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20/12/2018 13:18 CET | Actualizado 20/12/2018 16:48 CET

Campofrío, el anuncio de chóped que se ríe del feminismo

Una joyería de alta gama es el escenario elegido este año por la popular marca de embutidos para lanzar su mensaje de navidad. Y qué tendrán que ver las lonchas de chóped con los zafiros, os preguntaréis. A priori nada, pero Campofrío ha vuelto a tirar un año más de fórmula rápida y aditivos a tutiplén para lograr que nos lo traguemos todo. La receta es muy sencilla: primero escoges uno de los temas más polémicos del año. Agregas unos cuantos personajes famosos. Añades una musiquita emotiva de fondo y unas cuantas frases épicas al final. Lo metes todo junto en la batidora, lo tratas de manera superficial y... ¡voilà! Ya tienes un anuncio ligero y molón que nos deja a todos con una sonrisa de oreja a oreja sin necesidad de profundizar. Al principio es normal que te encante (el glutamato es lo que tiene) pero míralo un poco más de cerca, dale otra oportunidad. Los ingredientes de su etiqueta te sorprenderán.

A esta hipotética joyería pija acuden todo tipo de personalidades entre las que se encuentran humoristas, artistas y periodistas para comprar chistes diferentes a un precio supuestamente muy elevado. Pero estos chistes no se pagan con dinero sino con el precio de la opinión pública, el de la censura, el de la aceptación o incluso perdiendo el empleo. Aquí llega el primer error: meterlo todo en el mismo saco. Ni todos los chistes son iguales ni todas las reacciones de la audiencia son despreciables. No es lo mismo hacer un chiste que cuestione lo establecido que reírse de un colectivo oprimido. No es lo mismo expresar una opinión que insultar o amenazar. No es lo mismo que el público tenga voz a que se lleve a juicio a personas por hacer humor, tuitear o rapear. No es lo mismo arte que hartar... o eso decía Alejandro Sanz. Este spot no hace ninguna distinción entre los debates sobre la libertad de expresión generados durante este año, los rechaza todos, cuando el diálogo es muy sano y necesario.

La marca se ha despachado a gusto con el colectivo feminista añadiendo que "los chistes sobre feminismo salen mucho más caros que los de la monarquía".

La segunda cagada viene cuando se hace referencia a la audiencia, bien sea con el mensaje o con las imágenes. El spot viene a decirnos de manera muy sutil que no son los artistas, seres divinos, quienes se equivocan sino el público el que es un pobre ignorante y no sabe apreciar el arte. Hay un momento especialmente bochornoso cuando representan al público al que no le gusta su trabajo como "los ofendiditos", con un plano de mujeres tristes, pancartas y sombreros vintage que recuerda sospechosamente a Las Sufragistas. La marca se ha despachado a gusto con el colectivo feminista añadiendo que "los chistes sobre feminismo salen mucho más caros que los de la monarquía". Hacer cualquier analogía entre el poder que censura la libertad de expresión con un movimiento social que lleva años luchando por la igualdad es una falta de respeto monumental, y más en un año en el que la violencia hacia las mujeres se ha incrementado alarmantemente. Recordamos a las mujeres que trabajan para Campofrío que si están ahí es, entre otras cosas, gracias a esas sufragistas. Suponemos que al elegir el sketch de Martes y Trece no podían permitirse pagar el precio del de "mi marido me pega" y han optado por el de la empanadilla. En esta misma línea de "loshumoristaspodemosmeternosconquienseaperoelrestodelmundono" se posiciona el reciente vídeo publicado WifiLeaks de Movistar+, que también transcurre en un espacio de lujo y en el que directamente se le dice al público "por cada 5 chistes que te ofendan te regalaremos un chóped para que te lo metas por el culo". Eso es valorar a la audiencia, sí señor.

Pero lo peor del anuncio de Campofrío llega al final. La idea apoteósica, el engaño mayor, llega directo a nuestros corazones como el producto light a nuestras neveras: somos lo que somos y no hay nada que cambiar. Al carro. Lo compras sin pestañear. Es imposible resistirse a ese tipo de consignas buenrollistas con cero por ciento de capacidad autocrítica. Ante el producto estrella, el chiste "heavy metal", una humorista pregunta: "¿Qué precio tiene esto, renunciar a lo que somos?". Su compañero asiente muy serio. Obviamente la frase es ganadora porque apela directamente a la defensa de nuestra identidad, pero a la vez es taaan tramposa. Si nuestra identidad es machista, racista y homófoba... ¡Algo tendremos que cambiar! "Somos machistas, pero no renunciemos a ello porque lo somos de toda la vida". "Somos racistas, pero no renunciemos a ello porque es nuestra identidad". "Somos homófobos, pero no cambiemos no vayamos a evolucionar". Que Campofrío te hace la vida más fácil es innegable, lo de no cocinar debe ir de la mano de lo de no pensar. Mejor no meterse en líos y resolverlo todo con una frase finísima para terminar.

Esta vez Campofrío ha cambiado de bando y se ha colocado al lado de quienes tienen el poder de influir y disfrutan del altavoz.

Si algo caracterizaba hasta ahora los anuncios navideños de Campofrío es que se situaban con los de abajo, con los del pueblo llano, con quienes compraban el chóped y el salchichón. Pero esta vez la marca ha cambiado de bando y se ha colocado al lado de quienes tienen el poder de influir y disfrutan del altavoz. Los debates que se han generado este año sobre los límites del humor no son para nada desdeñables y nos han planteado cosas muy interesantes. Lo primero de todo que la libertad de expresión es un derecho fundamental que todos tenemos que defender y preservar. También que el humor es cultura y, como tal, tiene mucho que ver con lo que ocurre en la sociedad. Puede usarse para reforzar la violencia, los estereotipos y la desigualdad o puede proponer nuevos roles y nuevas formas de relacionarse. Hay que asumir que el público hoy tiene voz y también derecho a expresarse (negarlo es negar la verdadera comunicación) siempre y cuando lo haga desde el respeto y no desde el acoso o la intimidación. Estamos de acuerdo en que la cultura no debe ser un lujo sino un bien de primera necesidad, cercano y accesible, signo de los tiempos y por lo tanto no ajeno sino comprometido con la sociedad. A quienes nos quejamos por el uso de estereotipos podéis seguir llamándonos ofendiditos y haceros lavados de cara por navidad: preferimos seguir siendo ofendiditos comprometidos que privilegiados que se niegan a escuchar.

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