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27/12/2018 07:08 CET | Actualizado 27/12/2018 07:08 CET

El arte que denuncia la violencia sexual

Getty Images
Carl Andre, durante el juicio como acusado de matar a su pareja Ana Mendieta, hace más de 30 años.

El 8 de septiembre de 1985 moría la artista cubana Ana Mendieta al precipitarse desde su apartamento, en el piso 34 de Greenwich Village, donde vivía con su pareja, el también artista Carl André, adscrito al movimiento Minimal. Nunca se resolvió si había sido un suicidio o un asesinato; André fue absuelto de la muerte de la artista, pese a que testigos les habían oído discutir, a ella gritar "no" en varias ocasiones, y a que André tenía arañazos en la cara; se adujo que existía "una duda razonable". Desde entonces y hasta ahora, en cada exposición que un museo de cualquier parte del mundo le dedica a André, el artista se encuentra con una respuesta feminista que protesta frente a la sala gritando, como ya gritaron en 1985 las mujeres en Nueva York: "¿Dónde está Ana Mendieta?".

Más allá del trágico final de una brillante artista, Mendieta representa la contestación de las artistas mujeres frente a un arte frío, aséptico, aislado y en serie como eran las obras de los Minimal. Así, Lynda Benglis, Eva Hesse o la propia Mendieta experimentaban con materiales sensuales, casi mórbidos, dúctiles y pastosos frente a esa desinfección Minimal.

Unos años antes, en abril de 1973, Ana Mendieta invitaba a algunos de sus compañeros de la Universidad de Iowa a su apartamento de estudiante. Cuando llegan, la puerta de la casa estaba entreabierta y la escena que se encuentran al abrirla es el cuerpo de Mendieta de espaldas, apoyado contra la mesa del comedor, sin ropa de cintura para abajo, y con las piernas y las nalgas llenas de sangre. En Untitled (Rape Scene)Mendieta buscaba una reacción ante la violencia sexual que sufren las mujeres en las universidades estadounidenses; era 1973 y no ha sido hasta 2015 cuando se ha estrenado el documental The Hunting Ground donde se denunciaba que más de un 20% de las estudiantes de grado son víctimas de agresiones sexuales.

Si un artista es un violador, es machista, es racista, es homófobo, ¿cómo va a crear una obra ajena a todo eso?

La violencia sexual, tanto vivida como denunciada por las artistas, ha sido constante a lo largo de la historia del arte. La pintora barroca Artemisia Gentileschi (recientemente rescatada en el Museo del Prado, pasando a mostrar la única obra que posee de ella) era violada a los diecinueve años por parte de su tutor y maestro, Agostino Tassi, del que intentó defenderse tanto de la agresión como en el juicio posterior. Era 1612 y Gentileschi acudió a un juicio donde tuvo demostrar que había sufrido una violación y que era cierta la denuncia... ¿Curioso por lo actual, no? Su obra Judit decapitando a Holofernes, realizada unos años después, muestra una escena bíblica ampliamente representada con la característica notable de tener una crudeza y dramatismo único, situando a dos mujeres fuertes (con una estructura corporal robusta) que sostienen juntas y con ímpetu a Holofernes, mientras Judit le corta la cabeza con violencia (incluso se puede ver la sangre saliendo a borbotones).

La violencia sexual que vivimos las mujeres, tanto en el espacio privado como público, es un problema que atañe a toda la sociedad como conjunto y del que cada vez más somos conscientes ampliamente. Si la excelencia de una democracia se mide por cómo disfrutan o no de la libertad los grupos más oprimidos, es importante entender que la no libertad de las mujeres y la violencia que sufren, es parte de un problema no sólo de ellas sino de todo el conjunto de la ciudadanía. La artista Jana Leo, una de las españolas más destacadas en el arte actual, denunciaba este año con su libro Violación: Nueva York la agresión sexual sufrida en 2001 cuando era violada en su apartamento. Durante más de seis años se encargó de recopilar pruebas forenses, fotografías y entrevistas hasta dar con el agresor, que fue condenado en 2007. En la performance No violarás habla en primera persona del trauma posterior a la violación, buscando no sólo contar su historia, sino denunciar un sistema social y político que no protege a las mujeres. Una de las obras incluye un documento de excell donde Leo recoge la valoración económica de los daños sufridos, como si fuera la póliza de un seguro ante cualquier suceso, y pone cifras y nombre a las consecuencias sociales que las agresiones sexuales a mujeres tienen para toda la sociedad.

Es hora de echar abajo esa idea trasnochada del "artista genio" que perpetúa, bajo una premisa de creación casi mágica, una violencia contra las mujeres y contra grupos minorizados.

Conocida por sus acciones donde denuncia la violencia que sufren las mujeres, la artista visual, performer y poeta guatemalteca Regina José Galindo presentaba el pasado marzo la acción La Manada en el centro de Madrid, denunciando la impunidad de la justicia ante la violación grupal en sanfermines.

Es hora de cambiar el relato establecido en la historia del arte canónica. Es hora de echar abajo esa idea trasnochada del "artista genio" que perpetúa, bajo una premisa de creación casi mágica, una violencia contra las mujeres y contra grupos minorizados y que, bajo esa estela de artista intocable, da cabida a que sigan reproduciéndose violencias racistas, sexistas, homófobas... Los artistas tienen la extraordinaria capacidad de crear objetos únicos que cuestionen el estado del mundo, desde cuestiones políticas a debates puramente estéticos; pero son personas que habitan el mundo de la misma que cualquier otro ser humano; tienen la responsabilidad de actuar bajo el mismo prisma de valores que los demás. Si un artista es un violador, es machista, es racista, es homófobo, ¿cómo va a crear una obra ajena a todo eso? Desde las Cajas de Pandora que hagan falta o desde los #MeToo que sean necesarios, el feminismo seguirá peleando por acabar con esta retrógrada idea del genio macho, en pos de una creación artística más igual para todos... y todas.

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