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21/02/2018 07:44 CET | Actualizado 21/02/2018 07:45 CET

Por qué me lo tomo de forma personal cuando la gente habla de prohibir el aborto

Courtesy of Sarah Orsborn
Diciendo hola y adiós a mi bebé el día que nació, justo antes de que fuera trasladada a otro hospital para una operación.

El 16 de diciembre de 2011, el día de mi 27º cumpleaños, mi marido y yo fuimos emocionados a la gran ecografía de los cuatro meses de embarazo, deseosos por saber si los gemelos que llevaba en mi vientre eran niños o niñas.

Invitamos a mis padres y pensamos salir después a comer para celebrar mi cumpleaños. Las ecografías de gemelos llevan un tiempo, como yo ya sabía, pero esa se me estaba haciendo eterna.

Sentada, con la tripa cubierta de gel en una mesa en esa oscura sala de ultrasonidos, oí al técnico decir: "Voy a llamar a la doctora. Veo algunos problemas en la cabeza y la columna del Bebé B".

Mi tripa cubierta de gel empezó a agitarse por los sollozos que intentaba reprimir cuando llegó la experta en medicina marternofetal y trató de examinar mejor al Bebé B.

Cuando examinaba la cabeza "con forma de limón" y la columna del bebé, vio signos inconfundibles de mielomeningocele, el tipo más severo de espina bífida.

Ese día, sentada ahí, no tenía ni idea de lo que la espina bífida supondría para el bebé, el gemelo situado más arriba, cuya cabeza solía descansar sobre mis costillas, estirando tanto mi piel que a veces podía sostener su cráneo con mis manos.

No sabía si la doctora nos diría que nuestro bebé viviría o moriría. No sabía si podría andar o hablar. No sabía si afectaría a su hermana, la Bebé A, la gemela de abajo, la que estaba dentro de mi pelvis, y cuyos hipidos solía notar en mi entrepierna.

Mientras sollozaba, me llevaron a otra habitación, con una luz cegadora tras la oscuridad de la sala de ecografías. Llamaron a varios asesores genéticos. Mi obstetra vino a decirnos que había visto los escáneres, y cuando me vio llorando me dio un gran abrazo. Me explicó la situación y prometió que me llamaría al día siguiente, que era sábado, después de tener un tiempo para procesarlo, cuando seguramente nos surgirían más preguntas.

La comida de cumpleaños fue de lo más raro. Cuando llegamos a casa, me tiré a la cama, llorando y abrazándome la tripa, y acabé durmiéndome entre lágrimas.

Lo más importante que aprendí ese día es que las ecografías entre las semanas 18 y 22 de embarazo no son sólo el día feliz en el que te dicen si el bebé es niño o niña. También es el punto en el que un embarazo muy deseado se convierte en un paro al corazón. Es el punto en el que, mirando a una pantalla con imágenes difusas en blanco y negro, los médicos pueden ver la información anatómica que revela algo severamente grave en un bebé. Es el punto en el que se recurre a asesores genéticos y se debaten distintas "opciones".

Desde el peor cumpleaños de mi vida, me lo tomo de forma un poco personal cuando veo a legisladores y columnistas como David Brooks hablando de prohibir el acceso al aborto tras las 20 semanas (en Estados Unidos). Para nosotros —y para muchas otras mujeres que sollozan con su vientre cubierto de gel— 20 semanas fue el punto exacto en el que las opciones se hicieron dolorosamente necesarias.

Al final, el diagnóstico de nuestro bebé fue manejable y decidimos seguir con el embarazo. Como había dos bebés en camino, no pudimos recurrir a las increíbles operaciones fetales que se hacen ahora para corregir la espina bífida en el útero, y tuvimos que esperar 15 semanas más para ver qué significaban en realidad las ecografías.

Nuestro bebé nació con una gran parte de su espina expuesta, con la cabeza ensanchada por el líquido que se había quedado ahí por el defecto de la médula espinal y que le bloqueaba el líquido espinal cerebral y le impedía entrar y salir del cráneo con la facilidad que debería.

Courtesy of Sarah Orsborn
Las gemelas juntas por última vez antes de la operación.

No pude cogerla en brazos el día que nació. La metieron en la incubadora y le cogí la mano y le dije que la quería antes de que el equipo de traslados se la llevara a un hospital infantil cercano donde la operarían 24 horas después de nacer, tal y como habíamos planeado el fatídico día del diagnóstico.

Entiendo que a los oponentes al aborto les gusta usar casos como el mío para apoyar sus prohibiciones. Al fin y al cabo, ¿no decidí continuar con mi embarazo tras el diagnóstico?

Me siento afortunada porque nuestro diagnóstico fue manejable, por haber tenido y seguir teniendo acceso a un gran seguro de salud que me cubre a mí y a mi hija con los cuidados de salud que necesitamos y seguimos necesitando. Me siento afortunada porque mi pareja pudo cogerse una baja pagada de dos meses, ya que las bebés y yo necesitábamos cuidados después de un complicado parto.

Sé que un buen número de factores podrían habernos hecho tomar una decisión muy diferente, y lucharé por que todo el mundo tenga acceso a los cuidados necesarios para tomar la decisión que les parezca correcta.

Veinte semanas no deberían marcar el final de las opciones de una persona embarazada. El aborto, la cirugía fetal, los planes de cuidados para necesidades especiales, las pruebas posteriores... todo puede ser necesario después de lo que revela la ecografía de las semanas 18 a 22. Pienso en mí misma llorando aquel día y siento amor y compasión por esa madre que se enfrenta a las desgarradoras noticias, teniendo que tomar una decisión muy difícil para un bebé que ni siquiera ha nacido todavía.

Lo único que siento es amor y compasión por cualquiera que tome la decisión de terminar el embarazo después de 20 semanas, ya sea por una falta de acceso a los servicios, por falta de cobertura médica, por falta de dinero o por cualquier otro motivo. Todas las mujeres embarazadas merecen acceso a todo tipo de cuidados, no a una prohibición impuesta arbitrariamente por legisladores que no sabrán nunca lo que se siente cuando estás sentada en esa camilla.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' EEUU y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano

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