NOTICIAS
23/02/2019 08:15 CET | Actualizado 23/02/2019 08:21 CET

Mi novio me ha confesado que le excita sexualmente darme de comer

Westend61 via Getty Images

Justo a punto de cumplir nuestro primer aniversario, mi novio me dijo que tenía un fetiche: darme de comer. Me lo escribió por el móvil, de hecho. Estaba visitando a sus familiares en Florida y yo estaba sola en nuestro piso después de haber trabajado 12 horas. Había pedido comida a domicilio, había engullido parte y en ese momento estaba tirada en el suelo junto a la cama, anclada a unos tallarines fritos y un pedido colosal de rollitos de huevo.

Me estaba quejando de lo empachada que estaba cuando Drew se desvió de nuestra conversación habitual.

"Me resulta extraño, no sé si lo has pillado por mis comentarios sueltos, pero me excita que comas. Me excita sexualmente".

Me quedé paralizada. Mis ojos se quedaron mirando los tres puntos parpadeantes del chat.

"No sabía si contártelo por lo que pasaste".

Yo seguía conteniendo la respiración.

"Pero, para ser más comunicativo, he querido decírtelo".

Suspiré.

'No sé si lo has pillado por mis comentarios sueltos, pero me excita que comas. Me excita sexualmente'.

Excitarse por ver comer entra dentro del feederismo, una filia sexual que tiene como fetiche los atracones y engordar. A él le resultaba raro porque la comida es una sustancia con la que yo tengo un historial previo de abuso. Mi vida está salpicada de episodios de atracones, purgas y más atracones.

Mi obsesión con la comida empezó hace más de una década y se manifestó en forma de anorexia, un intento desafortunado de controlar un entorno inestable. Al final, el péndulo cambió de lado y las restricciones pasaron a ser concesiones. Empecé a darme atracones, una forma débil de decirle "que te den" a mi antigua y restrictiva yo. Pero la ansiedad persistió y para compensar estos atracones, me volví bulímica.

Cuando Drew y yo empezamos a salir, pensaba que habíamos burlado el sistema. Jamás había estado enamorada y parecía realmente mágico. Estaba maravillada con nuestro mundo secreto. Habíamos creado algo a partir de la nada.

Todo resultaba sencillo. Era un mejor amigo con el que también me encantaba practicar sexo. Nueve meses después de nuestra primera cita, nos mudamos a un estudio. Dos meses después, Drew me desveló su fetiche.

Al principio fue emocionante, como cuando te das cuenta de que no le has quitado aún el plástico protector a la pantalla de tu iPhone y al quitarla tienes la sensación de empezar de cero. Y era con mi novio perfecto, que lleva la misma talla XL de pantalones que yo y que hace pesas mientras vemos la tele. Aunque peso menos de lo que le gustaría a Drew en sus fantasías, disfruta viéndome comer. Esta consideración sobre su sexualidad lo volvía más masculino a mis ojos porque me hacía pensar que quería aún más mujer. Por un tiempo, la situación se volvió nueva y reluciente.

Como recién graduada en la universidad, hice lo que mejor se me daba: investigué. Encontré páginas web, artículos y vídeos de feederismo, una filia sexual con suficientes subcategorías para rivalizar con el test de personalidad de Myers-Briggs. El feederismo suele surgir del fetichismo de la gordura, pero no siempre van de la mano, pueden existir de manera independiente. Los hay quienes disfrutan dando de comer y quienes disfrutan siendo alimentados. También hay quienes sienten placer sexual al ganar grasa corporal. Hay también admiradores que simplemente disfrutan deleitándose con la belleza de las BBW y las SSBBW (mujeres hermosas de talla grande y mujeres hermosas de talla supergrande). A algunas personas también les gusta jugar con el estómago, los aplastamientos o la inflación del vientre con enemas.

Vi vídeos de chicas en habitaciones de hotel engullendo pizzas de un metro de diámetro. Vi chicas tomándose litros de Pepsi y eructando sonoramente para el deleite de sus espectadores. Le pedí a Drew que me mostrara lo que le gustaba y me envió un vídeo de una rubia rolliza que medía una tarta en el suelo de la cocina y se frotaba las manos por la tripa en actitud provocativa antes de lanzarse al ataque a por la tarta.

Mi mente irracional se llenaba de resentimiento hacia estas mujeres. Parecían radicalmente orgullosas de sus cuerpos. Eran capaces de ceder a todos sus impulsos sin sentir remordimientos.

Me quedé estupefacta. Me encantaba la parte feminista y rebelde de esta comunidad, que representaba un cambio ostensible en el molde en el que se suponía que deben caber las mujeres. Me impactaba que hubiera gente que se identificara con ese fetiche: mujeres que presumían de que ya no cabían en su ropa por lo mucho que habían engordado. Mujeres cuyas barrigas colgaban sobre sus muslos. Las veía alzar la grasa del vientre y soltarla de repente para que hiciera un sonido como de bofetada fuerte. Las veía cogerse la tripa y soltarla sobre la encimera y masajeársela como si estuvieran amasando pan.

Bajo mi alegre fascinación brotó algo menos feliz, un siseo primigenio. Empecé a hervir de rabia a medida que mi mente irracional se llenaba de resentimiento hacia estas mujeres. Parecían satisfechas y radicalmente orgullosas de sus cuerpos. Eran capaces de ceder a todos sus impulsos sin sentir remordimientos. No parecía justo.

Durante la mayor parte de mi vida, he sido prisionera de la cultura de las dietas. De adolescente, la inseguridad me mantenía atada y el síndrome de Estocolmo le aseguraba mi lealtad. Me sentía cómoda al abrazo de esta falsa virtud. Fui presa de unos daños irreparables. Mi aterrorizado ego se aferró a una mentalidad trastornada que había sido mi estrella polar desde los 12. Estaba suscrita a la premisa de la sociedad que parecía estar escrita por todas partes con tinta invisible: buscar la delgadez es un imperativo moral.

Mi rabia hacia estas mujeres se intensificó conforme penetraba la verdad. Estos rayos de luz desvelaron cómo era en realidad mi estilo de vida: miserable. Los trastornos alimentarios roban la vitalidad. Cada punzada de ira que sentí surgió como reacción a la disolución de los pensamientos tóxicos que se habían convertido en mis creencias básicas.

Ahora el destino me había hecho toparme con una comunidad opuesta. Es un mundo absurdo en el que caer, un mundo en el que mis mayores inseguridades son puestas en un pedestal y sexualizadas. ¿Podía hacer que este cuerpo incondicional abrazara esa nueva realidad? Decidí intentarlo.

Estando Drew todavía en Florida, le pregunté si quería darme de comer.

"¿Qué quieres decir?", me escribió.

"Pídeme una pizza".

"¿Estás segura?".

"Segurísima", respondí con el emoji del corazón para mostrar más seguridad.

Una hora después, llegó una pizza familiar a mi puerta.

"¿Quieres que hagamos una videollamada mientras me la como?".

"No exactamente", respondió. "¿Te importaría... mandarme fotos del antes y del después de tu tripa?".

Sonreí. No me importaba. Envalentonada con la tripa plana, me quité la camiseta y los pantalones.

Veinte minutos después, le mandé una foto de la caja de pizza vacía.

"¡Nena!", me respondió al instante. "¿Has disfrutado?".

"¡Sí!", respondí con sinceridad. Me levanté y me puse enfrente del espejo de tamaño completo para hacerme la foto del después. Por una vez, no pensé en encoger tripa.

Las mujeres de la comunidad del 'feederismo' dan un paso adelante para ser sexualizadas, a diferencia de quienes son cosificadas sin consentimiento por su aspecto físico.

Me pasé los días que faltaban para que Drew volviera a casa muerta de curiosidad. Quería descubrir más sobre su filia sexual. Aunque sus gustos coinciden con el fetiche de la gordura, él prefiere evitar ese término. Las mujeres de la comunidad del feederismo se hacen valer a sí mismas de forma voluntaria, a menudo en busca de la gratificación sexual. Dan un paso adelante para ser sexualizadas, a diferencia de quienes son cosificadas sin consentimiento por su aspecto físico. Para él, esta distinción es indispensable.

En cuanto Drew llegó a casa, caímos sin poder remediarlo en nuestras rutinas habituales. Me sentía menos cohibida a la hora de repetir algún plato, pero no le esperaba en la puerta de casa con un bote de nata para tomármelo en cuanto me diera la señal.

No tardó en llegar nuestro aniversario, un buen momento como cualquier otro para poner a prueba mi reciente descubrimiento. Fuimos a un italiano de los caros y yo me puse un vestido negro corto sobre una lencería que era poco más que unos cordeles.

Tras los entrantes, pedimos algo de fiambre y yo me comí el jamón tan rápido como si las lonchas fueran palomitas. Quería satisfacer sus deseos y todo lo que tuve que hacer fue permitirme esos caprichos a mí misma. Mi risotto era un plato hondo de placer con ralladuras de trufa por encima.

Salimos del restaurante riéndonos y algo embotados por el alcohol y le dije a Drew que quería que me comprara un helado.

"Tus deseos son órdenes". La comisura derecha de su boca se curvó con picardía.

Cuando llegamos a casa, sentía como si me hubiera tragado una bola de la bolera, pero yo quería ver cómo transcurría la noche.

Drew me levantó el vestido y me acarició el estómago hinchado. Traté de ignorar las alarmas de seguridad que sonaban en mi mente. Él consideraba que mi cuerpo era atractivo. ¿Por qué yo no podía? Nos tiramos en la cama, me subí encima de él y empecé a frotarme la tripa como las chicas de los vídeos esperando que de tanto fingir me lo acabara creyendo yo también. Me agarró la grasa de la cadera y apretó, gimiendo de placer al mismo tiempo. Traté de estar presente, pero mi mente quería desvincularse de mi cuerpo y seguir observando y aprendiendo en la distancia. Yo no sentía que eso fuera sexo. Me sentía como una periodista infiltrada incapaz de abarcar todo lo que me había propuesto. Sentía que no encajaba.

Cuando me doy un atracón, mi cuerpo deja de pertenecerme, cedo la jurisdicción. No en un sentido sexual de sumisión. Simplemente, intento mantener todo a raya para mi comodidad. Añadir el sexo a la ecuación demostró ser tan inútil como besar a alguien con la boca anestesiada al salir del dentista.

Yo no sentía que eso fuera sexo. Me sentía como una periodista infiltrada incapaz de abarcar todo lo que me había propuesto. Sentía que no encajaba.

Teóricamente, esta dinámica podría haber funcionado. En la práctica, me resultaba tremendamente incómoda, como un abrigo que me gusta cuando lo lleva otra persona pero que al ponerme yo, la lana se convierte en papel de lija en la zona del cuello y las mangas me impiden moverme bien.

Al revelarme su fetiche, Drew me entregó una carta. "¿Qué es lo que más odias de tu cuerpo? ¿El exceso de carne? ¿El miedo a excederte, engordar unos pocos kilos y volverte monstruosa? Eso es lo que más atractivo me resulta a mí. Toma esta validación externa para eliminar cualquier inseguridad".

Tenía una vaga esperanza de que su afirmación fuera una panacea, pero no me sorprendió que no lo fuera. Mi autoestima nunca ha manado de otras personas (conscientemente). Surge desde muy dentro de mi estómago, un lugar en el que hay opiniones estridentes y poca lógica.

Drew y yo seguimos juntos y nuestra idea es seguir así. Hablamos de forma hipotética de casarnos y de forma más literal sobre adoptar un gato. En un terreno entre lo hipotético y lo literal, hablamos sobre hacer un trío con otra persona a la que le guste el feederismo. Hemos pensado en la logística de una relación abierta y seguimos teniéndolo en la recámara.

Estos secretos ya no nos suponen un gran problema. Ahora que sé que no tengo que serlo todo para él y que él no tiene que serlo todo para mí, nuestra relación tiene un espacio en el que tomar aire. Algunas cosas mejor dejarlas a la imaginación, pero esto no quiere decir que no seamos suficiente el uno para el otro.

La querencia de mi novio por la grasa no me solucionó nada. No transformó mi espejo a tamaño completo en un catálogo de amor propio de Victoria's Secret. No obstante, sí que han cambiado algunas cosas, casi de forma imperceptible. Veo cómo trata mi cuerpo e intento imitarlo. Caricias, no críticas. Cuando me tumbo de lado, ya no me agarro la carne que me sobresale de la tripa con ganas de coger las tijeras de la cocina y cortarla.

Aunque sigo teniendo problemas con la comida, ya no son tan graves como antes. Durante los últimos 10 años, mi trastorno alimentario ha sido una sombra oscura en la pared de mi dormitorio. No sabía de dónde venía y creo que tampoco me importaba. Estaba demasiado preocupada adorando esa amenazante figura como para analizarla de forma objetiva. Hablarlo con mi pareja no ha hecho que esto termine, pero ha encendido las luces para descubrir lo que se escondía tras esa terrorífica sombra: algo horrible e influyente, pero gestionable.

Sophia Ortega es escritora. Su trabajo ha aparecido en The New York Times y en The Cut. Su novio y ella comparten un pequeño apartamento con un limonero en el jardín. Puedes saber más de ella en Twitter: @sophia__ortega.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

EL HUFFPOST PARA IKEA