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20/03/2018 07:28 CET | Actualizado 20/03/2018 07:28 CET

Nuestros hijos son lo que comemos: por qué imitan nuestros hábitos

Weekend Images Inc. via Getty Images

Si queremos mejorar la alimentación de nuestros hijos, debemos asegurarnos de que, como adultos, estamos siendo un buen ejemplo para ellos. Por desgracia, la mayoría de los padres somos cualquier cosa menos un buen ejemplo en este aspecto. Muchas de las preocupaciones que surgen por los hábitos alimentarios de los niños tienen su base en nuestros propios trastornos alimentarios y nuestras creencias disfuncionales.

Antes de empezar a abordar cualquier problema alimentario de nuestros hijos, debemos solucionar nuestros propios problemas. De lo contrario, se los transmitiremos o les crearemos nuevos problemas basados en los nuestros. En ocasiones puede suceder que eso que pensábamos que eran problemas alimentarios de nuestros hijos son en realidad nuestros propios problemas y que los hábitos de nuestros hijos son completamente normales. Muchas de nuestras creencias y comportamientos alimentarios nacen en nuestra infancia.

A menudo, nuestros comportamientos relacionados con la alimentación son una respuesta condicionada por algo que sucedió hace décadas. La alimentación y la comida están muchas veces ligadas a los recuerdos de la infancia, los buenos y los malos. Como padres, por mucho que creamos que lo somos o por mucho que lo deseemos, no somos objetivos con la alimentación. Muchas veces influimos de forma subconsciente en nuestros hijos y en sus hábitos alimentarios debido a ciertos incidentes que nos sucedieron hace muchos años. Pese a que no podemos cambiar lo que nos pasó, sí podemos observar el impacto que nos causó y ser plenamente conscientes de ello para no volver a repetir el ciclo.

A menudo, nuestros comportamientos relacionados con la alimentación son una respuesta condicionada por algo que sucedió hace décadas.

Echa la vista atrás a tu infancia: ¿recuerdas haber oído alguna de las frases siguientes en boca de tus padres, abuelos, monitores de comedor u otros adultos? En conjunto, los llamo la "Policía de la alimentación". Sospecho que han pasado varios individuos por tu vida diciéndote algo así:

  • "¡Buena chica, te has comido todo el plato!".
  • "¡Bien hecho! ¡Qué limpio has dejado el plato!".
  • "Venga, come, que hay niños en África muriéndose de hambre".
  • "Prueba un bocado, que no te va a matar".
  • "Cómete la corteza del pan, que así se te rizará el pelo".
  • "Si no comes zanahorias, no podrás ver en la oscuridad".
  • "No te daré pudín si no te terminas la comida".
  • "No comas eso ahora, que se te irá el hambre".
  • "Un bocado más y te doy helado".
  • "Es muy buena chica, tiene mucha gana de comer".
  • "No te vas de la mesa hasta que no te termines la comida".
  • "Como no te lo comas, te irás a tu cuarto y pasarás hambre".
  • "No sabes la suerte que tienes, con la de niños que hay en África pasando hambre".

Yo fui una "buena chica" cuando era niña. Comía mucho y no era especialmente quisquillosa con ningún alimento. Dejaba el plato limpio, pocas veces me dejaba algo para tirarlo y me felicitaban mucho por ello. Mi autoestima estaba íntimamente ligada con ser una "buena comedora". Me enorgullecía comer y comer y, en consecuencia, comer tanto me hacía sentirme bien. ¿Podéis intuir en qué deriva esto?

Treinta años después, me cuesta controlarme comiendo. Suelo comer para sentirme mejor cuando estoy triste o estresada, tal y como me animaban a hacer cuando era niña. Comer es mi forma de hacerme sentir bien. También me ha llevado años superar la culpa de dejarme algo de comida en el plato, sobre todo si hay una cantidad considerable. Acabé resolviendo el problema del desperdicio de alimentos haciéndome con unas gallinas que se comen prácticamente cualquier sobra que haya por la casa, aunque sigo sintiendo punzadas de culpabilidad cuando me veo obligada a tirar mucha comida si estamos fuera de casa. Como adulta, sé de dónde surgen mis problemas alimentarios, pero son muy difíciles de superar. El primer paso es ser consciente de ellos y, sobre todo, aprender a no transmitírselos a mis propios hijos.

Este texto es un breve fragmento de mi nuevo libro, The Gentle Eating Book, publicado recientemente. Puedes pedir un ejemplar en inglés aquí.

Sarah Ockwell-Smith, madre de cuatro hijos, escribe sobre temas de crianza de niños. Puedes conocerla mejor en su página web: www.sarahockwell-smith.com.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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