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26/11/2015 12:54 CET | Actualizado 26/11/2016 11:12 CET

Juntos, los derrotaremos

Los lugares y la tecnología pueden haber cambiado a lo largo del tiempo, pero la historia humana no: ni la brutalidad de los ataques terroristas, ni la pérdida de vidas inocentes. Como tampoco ha cambiado la determinación de la gente corriente, ni la de los mandatarios democráticamente elegidos, que se niegan a verse doblegados ante el terror.

EFE

Hace siete años, el 26 de noviembre de 2008, 10 terroristas de Lashkar-e-Taiba azotaban la ciudad de Bombay en lo que sería un atentado terrorista terrorífico, brutalmente reencarnado en los acontecimientos que tuvieron lugar hace dos semanas en París.

Por aquel entonces, yo era director de la lucha antiterrorista en el Foreign & Commonwealth Office, y responsable de nuestra respuesta frente a atentados terroristas en el exterior, así como de los programas de asistencia antiterrorista para nuestros aliados en el mundo islámico.

Cuando ocurrió lo de Bombay, estaba en el teatro viendo El Rey León con mis hijas, y tuve que dirigir la respuesta inicial de la crisis desde mi butaca, a través de la Blackberry. En esta ocasión, salía del partido de fútbol de España contra Inglaterra, en Alicante, cuando mi hija mayor (ahora ya una adolescente sumamente diestra en tecnología) me envió un Whatsapp para avisarme de lo que estaba ocurriendo en París.

Por lo que el lugar y la tecnología pueden haber cambiado, pero la historia humana no, ni la brutalidad de los ataques, la pérdida de vidas inocentes. Como tampoco ha cambiado la determinación de la gente corriente, ni la de los mandatarios elegidos democráticamente, que se niegan a verse doblegados ante el terror.

Nadie que estuviera allí durante los acontecimientos, o que los haya visto después, podrá olvidar la determinación tranquila de los parisinos al reclamar sus maltrechas calles, o la emoción al escuchar a los miembros de la Asamblea Nacional y del Senado en Versalles cantar La Marsellesa.

Como tampoco podrán olvidar a los 70.000 hinchas de Inglaterra y Francia coreándola en el Estadio de Wembley, que iluminaba el cielo londinense con los colores de la tricolor y las palabras "liberté, egalité, fraternité" a su entrada. Puede que el fútbol importe, pero los valores que compartimos importan muchísimo más.

Los terroristas del Daesh -no permitamos que se tengan por un estado, y menos aún, uno islámico- sienten odio por nuestros valores como sociedades democráticas y plurales que somos. Desprecian nuestra preocupación en torno a los derechos y libertades. Quieren magullar nuestra forma de vida.

No les demos ese gusto. Recuerdo lo que se sentí, como un londinense más, al coger el metro al día siguiente de los atentados del 7 de julio de 2005: todos decididos a poner de manifiesto ese mismo espíritu que mostraron nuestros padres y abuelos durante los bombardeos nazis de 1940 a la ciudad.

Los ciudadanos de Madrid recordarán lo que sintieron cuando volvieron a subirse a los trenes el 12 de marzo de 2004. El espíritu de resistencia es el mensaje sencillo y poderoso que transmiten los ciudadanos de a pie, y es un mensaje que debería inspirarnos a todos, a gobernantes y a gobernados.

Por lo que, dejemos que los parisinos nos sirvan de inspiración, y redoblemos nuestros esfuerzos por trabajar juntos -de forma bilateral, a nivel de la Unión Europea, en Naciones Unidas-, de cara a enfrentarnos a la amenaza terrorista, tomando esas decisiones que con tanta frecuencia son difíciles y complejas, pero necesarias para proteger a nuestras sociedades, nuestras libertades, nuestra forma de vida.

Tanto el pueblo y el Gobierno del Reino Unido, como los de España, conocen con creces el coste humano que conlleva el terrorismo, ya sea en nombre de la manida religión del islam o del nacionalismo. Pero también conocemos el poder que tienen los dirigentes elegidos democráticamente de trabajar juntos y derrotar a aquéllos que desprecian los valores que nosotros abrigamos. Así como el que tienen las voces de las víctimas para desmontar la narrativa terrorista, revelando su coste humano.

La mejor forma que tenemos de honrar la memoria de los que han perdido la vida en París es redoblar nuestros esfuerzos por trabajar juntos para enfrentarnos a los terroristas. Y, trabajando juntos, inspirándonos en los valores que tenemos en común, por supuesto que los derrotaremos, por mucho tiempo que nos lleve.