Las sacrílegas réplicas de la literatura y la vida

Las sacrílegas réplicas de la literatura y la vida

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En Santiago de Compostela están haciendo una cosa muy curiosa. En el espacio cultural NUMAX, el escritor Suso de Toro ha puesto en marcha Tac, tac, tac, una actividad en la que un escritor redacta un cuento con una máquina de escribir, con tinta y papel a la vieja usanza, en presencia de quien quiera verlo. Y tras corregirlo a placer, lo expone en el escaparate. No será publicado de otra manera y se pretende evitar que alguien lo reproduzca digitalmente y lo pueda distribuir por la red. El objetivo es que el autor cree así un objeto literario "casi mágico, que sólo se puede ver yendo a un lugar, como si fuera sagrado".

Cuando supe de esta historia, me sorprendió. ¿Por qué puede querer alguien escribir un cuento para comunicarlo de forma tan limitada? Lo hacen porque les da la gana –faltaría más–, y este post no quiere cuestionar su derecho a hacerlo. Pero me planteo cuál es la motivación que les lleva a realizar este hecho extraordinario, contrario a lo que un autor suele desear: que su obra sea conocida por el máximo posible de lectores. Los que publicamos textos, por variado que sea el tema, lo hacemos con ansia de ser leídos. Los que no tienen este deseo nunca dan a conocer su obra; la destruyen tras escribirla o la esconden discretamente en un cajón después de haber experimentado el placer de componerla. ¿Por qué entonces reducir adrede el alcance de la comunicación? ¿Por qué añorar aquel tiempo en que la propia naturaleza limitada del canal comunicativo era la causa del escaso eco del mensaje? Suso de Toro lo plantea como un experimento incardinado en la reflexión de Walter Benjamin sobre el impacto de la reproducción de la obra artística sobre su "aura".

Es cierto que controlando la copia se consigue dirigir la distribución del mensaje, orientar éste hacia el público deseado, situar la obra en el auditorio preferido. Los Gedeones quieren llevar sus biblias a todos los rincones del planeta. Para ellos, la mesilla de noche de un motel de Las Vegas es un lugar propicio para que su biblia lleve de vuelta al redil un alma descarriada. Pero no creo que –pongamos por ejemplo– Juan Ramón Jiménez, quien dedicó su obra "a la minoría, siempre", encontrase adecuado ese lugar para sus Sonetos espirituales. Con la copia, el creador pierde parte del poder que consiguió con su creación.

Hay un segundo componente potencialmente destructivo en la réplica: la posible perversión que el proceso de copia pueda producir sobre la obra primigenia. ¿Se corrompió la poesía bucólica de Virgilio cuando sus bellos versos fueron compuestos por primera vez en tipos de imprenta? ¿Pierde voluptuosidad la literatura erótica cuando se codifica digitalmente, al realizarse mediante el salto energético de unos electrones amaestrados en circuitos de silicio? No lo creo, porque la literatura, como cualquier otra forma de arte, consiste en la continua recreación de la obra artística en la mente de quien la disfruta. Por eso una obra nunca es la misma, ni siquiera cuando un mismo lector la lee por segunda vez. Lo que la copia permite es mantener viva la obra.

Por más que las élites intenten controlarlos, siempre hay algún Prometeo que acaba robándoles, distrayéndolos por los arrabales, permitiendo que cualquier mortal manosee la esencia primigenia de las cosas.

Los biólogos sabemos bien que la vida es copia permanente, réplica constante de generación en generación. Y con resultados diferentes de cada proceso de copia, en parte por la propia mutación que conlleva la réplica y en parte porque el ambiente es esencial en la naturaleza final del ser replicado. Por eso la vida es réplica y es también evolución. Nunca antes de la copia el arte y la literatura han estado más vivos. De los copistas medievales a los nativos digitales que difunden réplicas sin fin por el ciberespacio, pasando por los impresores, los positivadores de negativos fotográficos, los militantes clandestinos con sus multicopistas vietnamitas o los compulsivos estudiantes fotocopiadores. Sacrílegamente indiscreta por naturaleza, la réplica –que no el plagio– es la que otorga el mejor aura que una obra pueda tener, el acto que la transforma en las inesperadas formas sentimentales que adoptará en la mente del lector menos previsto.

Sobre esas cosas cavilaba tras leer sobre Tac, tac, tac en la prensa, cuando pensé que la propia noticia rompía en cierta forma el espíritu de dicha actividad. Contar en decenas de miles de copias impresas y en la propia edición digital del periódico que alguien quería crear sin dejar que se copie su creación era algo que me rechinó. Pensé que quizás el periodista habría robado la noticia, pero no: la propia web de NUMAX informaba del asunto, e internet también daba cuenta de cómo otros muchos diarios la habían contado. Entonces, en un flash se me vino a la mente la caseta del Aero en la Feria de Abril.

El Aero es un club que fundaron a principios del siglo XX los pioneros locales de la aviación, los adelantados tecnológicos de aquel momento, promotores de algunos de los primeros vuelos trasatlánticos y otras hazañas de aquel tiempo. La alta sociedad del momento se enamoró de estos locos del aire e hizo suyo el club, encorsetándolo con rigurosos hábitos de conducta y estética, hasta que en los años 50 los verdaderos amantes del deporte aéreo fundaron otra sociedad y dejaron que los endogámicos aristócratas sevillanos se dedicaran a montar su exclusiva caseta de feria y a jugar al polo, sin más conexión con la aviación que el prefijo "aero" que aún unen a su nombre.

La entrada a la caseta del Aero en la Feria de Abril está absolutamente vedada a quien no guarde estrecha relación con los socios y siga estrictas normas de vestuario. Tuve el honor de que me expulsaran una vez de ella por no llevar corbata. La esencia del Aero es transmitir de forma bien clara que tú nunca pertenecerás a dicho club, aunque seas el mejor aviador del mundo. Para que este mensaje funcione es esencial que sea conocido por todos, y para ello, nada mejor que mantener una gran caseta en la feria, a la vista de caballistas y paseantes. No hay duda de que el Aero tiene aura.

Me estoy pasando, es cierto; no son comparables los escritores gallegos que hacen Tac, tac, tac a los marqueses, condes y hasta altezas imperiales del Brasil que componen la nómina del Aero, pero ambos parecen haber convergido en algo: recelar de aquello que dio sentido a su actividad cuando el avance tecnológico la democratizó; apegarse de forma nostálgica a unos ritos ceremoniales del ayer. Hoy muchos ciudadanos practican diversas formas de aviación deportiva o juegan con simuladores de vuelo en entornos de realidad virtual; hasta los niños vuelan a su manera con sus drones de juguete. Demasiado popular para cierta aristocracia sevillana. Y hoy también la literatura más viva está en la red, para ser leída por todos los lectores insomnes del planeta. Es lo que tienen el arte, el conocimiento y la tecnología, por más que las élites intenten controlarlos, siempre hay algún Prometeo que acaba robándoles, distrayéndolos por los arrabales, permitiendo que cualquier mortal manosee la esencia primigenia de las cosas.