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24/02/2016 07:17 CET | Actualizado 23/02/2017 11:12 CET

Servicio público

spotlightPuede que ser periodista no sea tan difícil cómo ser astrofísico o biólogo molecular, pero desde luego no es un oficio que pueda desempeñar cualquiera. Se necesita ser bastante tozudo y un poco soberbio, tener adicción al trabajo y creer a ratos en cierto tipo de justicia más o menos poética. En tiempos de naufragio y ruina moral, el buen periodismo es esencial para levantarse cada mañana con cierto orgullo ciudadano. Puede que a ustedes les parezca poca cosa, pero a mí me vale.

Puede que ser periodista no sea tan difícil cómo ser astrofísico o biólogo molecular, pero desde luego no es un oficio que pueda desempeñar cualquiera. Se necesita ser bastante tozudo y un poco soberbio, tener adicción al trabajo y creer a ratos en cierto tipo de justicia más o menos poética. A veces, cuatro reporteros de base en el sótano de una redacción, buscándole las vueltas a una noticia ya antigua, son capaces de llegar al tuétano de las cosas.

La historia empieza en un periódico de los de antes, sin Twitter ni edición digital, aunque internet ya comienza a representar una seria amenaza. Corre el año 2002, el comienzo de la crisis de la prensa escrita y todo eso. The Boston Globe estrena director, Martin Baron, un tipo de pocas palabras, algo estirado, metódico y judío, que decide salvar la situación con una máxima estrictamente profesional: "Intentar que el periódico sea esencial para sus lectores". Nada más.

Lo consigue, claro. Con un equipo de cuatro reporteros equipados con blocs de notas en el bolsillo de los vaqueros, unos cuantos bolígrafos y mucha paciencia, The Boston Globe logra destapar el mayor escándalo de curas pederastas de la historia. Su reportaje sacudió la Iglesia católica hasta sus cimientos. No hago spoilers. Se trata de un caso real conocido por todos.

El asunto empieza, como ocurre muchas veces, siguiendo el hilo a una noticia de local que parecía agua pasada. A partir de ahí, los cuatro periodistas van pateando archivos, rastreando listados, entrevistando a víctimas y a verdugos off the record..., hasta llegar al núcleo de la célula y poner en evidencia que todo el tejido social está de alguna manera contaminado. Y a eso es a lo que voy.

Cuando se destapa una red tan extendida como la de los abusos sexuales a niños en Boston, o los casos de corrupción y saqueo en la Comunidad Valenciana, lo que impresiona más no es el delito en sí, sino el encubrimiento. El coriáceo manto de silencio que se tiende en ambos casos durante más de 20 años. Una eternidad. Semejante telaraña tan entramada sólo se explica por la negativa de una parte de la sociedad a ventilar los trapos sucios y por la inercia de la otra parte a mirar hacia otro lado.

Siempre me han gustado las películas de periodistas que luchan contra molinos de viento. Spotlight pertenece a esta categoría. Heredera de la misma tradición que Todos los hombres del presidente y de series estelares como The Wire o The Newsroom.

El trabajo de los reporteros del The Boston Globe ganó en 2003 el Premio Pulitzer al servicio público. Probablemente, eso no sea tan importante como hallar la raíz del genoma humano o descubrir una vacuna contra la epidemia del zika. Pero hay otra clase de enfermedades muy corrosiva para la salud. Sólo quería decir que en tiempos de naufragio y ruina moral, el buen periodismo es esencial para levantarse cada mañana con cierto orgullo ciudadano. Puede que a ustedes les parezca poca cosa, pero a mí me vale.

Este artículo fue publicado originalmente en Cartelera Turia