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18/09/2015 07:42 CEST | Actualizado 17/09/2016 11:12 CEST

¡Atención! Vienen los caricaturistas

Así como para el mundo nada volvió a ser igual después del 11 de septiembre de 2001, para los caricaturistas todo cambió desde el 7 de enero de 2015. Desde los atentados contra Charlie Hebdo la libertad de los caricaturistas parece condicional.

REUTERS

Ver por las calles de París un bus escoltado por motocicletas de la policía podría parecer un poco extraño, aunque si se tiene en cuenta que los 35 pasajeros provenían de países como Estados Unidos, Rusia, Ucrania, Francia, España, Colombia, Israel o Noruega la cosa tal vez no habría sido tan sorpresiva. Lo que sí llamaba la atención era que no se trataba de diplomáticos ni de ministros que se iban a reunir a hablar de la paz del mundo. Tampoco eran funcionarios de migración buscando una salida a la crisis de los refugiados. Nada de eso. Los ocupantes del bus éramos 35 caricaturistas de cuatro continentes que íbamos a participar en el Quinto Encuentro de Caricaturistas de Prensa, que se llevó a cabo el pasado fin de semana en Caen, al norte de Francia.

La cita era a las 7:00 p.m., en un hotel del noroeste de La Ciudad Luz, al cual fuimos llegando poco a poco a una comida donde nos conocimos varios y nos reencontramos otros, antes de emprender el viaje de tres horas que nos llevó al lugar del evento.

Al abordar el bus y ver el dispositivo de seguridad a nuestro alrededor quedamos sorprendidos y, por qué negarlo, algo nerviosos. Si la policía francesa se tomaba el trabajo de hacer semejante despliegue, es porque la situación era seria. Y así lo entendimos. Una vez iniciamos la marcha, hacia las nueve de la noche, las luces policiales guiaban el bus en medio del tráfico parisino, hasta que tomamos la autopista. A partir de ahí, quedamos solos, pero unos veinte kilómetros antes de llegar a Caen, casi a medianoche, otras motos aparecieron, y con sus luces y sirenas nos escoltaron hasta el hotel.

Allá las medidas eran más rigurosas. La entrada al edificio y las calles aledañas estaban fuertemente custodiadas por otros policías uniformados y varios vestidos de civil. No faltaban los curiosos que se detenían al ver el el alboroto, poco usual en esta ciudad de poco más de cien mil habitantes. Pero se debieron decepcionar al no ver a ninguna estrella del fútbol ni de la farándula. Ni siquiera a un presidente.

Antes de dirigirnos a nuestras habitaciones, nos reunimos en el lobby --donde también había agentes de seguridad-- y nos recomendaron no salir en grupo en las noches.

La mañana siguiente, bajo la luz del sol, podíamos ver cómo los agentes bloqueaban las vías e impedían el tráfico de automóviles frente al hotel. Los tres días, los vehículos policiales rodeaban el bus y, aparte de las motos --dos adelante y dos atrás--, nos acompañaban dos carros ocupados por agentes de civil, que fueron nuestras sombras en cada lugar al que acudíamos a las diferentes actividades.

Este año nos íbamos a reunir en abril; sin embargo, luego de la masacre en la sede de Charlie Hebdo, donde seis colegas míos fueron asesinados, la situación se puso tensa y algunos de los invitados cancelaron el viaje. Otros preguntamos por las condiciones de seguridad, pero las respuestas no fueron muy alentadoras. Los organizadores recibieron numerosas amenazas de extremistas yihadistas, que incluso hackearon varias veces la página web del evento.

Por eso el encuentro se pospuso unos meses, y la interacción con el público fue restringida. Quienes asistieron a las conferencias tuvieron que inscribirse previamente por Internet, y al acceder al edificio, fueron sometidos a rigurosas requisas.

Cuando emprendimos el regreso a París y vimos desaparecer las motos al llegar a la autopista, sentimos un alivio evidente; nuestra vida volvía a la normalidad. Recuperamos esa libertad que desde los atentados contra Charlie Hebdo parece condicional; pues así como para el mundo nada volvió a ser igual después del 11 de septiembre de 2001, para nosotros los caricaturistas todo cambió desde el 7 de enero de 2015.

Este artículo fue publicado originalmente en El Tiempo

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