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04/03/2018 10:58 CET | Actualizado 04/03/2018 10:58 CET

Somos la marea violeta

YOLANDA DOMÍNGUEZ

Hoy me siento orgullosa de convertirme en marea violeta. De no ser sólo una gota, ni tres, ni mil, sino de ser un mar. Una marea de olas que arrastra, remueve, levanta, cuestiona y grita poderosa. Una marea que empuja al mundo, a todos y a todas, a ser mejores personas. No se trata de una, se trata de todas. No se trata de ahora, se trata del pasado, del presente y de lo que vendrá después. De la fuerza que continúa lo que ya iniciaron otras. De la corriente que hoy sigue viva colándose en las grietas de la desigualdad para encontrar un orden mejor. Una marea que derriba los muros que aún nos separan. Una marea que sana, que cura, que alivia. Un manantial de sororidad.

Si yo estoy escribiendo estas líneas y publicándolas en un diario es porque esa marea violeta imparable, incansable, que se inició hace ya más de 100 años, me trajo hasta aquí. Cada 8 de marzo recordamos que una parte de esa gran marea, 128 trabajadoras de una fábrica textil, fueron quemadas vivas por el dueño de la empresa mientras reclamaban los derechos laborales de las mujeres. Esos que hoy nos permiten disfrutar de un salario, optar a un puesto de trabajo y tener una baja remunerada. Cuentan que de las chimeneas de aquella fábrica salía un humo violeta, por eso hoy es el color del feminismo. Yo tengo derechos gracias a todas las mujeres que también se unieron para luchar antes de mí. La marea es un movimiento de consciencia colectiva y hoy nos toca coger el testigo para continuar con su energía.

El próximo 8 de marzo todas las mujeres estamos llamadas a formar parte de esa marea violeta que no cesa. Juntar toda la energía que depositamos cada día en los demás y hacerla nuestra para que no se disuelva, para que no se olvide. Los trabajos domésticos son marea. Los cuidados familiares son marea. Las labores afectivas y emocionales son también marea. Sin esa fuerza de trabajo, femenina, infravalorada, sin remunerar, no se sostendría nada. No se movería nada. No funcionaría nada. Pero la marea violeta no se detiene, sólo cambia de lugar. Dejamos un vacío en nuestras sillas para señalar que nuestro trabajo merece ser valorado como el de nuestros compañeros. Abandonamos nuestros puestos porque merecemos las mismas oportunidades que ellos. Callamos para gritar que hay que terminar con los abusos sexuales. Desviamos la mirada para evidenciar que hacen falta más mujeres en puestos directivos y de poder. Equiparar premios, jurados y comités.

Les animo a que nos unamos todas en esta ocasión. Probar a ver el mundo bajo otros prismas y no restar, sino sumarse a. Levantar la mirada para llegar más allá. Quizás yo estoy bien, pero mi compañera no lo esté. Ser marea también por tus vecinas, por tus hijas, o por aquellas mujeres a las que nunca estrecharás la mano o con las que jamás tendrás ninguna relación. No sé si alguna vez han hecho huelga o han acudido a una manifestación. La fuerza que una adquiere acompañada de las suyas se multiplica, se desborda, se magnifica. Eres capaz de cosas que nunca harías sola. Para poder cambiar el mundo hace falta un movimiento, y un movimiento sólo se crea con muchas personas.

Separadas sólo somos gotas a merced del viento, juntas somos ola tras ola, marea capaz de transformar el paisaje entero.

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