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10/06/2012 11:08 CEST | Actualizado 02/10/2012 18:12 CEST

El Sur inédito de Juan Marsé

Fue jugando con los niños descalzos de Ronda, junto a los pescadores de Barbate o entre las chabolas del Zapal, donde el joven Marsé pudo afirmar la necesidad de emplear palabras ceñidas a las cosas para reflejarla.

Es difícil concebir la cantidad de espacios inauditos e invisibles que todavía existen en nuestra historia. Este texto podría pasar por el intento de cartografiar uno más de ellos sino fuera porque tiene por protagonista al joven Juan Marsé y un libro que nunca llegó a ver la luz.

El 25 de julio de 1962 el autor de Encerrados con un sólo juguete estampó su firma en un contrato con la editorial Ruedo Ibérico, exiliada en París, por el cual se comprometía a entregar un libro de viajes por Andalucía que debía titularse Viaje al Sur. Por aquellos años no era extraño que los escritores españoles se entregasen a este tipo de escritura, a caballo entre la narrativa de viajes y la denuncia social. Marsé, no obstante, se había propuesto hacer algo innovador dentro de este género, articulando la parte correspondiente al reportaje mediante las noticias de prensa que irían recogiendo a lo largo del viaje. Se establecía de este modo una suerte de continuidad narrativa entre texto, noticias e imágenes que emparentaban Viaje al Sur con el reportaje moderno.

Para llevar a cabo su proyecto, Marsé contaría con la ayuda de su amigo Antonio Pérez (por entonces colaborador de la editorial) y el joven fotógrafo Albert R. Guspi, quien se ocuparía de tomar las imágenes que debían ilustrar el libro. Durante el mes que estuvieron en la carretera, Marsé y sus compañeros visitaron las provincias de Sevilla, Cádiz y Málaga. Durante aquel viaje tendrían oportunidad de comprobar de primera mano como, mientras buena parte del país comenzaba a cambiar en aquellos años, el atraso y la pobreza permanecían apegadas a esas regiones como una mancha indeleble. Fue jugando con los niños descalzos de Ronda, junto a los pescadores de Barbate mientras éstos reparaban sus redes o entre las chabolas del Zapal, donde el joven Marsé pudo afirmar su apego por las zonas en las que la vida se muestra de manera espontánea y en la necesidad de emplear palabras ceñidas a las cosas para reflejarla. En este sentido, el viaje fue tanto de búsqueda como de aprendizaje para los que participaron en él, tal y como recuerda hoy Antonio Pérez. Lamentablemente Albert R. Guspi, el tercero en discordia (aunque no hubo discordia en el viaje y sí mucho de juvenil camaradería) falleció hace demasiado tiempo como para que pudiésemos conversar con él. Nos quedan las fotos de aquel viaje: imágenes en las que la luz ondula entre las sábanas ahuecadas por la brisa del verano, las paredes de donde cae la cal desconchada, la piel arrugada de lo cotidiano... Fotografías que son en el fondo como las briznas de un relato perdido que estamos intentando recomponer.

Con el final del verano, y a medida que los días se acortaban, esa luminosidad que vemos en las fotografías de Albert comienza a atenuarse. Es entonces -principios de octubre- cuando el grupo decide poner fin al viaje y regresar a Barcelona. Aunque en el montaje del libro Marsé debía haber recibido la ayuda de otros colaboradores, especialmente en lo relativo a la documentación, lo cierto es que el escritor fue quien finalmente redactaría el trabajo prácticamente por entero. Así, en julio de 1963, Marsé comunicaba al editor de Ruedo Ibérico, José Martínez, que el libro estaba terminado y, tras una breve estancia en Mallorca y resolver sus problemas con el pasaporte, el escritor marcha a París para seleccionar con Martínez las fotos y terminar de pulir la obra.

Lamentablemente, cuando todo parecía preparado para llevar el libro a imprenta, Ruedo Ibérico iba a atravesar una profunda crisis económica que, unida a la asfixiante presión de la censura franquista (entonces dirigida por Manuel Fraga Iribarne) aparcaría muchos de sus proyectos editoriales, entre ellos Viaje al Sur. Aunque la correspondencia confirma que el escritor siguió mostrando su interés por el estado del libro, la publicación fue languideciendo en la sede de Ruedo Ibérico hasta desaparecer en alguno de los sucesivos vaivenes de la editorial.

A medida que pasa el tiempo constatamos que no dejamos de ser sino la suma de nuestras posibilidades malogradas. Son demasiadas las ocasiones como ésta, en que nuestros proyectos acaban siendo arrumbados por la mala fortuna, la indecisión o la desidia (cuando no una combinación de todas). Todavía hoy es posible reconstruir este viaje gracias a los testimonios de quienes participaron en él, la correspondencia del editor y sus fotografías. Aunque quién sabe... tal vez el tiempo acabe por ofrecer nuevas pistas que nos ayuden a completar la trama de lo sucedido con este Viaje al Sur.

Las fotografías que acompañan este texto son obra de Albert R. Guspi y cortesía de Ivan y Àlex Ripoll.