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28/12/2016 07:18 CET | Actualizado 17/02/2017 11:45 CET

No siempre acabamos con el amor de nuestra vida (y no pasa nada)

parejaNo siempre acabamos con el amor de nuestra vida porque, a veces, el amor no es lo único que importa. A veces tú quieres tener una casa en el campo y tres hijos y él busca el éxito profesional en la ciudad. A veces, tú quieres ir a explorar el mundo y él se asusta con salir del jardín.

Marija Mandic

Creo en el amor verdadero.

Pero lo que digo y las relaciones que tengo no lo demuestran.

No tengo expectativas frívolas en cuanto a las relaciones románticas. No busco que me embauquen. Soy una de esas personas inusuales, y quizá un poco hartas, a las que les gustan los rollos de una noche y soy feliz viviendo en una época en la que la monogamia no tiene por qué ser la norma.

Pero creo en el amor verdadero porque lo he vivido.

He vivido ese amor superlativo. Ese amor que te consume y te hace pensar: "No puedo creerme que esto exista de verdad".

Ese tipo de amor que empieza siendo una hoguera incontrolable y luego queda reducido a unas brasas que luego siguen ardiendo apaciblemente durante años. El tipo de amor sobre el que se escriben novelas y sinfonías. El tipo de amor que te enseña más de lo que pensabas que podrías aprender en tu vida y que te da infinitamente más de lo que pide.

El amor de tu vida.

Y creo que funciona así:

Si tienes suerte, conoces al amor de tu vida. Estás con él, aprendes de él, te entregas completamente y permites que su influencia te cambie de forma inconmensurable. Es una experiencia única en el mundo.

Pero de lo que no advierten los cuentos de hadas es de que a veces conocemos al amor de nuestra vida pero no acabamos con él.

No nos casamos, no pasamos años junto a él, no le sostenemos la mano en su lecho de muerte después de una vida entera juntos.

No siempre acabamos con el amor de nuestra vida porque, en el mundo real, el amor no lo puede todo. No resuelve las diferencias irreconciliables, no triunfa sobre las enfermedades, no solventa las rencillas religiosas ni nos salva de nosotros mismos si estamos corruptos por dentro.

No siempre acabamos con el amor de nuestra vida porque, a veces, el amor no es lo único que importa. A veces uno quiere tener una casa en el campo y tres hijos y otro busca el éxito profesional en la ciudad. A veces, tú quieres ir a explorar el mundo y él se asusta con salir del jardín. A veces, tú eres más ambicioso.

Unas veces, lo mejor y lo más considerado que puedes hacer es dejar al otro ir.

Otras veces, no tienes elección.

Pero hay algo que nadie te dirá sobre encontrar al amor de tu vida: el hecho de que no acabes con él no hace que sea menos importante.

Hay personas a las que en un año puedes querer más de lo que otras te querrán en cincuenta. Hay personas que en un solo día pueden enseñarte más de lo que otras te enseñarán a lo largo de toda una vida.

Hay personas que llegan a nuestras vidas y solo se quedan en ella durante un periodo de tiempo concreto, pero nos causan un impacto que nadie podrá igualar o reemplazar jamás.

Y a esas personas solo las podemos llamar de una manera: el amor de nuestra vida.

¿Quiénes somos nosotros para restarle importancia, para reescribir sus recuerdos, para alterar la forma en que nos cambiaron a mejor, simplemente porque nuestros caminos se separaron? ¿Quiénes somos nosotros para decidir que necesitamos reemplazarlos desesperadamente, que necesitamos un amor más grande, mejor, más fuerte o más apasionado que nos pueda durar toda la vida?

Quizá deberíamos dar las gracias por haber conocido a esas personas.

Por haber podido quererlas. Por haber podido aprender de ellas. Por haber expandido nuestras fronteras y por haber crecido como consecuencia de haberlas conocido.

Conocer y dejar ir al amor de tu vida no tiene por qué ser la mayor tragedia de tu vida.

Si te lo tomas así, puede ser lo mejor.

Después de todo, hay personas que ni siquiera llegan a conocerse.

Thought Catalog y Quote Catalog te ofrecen este post.

Escrito por Heidi Priebe, autora de 'The First New Universe'.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés y Lara Eleno.

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