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22/01/2018 11:30 CET | Actualizado 23/01/2018 12:00 CET

Una prensa entregada

EFE

"Reconocer con agradecimiento la actitud de la mayoría de los medios de comunicación de nuestro país en defensa de la unidad nacional". Cuando un presidente de Gobierno propicia una frase de este tipo (lo hizo Rajoy hace diez días), se queda tan ancho y los citados no replican, resulta inevitable poner en tela de juicio el papel que los medios están desarrollando ante un tema de acentuada trascendencia como es el proceso independentista en Cataluña. Esto es lo que sucede en la España de hoy, en la que el presidente con el índice de popularidad más bajo desde la Transición agradece el apoyo de aquellos que tienen la función de informar y aportar una visión crítica y, sobretodo, rigurosa de la principal crisis de Estado desde que la Guardia Civil entró en el Congreso de la Diputados en 1981.

Generalizar el papel que han tenido los medios en el tratamiento de un elemento informativo conlleva, necesariamente, unas valoraciones que inevitablemente resultan sesgadas y parcialmente desajustadas. Obviamente, no existe una misma línea y los matices pueden ser infinitos. También en el proceso catalán. Pero no deja de ser sorprendente el estado de pensamiento único que se ha implantado en la línea editorial de la práctica totalidad de la prensa escrita y la mayoría –si bien, no todas– de radios y televisiones. Una prensa sin capacidad crítica es una prensa faltada de una parte fundamental de su función, pero una prensa que claramente manipula y falta a la verdad es una prensa que ha renunciado completamente a su condición.

Que las cabeceras tradicionalmente ancoradas a la derecha y que acumulan un sinfín de ejemplos de un tratamiento informativo sesgado en lo referente, no ya al proceso soberanista, sino al mismo autogobierno de Cataluña, hayan jugado un papel acosador (y acusador) no resulta sorprendente. Desde el 11M, todo esto y más es posible. Renunciando al análisis profundo e imparcial sobre las causas y anteponiendo un posicionamiento extremo previo a cualquier información de los hechos, el sinfín de informaciones convenientemente pilotadas que un día tras otro han publicado estas cabeceras forma parte de la normalidad con la que la derecha española ha tratado siempre (y nos remontaríamos a mucho antes de la Transición) el asunto catalán.

Pero que otros periódicos que, presuntamente, se caracterizan por tener una visión más plural y una tradición de mayor capacidad crítica hayan adoptado una línea similar a la de las cabeceras más extremistas –sin apreciar diferencias en el mensaje y tan sólo relativas respecto a las formas– es algo preocupante y que pone en entredicho el papel que la prensa escrita está jugando en el asunto. Hace unos años hubiese sido impensable que un periódico que exhibía su condición de "progresista" hubiese insultado a los miles de manifestantes que el 7 de diciembre se desplazaron cívicamente a la capital belga con un titular como este: "El separatismo pasea su odio a España por las calles de Bruselas".

Se trata de un alarmante ejemplo de la inmensa lista de perlas que en los últimos meses han aparecido publicadas con absoluta impunidad moral. La mejor prueba, tal vez, es la que se recogió el 22 de diciembre. Cuando toda la prensa internacional informaba que el independentismo renovaba su mayoría en Cataluña, en España los titulares consideraban que era más importante destacar qué partido había obtenido más votos, a pesar que esto sea insignificante en el nuevo Parlament. Dos visiones: la de España (con una parte de Cataluña incluida) y la del resto del mundo.

Pero más allá de la capacidad tóxica que han mostrado estos medios con informaciones malintencionadas, o directamente manipuladas, lo realmente preocupante es la renuncia absoluta a la base del periodismo, que es buscar las causas de los hechos. Un reciente estudio realizado por el investigador Ricard Gili Ferrer, de la Universitat Pompeu Fabra, detalla como las cabeceras de Madrid han obviado el papel determinante que han tenido los ciudadanos en la eclosión del movimiento independentista y han ceñido las causas de su auge a la presunta obsesión de diferentes líderes políticos catalanes que anteriormente pactaban con el Estado. Es decir, un profundo desconocimiento de la situación. Lo preocupante es que probablemente este discurso se lo hayan creído incluso los mismos que pontifican a distancia. Es el triunfo de la posverdad.

El relato escrito por el Gobierno para aplacar el movimiento independentista ha sido comprado sin complejos por la práctica totalidad de los periódicos de ámbito español. Y aquí cabría añadir también a un par de cabeceras de Barcelona que se han convertido en ariete del soberanismo, a pesar de que esta opción continúa siendo la mayoritaria en Cataluña. Curiosamente, el cambio de línea de estas dos cabeceras ha ido a la par a la presión que en este sentido han ejercido sobre ellas el Gobierno e incluso la Casa Real.

Que los periódicos tengan un posicionamiento claro y transparente en asuntos de Estado no debería de ser problema alguno. En los países anglosajones, donde la verdad es algo sagrado –a diferencia de España–, la prensa seria se posiciona de manera explícita en asuntos de interés general e incluso pide el voto directamente por las opciones políticas que considera más oportunas y coinciden con su línea editorial. Pero nunca se atrevería a tratar un movimiento de la importancia, la legitimidad y la transversalidad que tiene el independentismo –con todos los errores que ha cometido, que no son pocos– como lo ha hecho, en su globalidad, la española (repito: las generalizaciones siempre son injustas). El periodismo de Estado no es algo propio de las democracias serias. Como tampoco, por cierto, que ejecutivo, legislativo y judicial actúen al unísono. En las democracias avanzadas, los tres poderes (y, por supuesto, el cuarto) van siempre separados.

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