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01/04/2013 08:27 CEST | Actualizado 11/10/2013 12:02 CEST

Diario de una JESP: Los Millennials

Somos los Millennials, los que obtuvimos la mayoría de edad al empezar el milenio 2000. Dicen que somos la generación más preparada de la historia, pero que pecamos de ser creídos y malcriados. Nos han hecho creer que podríamos llegar donde quisiéramos. Esto nos ha llevado a pedir más a la vida, a tener expectativas muy altas que raramente se ven satisfechas.

Favorecedor, encaje, terciopelo... Repaso mentalmente cada uno de estos términos en inglés. Palabras que desconocía aquella mañana que empecé a trabajar en esta boutique de Dublín, y que hoy utilizo en dos de cada tres frases que pronuncio diariamente. Reflexiono mientras examino las cuatro paredes que me rodean, repletas de pantalones de flores, jerséis en tonos pastel, y vestidos horteras de ésos que les gusta llevar a las irlandesas cuando cae el sol para sentirse verdaderas (y excesivas) féminas. Ay... cuánto me gustaba la ropa cuando llegué aquí, y ¡¡cuánto la odio ahora!! Creedme si os digo que estas prendas son las protagonistas de las pesadillas que me atormentan every single night. Sueño que caen sobre mí toneladas de faldas, camisas y gabardinas hasta dejarme atrapada; que lucho por salir de esa avalancha de lycra y algodón para intentar coger aire, pero que finalmente me engulle y acabo convertida en la chica del estampado de una camiseta de Zara. Despierto y siento mareos al pensar que tengo que vestirme. "¿Y si salgo a la calle envuelta en una simple bolsa de basura?", pienso mientras remoloneo en la cama. Llego a plantearme, incluso, convertirme al budismo para no tener que ponerme nada encima excepto una cómoda túnica color azafrán...

Bufff... parece mentira que esto me esté pasando a mí, que desde pequeña he sido tan presumida. Probablemente la culpa de mi coquetería sea de mi madre, que nada más nacer me colocó de forma casi permanente un lazo enooorme en la cabeza. Imagináos cómo de enorme sería, que las extranjeras que se cruzaban con nosotras mientras me paseaba por la playa de Alicante - donde nací por casualidades de la vida -, le espetaban: "¡Oh God! ¡Esta ninia parrese un regalo!". El caso es que los días en este lugar se me hacen eternos. Debería estar agradecida por haber encontrado este empleo, gracias al cual no he tenido que vivir debajo de un puente ni comer arroz cada día durante todo este tiempo en Irlanda. Pero por otro lado, no sabéis lo frustrante que es tener una pasión, haberte cualificado para ejercerla y no poder ganarte la vida con ella. "¡Vaya inconformista la niña ésta!", estaréis pensando. Y puede que estéis en lo cierto. Al fin y al cabo, ésa es una de las características de la personalidad de los Millennials, el nombre con el que se denomina a mi generación.

Somos los nacidos entre 1981 y 1995, y lo de Millennials viene porque obtuvimos la mayoría de edad al empezar el milenio 2000. Dicen de nosotros que constituimos la generación más preparada de la historia, pero que pecamos de ser creídos y malcriados. Y en mi opinión, es cierto. Nuestros padres nos han educado dando por hecho que tendríamos una vida fácil, una situación económica acomodada y, por supuesto, el trabajo de nuestros sueños. Nos han hecho creer que podríamos llegar donde quisiéramos. Esto nos ha llevado a pedir más a la vida, a tener expectativas muy altas que raramente se ven satisfechas. Mientras la generación de nuestros padres se conformaba con el mero hecho de tener un empleo, la nuestra no sólo quiere uno, sino que lo quiere en un departamento concreto de una empresa determinada. Lo preocupante de esto es que nuestra percepción del mundo laboral no casa en absoluto con la realidad actual. La crisis ha provocado que tengamos que aceptar cualquier trabajo, aunque ni siquiera tenga que ver con nuestra formación. Y si a esto le sumamos jornadas de 12 horas, salarios irrisorios y contratos de becario, tenemos como resultado una generación deprimida, pesimista, desmotivada e insatisfecha. Eso, los que tienen un empleo, porque recordemos que el 55,13% de los jóvenes españoles no lo tiene, según los datos del INE de 2012.

En mi caso, reconozco que mi estado de ánimo fluctúa tanto como la prima de riesgo española. Cuando estoy en esta tienda, quiero llorar, pegar y gritar. Cuando estoy escribiendo, quiero cantar, danzar y brincar. (Está claro que yo de esta experiencia JESP no salgo indemne; bipolar en el mejor de los casos...) Querría escribir más, pero mi trabajo en la tienda me deja poco tiempo para hacerlo. Y a su vez, los artículos están tan mal pagados, que si la dejo no sé si conseguiré dinero suficiente para sobrevivir... A estas alturas ya colaboro con varios medios: una revista masculina, otra gastronómica, un par de publicaciones de moda, un suplemento de viajes... Pero en algunos casos, sobre todo en las plataformas online españolas, la cantidad que pagan por texto es ridícula. Tendría que hacer malabares para llegar a fin de mes sólo con lo que gano escribiendo. Veamos. Para el alquiler del piso, 350€. Otros 70€ para pagar las facturas de internet y electricidad (aquí el agua no se paga). A eso hay que sumarle teléfono, comida y algo de ocio. En transporte no me gasto nada porque aquí voy caminando o en bici a todos lados. Mmmm...creo que con 800 u 850€ al mes me podría apañar. Ahora el periodismo no me da para tanto, pero la verdad es que tampoco estoy tan lejos. Bueno, quizá me acompañe la suerte y salga alguna colaboración más. Digo yo que tendrán que contestarme a alguno de los 575928409274204710 emails que mando diariamente a medios de todo el mundo, ¿no? Os mantendré informados. Keep tuned...

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