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08/10/2012 11:31 CEST | Actualizado 08/12/2012 11:12 CET

Razones poéticas para la no independencia de Cataluña

Porque me gustan los cuentos de Sergi Pàmies y los relatos electrizantes de Quim Monzó. Porque me fascinó el descubrimiento de Ausiàs March, y la sabiduría enciclopédica de Gimferrer, y los versos de su 'Mascarada'...

Porque me gustan los cuentos de Sergi Pàmies y los relatos electrizantes de Quim Monzó. Porque me fascinó el descubrimiento de Ausiàs March, y la sabiduría enciclopédica de Gimferrer, y los versos de su Mascarada, pero también porque aprendí en El cuaderno gris del brillante y zumbón Josep Pla y en su Advenimiento de la República, y porque me sacudieron los poemas de Las personas del verbo de Gil de Biedma; pero también por el pan tumaca y la butifarra, y las playas de L´Estartit, en la Costa Brava, donde pasé un verano memorable con mis padres y mi hermano en el año 1990, y porque allí, en Gerona, también tengo familia. Porque me encanta pasear por las cuadrículas de Barcelona y admirar la imponente y etérea Sagrada Familia, porque Gaudí te hace soñar, y Tapiés te hace apretar el labio, y porque Dalí te turba y Picasso te embelesa, y Miró te da risa, porque está esa catedral del fútbol que es el Camp Nou; porque me encanta el vitriólico supositorio de la Torre Agbar, y el lagarto del Parque Güell, y esa belleza sobrenatural y ultraterrena que es el cementerio de Montjuïc, con sus augustos panteones y sus tumbas salpicando las laderas de la montaña, como una arquitectura digna de Piranesi. Porque allí, en Barcelona, viví uno de mis mejores viajes con mi novia de entonces (mi mujer de ahora), alojándonos de pensión en pensión y de hotel en hotel, sin apenas un duro en los bolsillos, y porque nos perdimos por las callejuelas y los dédalos del Borne y del barrio Gótico, la Catedral y Santa María del Mar, las Ramblas, con sus farolas y sus mimos, y sus quioscos y sus pajarerías. Porque me perdían los pintxos vascos de Sagardi y tumbarme en las camas de La Fianna, donde nos tomábamos alguna copa; o el hotel Arts y el puerto deportivo; o el Hotel Palace, donde quedábamos con los periodistas para hacer entrevistas cuando yo trabajaba en una agencia de comunicación; y los caramelos artesanales de ese panteón del azúcar que es Papabubble. Pero también porque me enamoré de Teresa y me dio envidia el Pijoaparte, porque vivía con pasión los casos de Pepe Carvalho, tan jactancioso y comilón. Porque me hubiera gustado ir al camping Estrella de Mar de Castelldefels en el que Roberto Bolaño ejercía de vigilante o verle en los cafés de Blanes una tarde desapacible de invierno. Y también porque allí están algunas de las editoriales que más admiro, Edhasa y Destino, Minotauro y Anagrama y Seix Barral, y la librería La Central (aliviado, por fin, de que haya venido a Madrid), y los sonetos del Solo y dolido de J.V Foix, que pude leer en la pulcra y hermosa versión de Manuel Longares; y los restaurantes de Cambrils, donde comíamos en elegantes restaurantes con vistas al Mediterráneo en las prolongadas escapadas de un trabajo que hacíamos en la provincia de Castellón hace ya diez años; y porque me fascinan las teorías sobre la innovación culinaria de Ferrán Adriá y de los hermanos Roca...

Pero, sobre todo, porque allí, en las playas de Barcelona, fue abatido y tocado de muerte don Quijote por el Caballero de la Blanca Luna, que en realidad era el bachiller Sansón Carrasco. Estas son mis razones poéticas y personales, que para nada pretenden, Dios me libre, aplacar el apetito fraticida y las ansias de secesión. ¿Cuáles son las tuyas?

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