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31/03/2016 07:02 CEST | Actualizado 31/03/2016 07:02 CEST

El día que perdí a mi padre, mi país y mi hogar

refugiadaSi preguntas a alguien o buscas la definición de refugiado en Google, obtendrás muchas respuestas: realistas, jurídicas y, a veces, desde el punto de vista de los derechos humanos. Pero ninguna explica por lo que tenemos que pasar como sirios. Los crímenes del régimen sirio no son las únicas razones por las que la gente huye.

Wafa Mustafa

Las historias de nuestras huidas pueden contarse de mil maneras distintas, variando la velocidad y los datos aleatorios. A pesar de que muchos comparten las mismas historias, los comienzos y finales cambian de una persona a otra.

Hace poco, supe que mi familia entera -mi madre, mi hermana Sana, mi hermana Ghena y yo- habíamos hecho lo mismo durante dos años y medio.

Todas las noches dormíamos en camas diferentes a las que nunca nos acostumbraríamos. Empezamos a considerar el lugar en el que dormíamos como el sitio en el que reconstruiríamos nuestras historias.

Tenemos que familiarizarnos con nuestras historias para contarlas sin miedo y con la mayor objetividad posible, y eso es precisamente lo que intento hacer ahora.

Si te preguntas por el comienzo de nuestras historias, tuvo lugar una mañana de julio de 2013. Mi madre salió de nuestra casa de Masyaf, nuestra pequeña ciudad de montaña, para viajar a la capital, Damasco, donde vivíamos mi padre y yo.

Unos días antes, mi padre me había enviado a ver a un doctor de Masyaf; quería saber si tenía ansiedad y depresión. Llevaba desanimada unos tres meses después de que unos misiles del régimen sirio acabaran con la vida de uno de mis mejores amigos.

Nos intercambiamos. Yo me quedé en Masyaf con mi hermana pequeña, Ghena, y mi madre se fue a Damasco. Llevaba consigo tan solo unas cuantas prendas de ropa y la comida favorita de mi padre. Las fuerzas de seguridad perseguían a mi padre, por lo que mi padre casi no iba a la casa familiar y, cuando lo hacía, lo hacía en secreto.

Me despertó el teléfono. Todavía resuena en mis oídos. ¡Era mi madre! Le temblaba la voz, me preguntaba por mi padre y me pedía que le llamara. No entendía nada. Oía el ruido de nuestra calle en Damasco de fondo y pensé "si mi madre está allí, ¿dónde está mi padre? ¿Y por qué me pide que le llame?".

Mi madre me notó confundida, así que empezó a explicarse: "Le he llamado hace un rato y le dije que llegaría 15 minutos tarde. Me ha dicho que me esperaría en casa. He llegado y le he llamado para que me ayudara con las maletas, pero no me lo ha cogido. Le he llamado otra vez al móvil, ha dado señal un par de veces y luego se ha quedado fuera de servicio".

Mi madre sabe que estas cosas no se deben hablar por teléfono. Es muy peligroso hablar de este tipo de cosas así, pero no había tiempo como para esperar a comunicarse de forma segura.

Gracias a uno de mis curiosos vecinos del primero, mi madre se enteró de que unos hombres uniformados habían entrado en casa. Tenían muchas armas y uno de ellos no tenía la misma apariencia que los demás. Se oyó cómo le daban un golpe a alguien, cómo se rompían cosas y cómo alguien gritaba. Después, bajaron con mi padre y con alguien más, su amigo Hossam. La familia de Hossam se enteró de que este había muerto en una cárcel del régimen.

No tuvimos tiempo para pensar en la situación, en el peligro o en las consecuencias. Ni siquiera tuvimos tiempo para estar tristes y pensar en que éramos una madre y dos hijas que acababan de perder a un valiente marido y padre. Ghena y yo tuvimos que abandonar inmediatamente nuestra casa de Masyaf para ir a Hama. Tuvimos que alejarnos mucho para impedir que el régimen nos encontrara y nos utilizara para presionar a mi padre en la cárcel.

Ni siquiera tuvimos tiempo para estar tristes y pensar en que éramos una madre y dos hijas que acababan de perder a un valiente padre y marido.

No teníamos nada aparte de lo que llevábamos puesto. Hama estaba llena de controles del régimen. En cualquiera nos podrían haber detenido porque las bolsas de viaje que llevábamos eran demasiado sospechosas. Por fin llegamos a la casa de un amigo de mi padre. No le conocíamos, pero su amable mujer y sus tres hijos nos acogieron. Mi madre tuvo que seguir una ruta más larga desde Damasco a Masyaf y luego hasta Hama. Soy incapaz de imaginarme el miedo, la preocupación y la tristeza que tuvo que sentir y cómo no logró esconderlo del todo.

Nos encontramos en Hama y nos quedamos allí durante una semana. Acordamos, presionados por el amigo de mi padre, que saldríamos de Siria por la frontera con Turquía. Mi padre nos había contado antes este plan, siempre se preocupaba más por nosotras de lo que se preocupaba por él.

Este fue el momento más duro de mi vida. Al principio de la revolución, me había prometido a mí misma que nunca me iría de Siria, independientemente de las circunstancias. Me lo prometí después de que me expulsaran de la universidad, de que me obligaran a dejar mis estudios de Periodismo; lo hice después de que comenzaran a desaparecer amigos, colegas y desconocidos con los que había coincidido en las manifestaciones de Damasco.

Para salir del país, tuvimos que cambiar de coche varias veces. Empezamos en Hama, que está controlada por el régimen, y nos dirigimos hacia el campo. Seguimos hacia la zona de Idlib, que no está controlada por el régimen, hasta llegar a la frontera turca. La carretera estaba llena de desconocidos.

Me había prometido a mí misma que nunca me iría de Siria. Me lo prometí después de que comenzaran a desaparecer amigos, colegas y desconocidos con los que había coincidido en las manifestaciones de Damasco.

Nos negamos a dejar que nuestros miedos fueran a más. Nuestra madre empezó a rezar mientras cantábamos y escuchábamos música. Nos distanciamos de las canciones que conocíamos y, en su lugar, empezamos a escuchar canciones que sólo habíamos escuchado una vez, que no conocíamos o de las que no nos sabíamos la letra. Lo hacíamos para poder olvidar la imagen y la voz de mi padre cantando canciones de Fairuz, Abdel Halim o Umm Kalthoum.

Llegamos por la noche a Turquía. La frontera estaba cerrada, pero conseguimos entrar y nos recibió un chico joven que venía de parte de un amigo de nuestro padre y que nos llevaría a una ciudad costera, Mersin. Esta ciudad era un lugar al que siempre habíamos querido venir antes de la revolución por lo que nos habían contado de ella nuestros amigos. Solían organizar viajes y, al volver, nos hablaban de su belleza y de su extraño idioma.

Unos años antes, una serie de televisión turca invadió nuestro sencillo mundo con imágenes de su arquitectura, con sus historias de amor y con las caras de sus personajes. Creando relaciones imaginarias entre ellos y nosotros. No sabíamos que la cruda realidad destrozaría esas relaciones imaginarias.

Nuestra primera casa se encontraba en Mersin, frente al mar: estaba ubicada en un nivel del mar más elevado, era fría y estaba más o menos limpia. Nos quedamos allí aproximadamente tres meses sin saber por qué llorábamos. Cada vez que nos proponíamos identificar el motivo, éramos incapaces de hacerlo. Había muchas razones por las que llorar, pero el resultado era siempre el mismo: un padre del que no sabíamos nada, una casa y una familia a las que abandonamos sin decir adiós, un recuerdo colectivo de fotos, voces y sueños y una sensación de extrañeza que nos había robado la capacidad de vivir.

Llevamos varias cosas que habíamos comprado a Mersin, cosas básicas. Tratamos de entablar una relación entre nosotros, la ciudad, la casa y la gente. Nos mudamos a otra casa de la misma zona. Era más acogedora y menos deprimente. Hicimos nuevos amigos que se habían mudado a Mersin antes que nosotros en busca de asilo. Nos ayudaron a despreocuparnos un poco y a dar un paso más en el camino de volver a sentirnos vivos.

Creíamos que nuestra estancia en Turquía sería temporal. Mi padre saldría de la cárcel y volveríamos a nuestra casa y a nuestro país para continuar con la revolución que comenzamos hace dos años. Pero no era tan sencillo. Yo tenía que encontrar trabajo para mantenernos a salvo del peligro. Además, nunca había trabajado y no tenía la oportunidad de acabar mi carrera.

Creíamos que nuestra estancia en Turquía sería temporal. Mi padre saldría de la cárcel y volveríamos a nuestra casa. Pero no era tan sencillo.

Un amigo de la familia me ayudó a encontrar trabajo en una de las emisoras de radio sirias, que en ese momento se estaba organizando, que se oponían al régimen. Eso significaba que tenía que dejar a mi madre y a mi hermana y mudarme a otra ciudad, Gaziantep. Viví allí tres meses intentando demostrar que valía, trabajando y ahorrando para una pequeña casa. Tuve que hacer todo eso antes de que mi madre y Ghena pudieran reunirse conmigo. Después de eso, vendría una nueva avalancha de preocupaciones, dificultades y esperas.

Ahora llevamos viviendo dos años en Gaziantep. Somos tres mujeres que vivimos en una casa pequeña. Nuestro primer año aquí fue duro, cansado y doloroso. El segundo año está yendo mejor. Mi madre se está enfrentando a su nueva experiencia en el mundo laboral. Ghena se intenta adaptar al cambio constante de colegio y amigos y sigue empeñada en volver a Siria.

Desde el primer día que pasamos en Turquía, mi madre y yo intentamos convencerla de que volver a Siria era imposible. Intentamos que comprendiera la importancia de buscar y esperar a otras opciones (como que nos acogieran en Estados Unidos, lo que supondría pedir asilo a través de la Agencia de la ONU para los Refugiados).

Hay personas que me dicen que soy demasiado sensible a las palabras. Puede que sea sensible cuando nos llaman refugiados. No tiene nada que ver con el sentimiento de injusticia o de que no nos reconozcan. Si preguntas a alguien o buscas la definición de refugiado en Google, obtendrás muchas respuestas: realistas, jurídicas y, a veces, desde el punto de vista de los derechos humanos.

Pero ninguna explica por lo que tenemos que pasar como sirios. Especialmente cuando comprobamos las distintas y dramáticas formas en las que las personas se han convertido en refugiados. No sólo cuando nos ceñimos a lo que las leyes internacionales y las organizaciones de derechos humanos han decidido que significa el término "refugiado" antes de la revolución.

Los crímenes del régimen sirio y de sus aliados no son las únicas razones por las que la gente huye a otras ciudades o países. Esta suposición ha sido fruto de percepciones extrañas y de tópicos sobre los sirios, su cultura y su pensamiento. El régimen ha arruinado su imagen y la percepción del mundo con respecto a los sirios. Ha dejado a los sirios con muy pocas posibilidades. La mejor de las posibilidades para ellos sería conseguir escapar de su particular infierno.

No puedo decirlo todo aquí. Sigo intentando organizar mi historia y los detalles. No la he acabado y no la acabaré pronto. Sigo pensando que ninguna historia, independientemente de lo dura y emotiva que sea, puede transmitir todo lo que ha pasado.

Las pasadas Navidades colgamos muchas fotografías en la pared de nuestra casa. Las colgamos en forma de árbol. En la raíz pusimos fotos de mi padre de joven y en las ramas, fotos que nos hacen recordar nuestras voces, nuestras risas, nuestros sueños y nuestras infancias. Son imágenes de muchas de las personas con las que compartimos nuestros recuerdos más felices.

Este post apareció originalmente en 'Elite Daily'. La historia original en árabe puede encontrarse aquí.

El post fue publicado con anterioridad en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros.

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