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21/02/2019 07:21 CET | Actualizado 21/02/2019 07:21 CET

Maryse Condé y el nacimiento de la ganadora del Nobel Alternativo de Literatura 2018

La escritora Maryse Condé. /Fotografía cortesía de Impedimenta.

Presentación WMagazín

En días de carnaval como estos nació Maryse Condé hace 82 años, el 11 de febrero de 1937, en Pointe-à-Pitre, capital del archipiélago de Guadalupe. Su nombre dio la vuelta al mundo cuando en octubre pasado la llamada Nueva Academia de Suecia, en sustitución de la Academia Sueca que en 2018 no entregó el Nobel de Literatura debido a las investigaciones de acoso sexual en el seno de la misma, la distinguió con el Nobel Alternativo de Literatura.

La escritora francófona y gran voz de las letras antillanas tendrá este 21 de febrero un encuentro con sus lectores en Barcelona con motivo de la publicación en España de Corazón que ríe, corazón que llora (Impedimenta), del cual WMagazín avanza en primicia el pasaje donde relata las circunstancias de su nacimiento. Será en una entrevista con el periodista y escritor Xavi Ayén, en la librería La Central, de calle Mallorca, a las 19 horas.

Antes del Nobel Alternativo, Condé ya había obtenido otros rconocimientos como el nacional de Literatura sobre la Mujer por su novela Moi, Tituba sorcière (1986), el Premio Anaïs-Ségalas de la Academia Francesa por La vie scélérate (1988) y en 1993 fue la primera mujer que recibió el Premio Putterbaugh, otorgado en Estados Unidos a escritores francófonos.

La escritora estudió en París y ha residido en diferentes países de África, especialmente en Mali, donde se desarrolla su saga Ségou (1985). Es autora de más de una treintena de obras que van desde la novela al relato, pasando por piezas de teatro, ensayo, novelas infantiles y su autobiografía. En sus libros se interrogan sobre la memoria y la identidad, tanto individuales como colectivas. Una memoria y una identidad habitadas por mujeres luchadoras y por los fantasmas de la esclavitud, la diáspora negra y el colonialismo como se aprecia en títulos como La migration des coeurs (1995), Desirada (1997), Célanire cou-coupé (2000) o Victoire, les saveurs et les mots (2006), homenaje a su abuela materna.

Maryse Condé ha enseñado durante décadas literatura francófona en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Presidió el Comité por la Memoria de la Esclavitud en Francia (2001), cuyo trabajo se materializó en la ley que reconoce la esclavitud como un crimen contra la humanidad. Es la creadora del Premio de las Américas Insulares y Guyana, que recompensa anualmente al mejor libro del panorama antillano.

La lectura que ofrecemos en WMagazín de Corazón que ríe, corazón que llora trata de su nacimiento durante el Mardi Gras, el gran carnaval guadalupeño. Esperamos que la descubran y les guste:

Maryse Condé. /Fotografía de Ulf Andersen/Aurimages, cortesía editorial Impedimenta.

'Corazón que ríe, corazón que llora'

Mi nacimiento

Por Maryse Condé

Indiferente como de costumbre, a mi padre le daba igual una cosa que otra. Mi madre, por su parte, prefería una niña. La familia ya contaba con tres niñas y cuatro niños. Así estarían empatados. Una vez pasada la vergüenza de que la hubieran pillado, a sus años, en flagrante delito carnal, mi madre empezó a sentirse muy feliz por su embarazo. Orgullosa, incluso. El árbol de su cuerpo aún no estaba marchito, reseco. Todavía podía dar frutos. Frente al espejo, observaba maravillada la redondez de su vientre, los abultados senos erectos, como dos pajarillos recién salidos del huevo. Todo el mundo le repetía lo preciosa que estaba. Una nueva juventud le latía dentro, le iluminaba la piel y los ojos. Las arrugas se le borraban por arte de magia. El cabello le crecía, le crecía, con la espesura de los bosques, y se lo recogía en un moño, canturreando, cosa rara en ella, una vieja canción criolla que le había escuchado cantar a su madre, muerta cinco años antes:

Sura an blan,

Ka sanmb on pijon blan

Sura an gri,

Ka sanmb on toutewel.

Sin embargo, pronto se le torció el embarazo. Cuando se le pasaron las náuseas, le vinieron los vómitos. Después, el insomnio. Después, los calambres. Un ejército de cangrejos pinzándole los gemelos sin piedad. A partir del cuarto mes, se encontraba agotada, el menor movimiento la dejaba sin aliento. Las fuerzas apenas le alcanzaban para sostener una sombrilla y arrastrarse, bajo el calor abrasador, hasta Dubouchage, donde se obcecaba en seguir dando clase. En aquella época, no se estilaban las escandalosas bajas de maternidad de hoy en día; cuatro semanas antes del parto, seis semanas después; o viceversa. Las mujeres trabajaban hasta la víspera de dar a luz. Al llegar a la escuela, medio desmayada, se derrumbaba en el sillón del despacho de la directora, Marie Célanie. En su fuero interno, la directora no consideraba del todo correcto hacer el amor pasados los cuarenta, menos aún con un marido ya anciano. Son cosas de jóvenes. Sin embargo, nunca se mostraba poco comprensiva. Le secaba el sudor de la frente a su amiga y le daba de beber un chupito de menta mezclado con agua bien fría. La quemazón del alcohol le devolvía el aliento a mi madre, que acto seguido enfilaba el camino hacia su clase. Las alumnas le tenían tanto miedo que, mientras la esperaban, no aprovechaban para liarla. Con la cabeza gacha, tan tranquilas, se afanaban en completar sus cuadernillos.

Por suerte, el jueves era día de reposo, a diferencia del domingo, que implica el suplicio de la misa de doce. Los jueves, pues, mis hermanos mayores tenían la tarea de volverse invisibles. Mi madre, una montaña de carne bajo las sábanas bordadas, custodiaba la cama en la penumbra de su habitación, pues todas las ventanas permanecían cerradas. El ventilador ronroneaba. Hacia las diez de la mañana, Gitane, la encargada de las tareas domésticas, terminaba de pasarles el plumero a los muebles, de sacudir las alfombras y de beber su enésima taza de kiololo. Subía entonces un par de calderos de agua caliente y ayudaba a mi madre a asearse. Esta se sentaba en la bañera de zinc, tras el obús de su vientre y aquel ombligo descomunal, mientras la criada le frotaba la espalda con un manojo de hojas secas. Después, Gitane la secaba con una toalla, la enharinaba con polvos de talco, lo mismo que si fuera a freírla a la romana, y la ayudaba a enfundarse en un camisón de algodón bordado del tiempo de Maricastaña. A continuación, mi madre volvía a acostarse y dormitaba hasta que regresaba mi padre. Cuanto más suculentos eran los guisos que la cocinera le preparaba —pechugas de pollo, hojaldritos de lambí, empanada de pulpo, gambones en salsa—, más apenada los rechazaba mi madre para sucumbir a los antojos:

—¡Quiero buñuelos de bacalao!

Sin desanimarse, la cocinera volvía corriendo a los fogones, mientras mi impaciente padre, que estimaba que mi madre se pasaba de la raya, pero se cuidaba muy mucho de hacer ningún comentario, se enfrascaba en la lectura del Nouvelliste. Sintiéndose liberado, a eso de las dos de la tarde, tras besar quedamente la frente sudorosa de mi madre, abandonaba aquella habitación con olor a azahar y asa foetida y salía al sol de mediodía. ¡Qué suerte, dejar atrás todas esas guarrerías! ¡Reglas, embarazos, partos, menopausias! Ufano como nunca por ser un hombre, cruzaba pavoneándose la Place de la Victoire. La gente lo reconocía y lo tomaba por lo que era: un vanidoso en toda regla. En aquella época, mi padre, sin llegar a portarse mal del todo, retomó el contacto con algunas amistades que mi madre no podía ver ni en pintura. Regresó a los torneos de cartas y dominó, que ella juzgaba vulgares, y fumó una barbaridad de puros Montecristo.

Hacia el séptimo mes, a mi madre comenzaron a hinchársele las piernas. Una mañana, se levantó con dos auténticas patas de elefante, surcadas por un haz de venas tan infladas que apenas si podía moverse. Síntoma claro de un ataque de albúmina. Enseguida, el doctor Mélas le prescribió reposo absoluto tras la escuela, y un régimen muy estricto, ni un gramo más de sal. A partir de ese momento, mi madre se alimentó a base de fruta. Caquis. Bananas. Uvas. Manzanas de Francia, sobre todo, redondas y rojas como los mofletes del bebé de Cadum. Mi padre le encargaba cajas enteras a un amigo, comerciante en el muelle. La cocinera las preparaba en compota, asadas con canela y azúcar moreno, en buñuelos. El olor de las manzanas, que maduraban a toda prisa, impregnaba tenaz la casa, desde la entrada hasta los dormitorios del segundo piso, y les daba arcadas a mis hermanos y hermanas.

Cada tarde, hacia las cinco, las mejores amigas de mi madre se sentaban en torno a su cama. Como a mi padre, les parecía que se pasaba de la raya. De modo que se hacían las sordas cuando mi madre comenzaba a gemir y le contaban los chismes de La Pointe: los bautizos, las bodas, los fallecimientos. ¡Lo que oyes, el almacén de materiales de construcción Pravel ardió como un pajar! Entre los escombros, se encontraron los cuerpos calcinados de cinco obreros del señor Pravel, a quien se la trae al pairo, terrateniente sin corazón, como todos los blancos. Se avecinaba una huelga. Si ya en sus buenos tiempos a mi madre le habían dado igual los problemas sociales, entonces le interesaban menos que nunca. Volvía a lo suyo: mis pataditas. Acababa de asestarle mi primer puntapié. ¡Tremendo! Si es niño, Dios no lo quiera, será un futbolista de primera.

El día de mi nacimiento terminó por llegar. Mi madre estaba tan enorme que ya no cabía en la bañera y se pasaba el día en la cama o la mecedora. Había preparado tres canastos de mimbre con mis cosas y dejaba que sus amigas las admirasen. En el primero, los faldones de hilo, seda o encaje, además de los patucos de ganchillo, el abriguito, los gorros, los baberos. Todo rosa. En el otro, los jerséis de punto y los pañales, de dos tipos: de tela rizada o sencillos, de algodón. En el tercero, las sábanas bordadas, las mantas, las toallas para el baño... Había también joyas en una bonita caja de papel maché: una esclava que todavía no lucía ningún nombre grabado, por supuesto, una cadena con un racimo de medallitas piadosas, un broche monísimo. Después, de puntillas, las visitantes penetraban en la santa capilla: la habitación que me estaba destinada, un antiguo trastero reformado, contiguo a la habitación de mis padres. Mi madre estaba muy orgullosa de una reproducción de la Visitación, con el ángel Gabriel empuñando una flor de lis, que hube de ver durante toda mi infancia colgada en la pared, y de una lamparita con forma de pagoda china, sobre la mesita de noche, que desprendía una luz rosada.

En el exterior, era Carnaval y La Pointe estaba que ardía. De hecho, había dos carnavales. Uno burgués, con señoritas disfrazadas y desfiles de carrozas en laPlace de la Victoire, y el otro, el popular, el único que contaba en realidad. El domingo, las bandas de mas6 venían desde las barriadas y se juntaban en el corazón de la ciudad. Mas à fèye, mas à konn, mas à goudron. Moko zombi, encaramados en zancos gigantes. Los látigos restallaban. Los silbatos te reventaban los tímpanos y el sonido del gwoka era tan fuerte que las vibraciones volcaban el cuenco de aceite amarillo del sol. Las bandas de mas atestaban las calles, haciendo toda suerte de cabriolas, dando volteretas. La multitud se agolpaba en las aceras para verlas. La gente de bien, los que tenían suerte, se amontonaban en los balcones y les lanzaban monedas al pasar. Aquellos días nadie podía retener a Sandrino en casa. Se esfumaba. A veces, las criadas salían en su busca y se lo encontraban ebrio, todo sucio de manchas que ninguna lejía podría borrar. Pero no era lo habitual. Por lo general, reaparecía por las noches y, sin un solo lloro, recibía las tundas de correazos que mi padre le propinaba.

El martes de Carnaval, a eso de las diez, mi madre empezó a sentir dolores familiares: las primeras contracciones. Pronto, sin embargo, se fueron espaciando y la dejaron en paz. El doctor Mélas, avisado de urgencia, le aseguró tras examinarla que nada iba a suceder hasta el día siguiente. A mediodía, mi madre se comió de buena gana los buñuelos rellenos de manzana de la cocinera, repitió varias veces y se permitió una copa de vino espumoso para brindar con mi padre. Aún le quedaron fuerzas para soltarle una monserga a Sandrino, a quien Gitane acababa de pillar escabulléndose, descamisado, en la esquina de la Rue Dugommier. En breve, Dios misericordioso iba a regalarle una hermanita (o un hermanito) a quien dar ejemplo y llevar por el buen camino. Ya estaba bien de hacer el majadero. Sandrino escuchaba, con ese escepticismo que solía reservar a los discursos de mis padres. No le daba la gana darle ejemplo a nadie y le importaba un pepino el bebé. Sin embargo, me aseguró que empezó a quererme nada más verme, algunas horas después, tan fea y enclenque en mis ropajes de princesa.

A la una del mediodía, llegados de todos los rincones, los mas invadieron La Pointe. Cuando los primeros golpes de gwoka resonaron en el cielo, mi madre, como si respondiera a una señal secreta, rompió aguas. A mi padre, a mis hermanos mayores, a las sirvientas casi les da algo. ¡Exagerados! Dos horas después, ya había nacido. El doctor Mélas llegó a tiempo para recogerme, toda pringosa, con sus largas manos. Nunca dejó de repetir a quien quisiera escucharlo que yo había entrado en este mundo con la facilidad de una carta en un buzón.

Me gusta pensar que mi primer aullido de terror pasó desapercibido en mitad del jolgorio de la ciudad. Quiero creer que fue un signo, el presagio de que sabría reír las penas más grandes. Sentía celos de mi hermana mayor Émilia, porque también ella nació en mitad de los petardos y los fuegos artificiales de un 14 de julio. Le robaba a mi nacimiento lo que, a mis ojos, le otorgaba un carácter único. Me bautizaron por todo lo alto un mes después. Siguiendo la costumbre de las familias numerosas, mi hermano René y mi hermana Émilia fueron mi padrino y mi madrina.

Cuando, diez veces al día, con todo lujo de detalles, mi madre me relataba los extra-ordinarios incidentes que precedieron mi nacimiento, ni eclipse de luna o de sol, ni danzas de astros en el cielo, ni terremotos, ni ciclones, yo era muy niña y me pegaba a ella, sentada en su regazo. De ninguna manera podía entender por qué no pude quedarme dentro de su vientre. Los colores y las luces del mundo a mi alrededor no me consolaban por la pérdida de la opacidad donde, durante nueve meses, había chapoteado a ciegas, feliz como pez en el agua. Solo deseaba una cosa: regresar al vientre de mi madre y reencontrar así la felicidad que, al nacer, bien lo sabía, había perdido para siempre.

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