BLOGS
08/03/2018 07:36 CET | Actualizado 08/03/2018 07:36 CET

El motivo por el que abandoné las 'apps' para ligar después de 10 años

dragana991 via Getty Images

Llevo diez años soltera, eso es mucho tiempo. Es tiempo suficiente como para poder observar la evolución natural de algo y, desde que nací en 1982, he podido observar detenidamente el funcionamiento de las páginas y aplicaciones de citas online.

He sido testigo de su evolución, desde aquellas páginas en las que había que rellenar un perfil detallado (algo que requería horas, si no ayuda profesional) hasta ahora, que nos limitamos a subir una foto de Instagram sin más información para la persona que debe decidir si quiere conocernos o no. Ya ni siquiera tenemos que esforzarnos para unirnos a la comunidad de citas online, por lo que no resulta sorprendente que los participantes sean tan pasivos y que no se tomen el tiempo de fijarse en profundidad en un perfil concreto.

Sí, ya lo sé. Todos tenemos una compañera de trabajo cuya mejor amiga conoció a su marido por Tinder dos días después de romper con su novio de cinco años. Todos nos alegramos mucho por ella.

Sin embargo, durante estos 10 años (ni más ni menos que 3.650 días) lo único que he hecho ha sido ver perfiles de posibles candidatos, tener malas citas o tener buenas citas de las que no ha salido absolutamente nada. Y esta última opción ya de por sí es muy poco frecuente.

Ahora que llevo 10 años soltera, ya no me interesa ese juego. Y creo que no soy la única. Creo que estamos siendo testigos de la caída del imperio de las citas online y ha llegado un punto en el que ya no hay vuelta atrás.

La ilógica naturaleza de las citas online siempre me ha sorprendido. Ha tomado el disparatado concepto de amor a primera vista y lo ha convertido en algo que puedes manejar con tu pulgar.

Buscar pareja online es como descongelar algo en el microondas, y yo soy ese plato que no ha terminado de descongelarse y nadie quiere.

El concepto de tener un "match" con alguien es la forma más rápida de saber si eres compatible con alguien, y con el tiempo cada vez es más superficial. En este mundo online no existe ni ha existido nada que conecte a dos personas de forma genuina.

Cuando tenía pareja (recordemos que hace mucho tiempo de eso), ese amor surgía como fruto de la atracción y la amistad, y eso llevaba tiempo. Buscar pareja online es como descongelar algo en el microondas, y yo soy ese plato que no ha terminado de descongelarse y nadie quiere.

Las primeras citas en este mundillo ni siquiera son citas. En el mundo real, antes de tener una cita, las personas se conocen, ya sea mucho o poco. Eso crea cierto respeto, o al menos miedo por las posibles consecuencias. Pero cuando dos personas quedan por internet, esto no ocurre.

La dejo plantada, no le contesto, no importa. No nos presentó un amigo en común, así que no va a pensar mal de mí. No trabajamos juntos, así que no tendré que verla todos los días. Podría desaparecer y bloquearla, así le sería imposible contactar conmigo. No pasa nada, no le dije mi apellido.

Las citas online no son citas. Consisten en sentarse en un bar con un extraño y turnarse para hablar. La verdad es que nunca he conseguido conectar con alguien entre copa y copa. Sinceramente, pienso que tanto la otra parte como yo nos sentiríamos más involucrados en la conversación si nos hubiera presentado un amigo en común.

Otro aspecto de la evolución de este fenómeno que me resulta especialmente doloroso es la falta de esfuerzo. Antes la gente estaba emocionada por buscar pareja, mientras que ahora, apenas se limitan a deslizar el dedo hacia la derecha o a la izquierda en Tinder.

Las citas online no son citas. Consisten en sentarse en un bar con un extraño y turnarse para hablar.​​​​

Antes tenía la bandeja de entrada a rebosar de mensajes, y ahora solo tengo un infinito hilo de intentos de iniciar una conversación sin respuesta. Hablo a docenas de hombres que ni se molesta en contestarme. Entonces, ¿por qué deslizaron el dedo a la derecha cuando vieron mi foto?

Y ni hablemos de las citas. Antes tenía una cita al mes como mínimo. El año pasado tuve tres citas. En las aplicaciones, la conversación se desvanece minutos después de empezar. Solo es posible quedar con alguien en persona si yo me encargo de todo el trabajo: propongo quedar, una fecha, un sitio y una hora.

Si no hago eso, la conversación no irá mucho más allá de un simple: "¿Qué tal va el fin de semana?". Y no suelo hacerlo porque me gusta que el esfuerzo sea recíproco. Pero no lo es. ¿Es porque estamos hartos, porque ya no nos gusta o porque este fenómeno está llegando a su fin?

La verdad es que siempre accedía a buscar pareja online porque no quería cerrarme puertas. Pero la verdad es que tenía que haber sido yo misma. Tenía que haber seguido mi instinto desde el primer momento, y no darme cuenta ahora que, por enésima vez, un hombre de Tinder me suelta algún comentario sexual u ofensivo en el primer mensaje.

Tenía que haber confiado en mis instintos después de descartar 1.000 caras y no haber tomado un mísero café. Todo este tiempo había una voz en mi cabeza que tenía razón: iba a acabar pasando esto, iba a acabar sola. Me pregunto en qué podría haber invertido todo este tiempo que he malgastado mirando caras. Bueno, ¿sabes qué? No quiero saberlo.

Durante estos diez años he ignorado a mi conciencia. He participado en esto porque pensaba que tenía que hacerlo, porque existía. Nadie dedicaría tanto tiempo ni le daría tantas oportunidades a nada ni a nadie. Pero yo sí lo hice, porque las aplicaciones de citas online prometían una respuesta a una pregunta, pero esa respuesta era mentira.

La pregunta era: "¿Dónde están los hombres solteros? ¿A dónde van? ¿Dónde puede una mujer soltera encontrar a un hombre soltero?". Sinceramente, es la cuestión más difícil que me han planteado nunca, y eso que me he presentado a dos exámenes de abogacía.

De modo que, cuando estas aplicaciones me ofrecieron un cubo sin fondo de hombres solteros con los que poder interactuar, lo intenté sin cesar, independientemente de lo difícil que me lo pusieran.

Estas aplicaciones están llenas de hombres y mujeres solteras. Y ya no hay más. No hay conexión, no hay premisas, no hay incentivos que ayuden a mantener la atención y a comprometerse. Existe un límite de veces en las que alguien puede prometerme algo y no dármelo. Luego me doy cuenta de que me estaban mintiendo y decido ponerle punto y final. En mi caso creo que ese límite han sido 10 años.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por María Ginés Grao.

ESPACIO ECO