reiteradas ocasiones... y luego ha vuelto a ganar las elecciones).

Pero en ambos mundos –que no están, en absoluto, lejanos– son conscientes de que más allá de la estrategia, de los (legítimos) intereses de partido y de la escenificación, su pragmática alianza resulta imprescindible en la vehiculación de los anhelos compartidos. JxCAT y ERC solo romperían en el hipotético momento que el proyecto independentista quedase aparcado, algo difícil con más de 2 millones de votos que lo avalan. Es una relación con mucho más desamor que amor, pero constituyen dos partes cruciales e imprescindibles de la mayoría catalana, y su reiterada pugna se remonta a los orígenes del autogobierno tras la dictadura.

La desparecida Convergència y la histórica ERC han competido electoralmente por un espacio común desde las primeras elecciones democráticas

La desparecida Convergència y la histórica ERC han competido electoralmente por un espacio común desde las primeras elecciones democráticas. Entonces ninguna de las dos era inequívocamente independentista, si bien la mayoría de las bases de ambos partidos sí que soñaban con esta meta. Ambas se disputaban un mismo terreno electoral, el de las clases medias catalanistas, especialmente las de fuera del área metropolitana.

Esa pugna enseguida se decantó por la nueva CDC de Jordi Pujol, que en las primeras elecciones al Parlament (1980) convirtió la fórmula de CiU en la primera fuerza con 43 diputados, el triple que una ERC (14) a la que votaron, sobre todo, los que ya lo habían hecho antes de la Guerra Civil, cuando había sido el partido dominante en Cataluña. Ese papel que Esquerra ejerció durante la República, bajo las presidencias de Francesc Macià y Lluís Companys, pasó desde las primeras elecciones autonómicas a manos de la coalición Convergència i Unió, que, con el influjo de Jordi Pujol, se convirtió en el pal de paller del catalanismo y la imprescindible referencia de las clases medias.

Desde entonces, la pugna entre CDC (y, por extensión, CiU) y ERC ha tenido continuos altibajos. Alcanzó su máximo apogeo a finales de 2003, cuando Josep Lluís Carod Rovira se decantó por Pasqual Maragall e ICV en vez de Artur Mas, que, contra todo pronóstico, había ganado las elecciones. Carod anhelaba con un sorpasso a CiU que estuvo a punto de ocurrir en las elecciones generales del año siguiente (10 diputados de CiU y 8 de ERC), tras la campaña persecutoria del PP por las conversaciones con ETA en Perpiñán, que dio alas a los republicanos. Poco se imaginaba Carod que el sorpasso se acabaría produciendo años después, pero no respeto a CiU, sino al PSC.

El tripartit alejó ambas formaciones y las elecciones que finalmente llevaron a Mas a la Generalitat las volvió a dejar con la mayor distancia desde 1984: 62 a 10 diputados. Fue entonces cuando ERC inició un proceso de renacimiento bajo la empatía y la confianza que Oriol Junqueras logró transmitir a una bolsa electoral de clases medias que ya no era sólo catalanista, sino también independentista. El inicio del Procés y el abandono de la política de peix al cove que había caracterizado CiU en sus negociaciones con los sucesivos gobiernos del Estado supusieron la reactivación de la competencia entre ambos partidos por una misma porción del electorado. Pero en este caso se trató de una pugna más subterránea, ya que el proceso independentista exigía unidad de acción.

Junts per Catalunya y Esquerra encontrarán, con toda probabilidad, la fórmula para tejer una nueva hoja de ruta que evite volver a cometer los graves errores de los dos últimos años,

Las elecciones del 21D han dejado una herida profunda en ERC. Un mes y medio antes de la cita, las encuestas daban cerca de 50 diputados a Junqueras y sólo una quincena al PDeCAT. Con su líder en prisión sin poder hacer campaña, y evidenciando que no disponían de ningún recambio sólido, el llamado gen convergent se rearmó en la figura de Carles Puigdemont, que no sólo dio un vuelco electoral a los sondeos, sino que ha logrado afianzarse como el candidato legitimista que ha puesto en jaque al Estado, algo que precisamente va más en sintonía con las bases de ERC que con las del PDeCAT. Los dirigentes de Esquerra continúan descolocados un mes y medio después del 21D y su actual tarjeta de presentación de corte pragmático –abanderada ahora por los que precisamente impidieron a Puigdemont convocar elecciones el 26 de octubre– es fruto que la herida todavía supura y tardará en cicatrizar.

Junts per Catalunya y Esquerra encontrarán, con toda probabilidad, la fórmula para tejer una nueva hoja de ruta que evite volver a cometer los graves errores de los dos últimos años, en que la hiperventilación, el tenim pressa y la ingenuidad han constituido un freno mayor al proyecto soberanista que la propia acción judicial. El acuerdo permitirá que se elija un presidente, que se constituya un gobierno y que las instituciones –sin la irresponsable injerencia de las entidades soberanistas– sean, esta vez sí, la mejor manera para construir la república votada por la mayoría de los catalanes. Con su debido tiempo y la inteligencia necesaria. Ese es, por encima de cualquier otro, el verdadero reto de dos mundos tan cercanos y lejanos al mismo tiempo.

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