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23/11/2012 10:07 CET | Actualizado 11/10/2013 12:03 CEST

Diario de una JESP: El bajón

Llevo currando en los medios desde los 19 años, muchas veces sin cobrar, siempre con la teoría de que el que siembra recoge. ¿Y de qué me ha servido? ¡Si estoy de dependienta en una tienda! Ya, ya sé que hay unos 10.000 periodistas españoles en paro, y que además mi propósito es difícil.

Me pone la cabeza como un bombo. No es maruja, no. Es lo siguiente. Le encanta criticar a todas nuestras compañeras de la tienda, sobre todo a nuestra jefa. Y para que nadie se entere, me lo cuenta a mí. Porque entre nosotras hablamos en francés. Es su primera lengua; Krishma es india criada en Mauricio. La verdad es que a mí me viene de miedo; así evito que se me olvide el francés. Aunque entre lo que raja la tía, la velocidad de su verborrea, y el barullo en mi cabeza entre inglés, español y francés, termino agotada mentalmente.

Viene a preguntarme una clienta y le contesto en Spanfranglish. Me pone cara de "háblame en cristiano for God's sake". Se nota que es turista. Para compensar mi lío lingüístico, intento ser cordial y le pregunto de dónde es. "¿Holandesa? ¿Pues sabe usted que Utrecht está entre mis ciudades favoritas?" -Se lo digo de verdad, no penséis que lo hago para ganármela-. Empezamos a charlar cuando de repente vuelve la ultrapesada de Krishma y nos interrumpe soltándome una frase en francés. La holandesa, entonces, me pregunta si tengo raíces francesas. Le cuento que no, que de hecho soy española pero que viví un año en Montpellier (gracias a la beca erasmus que muchos no podrán disfrutar por los recortes de la UE, ejem). "Y estás aquí estudiando, ¿verdad?", me interroga. "En realidad, no. Soy periodista pero..." "¡¿Periodista?! ¿Y qué haces en esta tienda?". Su cara de compasión actúa en mí como un dardo envenenado. Mira que estoy acostumbrada a relatar mi historia, pero a ella le sorprende tanto, su gesto revela tanta lástima, que empiezo a sentir ganas de llorar. Dios mío Vero, ¡contrólate! "Bueno, tal y como está la situación en España... ya sabes..." Se lo explico mirando hacia arriba, para evitar que las lágrimas que afloran en mis ojos resbalen por mis mejillas... Qué vergüenza. ¡Vero, disimula! Respiro hondo y... uff... consigo contenerme. La holandesa se da cuenta de mi reacción y se despide dándome ánimos.

Qué ganas de explotar, qué tristeza reprimida. Y encima hoy trabajo hasta las 9. Y con Krishma. Me toca quedarme después de la hora de cierre para reponer el stock. Seguro que soy la última en irme de todo el centro comercial, porque aquí las tiendas abren hasta las 6 ó 7. Venga, ánimo, que ya no queda nada. Recorro los largos pasillos del shopping centre hasta llegar al almacén, en el piso inferior. Cuelgo en mis brazos unas tropecientas prendas, y vuelvo a la planta donde está mi tienda. Pero... oh, oh... ¡la puerta que conecta el centro comercial y el almacén está cerrada con llave! Claro, como es tan tarde, han debido de bloquear todos los accesos. Shit. Aquí está todo oscuro, y ya no queda ni un alma. Piensa, Vero, piensa. Que no cunda el pánico; Krishma todavía está en la tienda. Es tan fácil como sacar el móvil y... ¡no! ¡Se me ha olvidado cogerlo! Diossss... ¡¡qué hago!! Estoy atrapada, no hay más salida que este portón. Al menos veo parte del centro comercial, a través del marco superior, que es de cristal. Pero como todo el mundo se ha ido a casa, ¡nadie me puede ver a mí! Qué impotencia, ¿me puede salir algo peor hoy?

Bajo la oscuridad, rodeada de ropa y apoyada sin ganas sobre la dichosa puerta, vuelve a mi cabeza la mirada de pena de la holandesa. Una vez más, siento el impulso de llorar. Y es que joé, cómo no voy a derrumbarme, si estoy más que estancada en el terreno periodístico. Llevo currando en los medios desde los 19 años, muchas veces sin cobrar, siempre con la teoría de que el que siembra recoge. ¿Y de qué me ha servido? ¡Si estoy de dependienta en una tienda! Ya, ya sé que hay unos 10.000 periodistas españoles en paro, y que además mi propósito es difícil; quiero ser freelance en un país de habla inglesa donde no tengo contactos. ¡Pero es que me merezco algo más de suerte! De la tristeza paso al cabreo, y aporreo la puerta con doble propósito: terapéutico, y que alguien me oiga y me saque de aquí. Uy, ¿a ver? Parece que...¡bien! Krishma viene a buscarme, se habrá dado cuenta de que estoy tardando demasiado. Espera...no, no puede ser...¡¡¿¿qué??!! Camina por delante de mí, ¡pero pasa de largo!! La muy meona, séptima vez que va al baño en 4 horas. Por más que doy golpes a la puerta, no me oye. Mierda... ¿por qué todo me va mal?

Anda que no me lo curro. Durante estos meses en Dublín no he parado de ponerme en contacto con directores de revistas, periódicos, plataformas online... y nada progresa. Estoy HARTA de que todos me digan: "Pues lo cierto es que escribes genial, por supuesto que puedes colaborar con nosotros, pero por... ¡¡cero euros, bonita!!" (Quizá lo del Huffington siente precedente...) Pues no. Ya me he cansado. ¿Acaso un dentista quita muelas gratis? ¿Acaso un fontanero arregla una tubería gratis? ¿Acaso un psicólogo pasa consulta gratis? PUES YO TAMPOCO VOY A ESCRIBIR GRATIS, HOMBRE YA. Del cabreo paso ahora a la impotencia... Vuelvo a mirar por la ventana, desplomada, sin esperanza. Krishma debe de estar volviendo del baño. Golpeo la puerta con mis puños y grito su nombre lo más alto que puedo. ¡Viva! Parece que oye algo. Se acerca a la puerta, ¡me ve! "Krishma, I got locked! Open this door please!". Lo intenta, pero no puede, está cerrada con llave. Con una llave que sólo tienen los hombres de seguridad. Krishma corre a buscarlos. La veo desde el cristal desgañitándose mientras marea sus kilitos de más de un lado a otro del enorme centro comercial. "Hello!! Can someone hear meeeee? Hellooooo??" El eco de su voz nos da la respuesta: aquí no queda ni quisqui. Miro hacia abajo, pensando en cómo amoldar la ropa que me he traido del almacén para transformarla en algo parecido a una cama. Me oigo a mí misma suspirar. ¡Pero qué hago aquí! Esto es como de peli... Krishma vuelve hacia la puerta, ¡y esta vez no viene sola! La acompaña un enano pelirrojo. ¿Y éste es el tiarrón de seguridad? No, si ya te digo yo que hoy duermo aquí. Con toda la pachorra del mundo, mete la llave en la puerta, y, por fin, me libera. Por unos instantes me convierto en la niña del exorcista y le pregunto a gritos por qué leches cierran los accesos cuando aún hay gente trabajando. Creo que él intenta contestar, pero mi voz suena tan alto que anula la suya. Pobre, en realidad estoy pagando con él mi cabreo y mi insatisfacción profesional. Relájate, Vero. Déjalo estar y vete a casa.

Ya fuera de esa cárcel pasajera, busco dónde se me ha olvidado la blackberry, que tanta agonía me habría ahorrado. Lo encuentro en mi abrigo y, ya que estoy, reviso mis emails. De entre ellos hay uno que me llama la atención...Es de... ¿la revista de una compañía aérea? ¿Ein? ¡Ah, sí! Ahora caigo. Hace unos meses, al poco de llegar, envié un correo a la directora de esta revista, con sede en Londres, para ofrecerle un artículo sobre alguna ciudad española de las que me conozco bien. Pensé que, como siempre, no iba a servir de nada, ¡pero resulta que sí! Me pide un texto sobre Málaga, en inglés, bastante corto y muuuuy bien pagado (al menos comparado con la miseria que dan en España). ¡POR FIN, POR FIN! ¡Parece que esto despega! No quepo en mí de gozo. Ahora lo veo todo con otra perspectiva. Mi esfuerzo está dando frutos. Mis horas delante del ordenador, buscando contactos, investigando nuevos soportes, no han sido en balde. Me voy a poner ya mismo. Ya os contaré si me cuesta mucho. O mejor, no os digo nada, y quizá algún día, de camino a alguna ciudad del mundo, sentados en un Airbus, os topéis con mi nombre firmando un artículo sobre Málaga. Keep tuned...

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