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23/11/2014 18:09 CET | Actualizado 28/11/2014 18:20 CET

Escapadas espaciales: cuatro opciones para salir de este planeta (a precios astronómicos)

PARAMOUNT

A los viajes espaciales les ocurre lo que al fin del mundo: si finalmente llegan, no nos va a sorprender de tantas veces que los hemos visto ya en el cine. Viajes espaciales y fin del mundo son los hilos conductores del último estreno de ciencia-ficción que acaba de aterrizar en las pantallas. En Interstellar la historia de la Tierra ha llegado al final del trayecto debido al agotamiento de sus recursos cuando, por azar, los científicos descubren un agujero de gusano, una posible puerta hacia otras galaxias en busca de una nueva oportunidad.

Los agujeros de gusano son un concepto teórico no demostrado en la realidad, pero que encaja en la relatividad general de Einstein y que ha sido respaldado por astrofísicos como Stephen Hawking. Otro defensor de la teoría, el físico del Instituto Tecnológico de California (Caltech) Kip Thorne, se ha ocupado de estampar el sello científico en el guión de los hermanos Christopher y Jonathan Nolan. Thorne ya colaboró en la película Contact (1997), basada en la novela del astrofísico y divulgador Carl Sagan y en la que también se planteaban los viajes intergalácticos a través de agujeros de gusano.

A la espera de que los científicos descubran esta red de metro estelar o que, como en Contact, alguna civilización alienígena tenga a bien revelarnos dónde está la boca más cercana, de momento el viaje a galaxias distantes queda en la lista de pendientes. Pero esto no implica que debamos abandonar el anhelo de escapar de las fauces de la gravedad terrestre. En los últimos años ha brotado una corriente de empresas empeñadas en abrir las puertas del espacio a los ciudadanos. En su mayoría son aún futuribles y, de convertirse en realidad, serán un lujo inalcanzable para el terrícola medio. He aquí cuatro maneras de poner rumbo al espacio que podríamos llegar a ver en los catálogos de las agencias de viajes.

1. En globo - Precio: 110.000 euros - Destino: alta estratosfera (36 kilómetros)

El pasado 24 de octubre Alan Eustace, uno de los vicepresidentes de Google, se zambulló a la atmósfera terrestre desde una altura de 41.419 metros. Casi en secreto, sin patrocinadores y con la colaboración de una compañía de Arizona llamada Paragon Space Development Corporation, el estadounidense pulverizó el récord de 39.045 metros que había establecido dos años antes el austríaco Felix Baumgartner, en un salto que fue ampliamente publicitado y transmitido en directo.

Tanto Eustace como Baumgartner emplearon el más antiguo de los sistemas que el hombre ha utilizado para volar. Cuando el aeroplano aún era un sueño imposible, el globo aerostático prometía un futuro tan brillante que incluso Edgar Allan Poe lo eligió como medio para conquistar la Luna en su relato La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall. El cuento, publicado en 1835, estaba concebido como un bulo satírico, pero destinado a resultar creíble a través de las referencias científicas y de los detalles técnicos insertados en el texto. En tiempos de Poe parecía verosímil que un globo pudiera elevarse indefinidamente hasta escapar de la gravedad terrestre y ser absorbido por la lunar para acabar posándose en el satélite.

Hoy sabemos que esto no funciona así. Un globo asciende inicialmente porque el gas en su interior (aire caliente o helio) es menos denso que el exterior. Poe contaba con un medio continuo entre la Tierra y la Luna, pero lo cierto es que la atmósfera va perdiendo tanta densidad al ascender que, llegada una cierta altura, es imposible mantener el globo más ligero y éste deja de subir a no ser que se expanda lo suficiente como para mantener siempre su densidad interna por debajo de la exterior. Claro que esto terminaría con el estallido del globo, salvo que existiera un material capaz de resistirlo.

En el fondo, lo cierto es que Poe no andaba tan desencaminado. Como discutía en 2012 en un blog de Scientific American el científico planetario y escritor de ciencia George Musser, “es un mito que los globos son intrínsecamente incapaces de funcionar en el espacio. Los límites no son físicos, sino insignificantes problemas de ingeniería”. Musser empleaba el adjetivo con ironía, ya que entre estos problemas se encuentran materiales indestructibles e infinitamente elásticos, o tamaños de globo que alcanzarían proporciones astronómicas al expandirse.

Según explica Musser a El Huffington Post, “creo que mi conclusión básica aún se sostiene: hay efectos de flotabilidad más allá de lo que consideramos la atmósfera terrestre, e incluso se ven en fenómenos astrofísicos”. “En cuanto a los retos de ingeniería, son formidables y probablemente insalvables”, valora. Es decir, que la idea de un globo al espacio es como los viajes a través de los agujeros de gusano: teóricamente posible, siempre que los vehículos y sus ocupantes sean solo teóricos.

Pero lo anterior no implica que el globo sea una vía muerta. Muy al contrario, es quizá la opción que más cerca está de ofrecer experiencias fuera de este mundo a quien quiera y pueda permitírselo. Y la compañía pionera de esta idea en todo el mundo está en el parque tecnológico de Cerdanyola del Vallès (Barcelona). Fundada en 2009 por el ingeniero aeronáutico José Mariano López Urdiales, zero2infinity (0II00) arrancó lanzando globos no tripulados, pero con el horizonte de llevar pasajeros al borde del espacio. El proyecto ha concitado tanto interés que a la financiación inicial del propio emprendedor no tardaron en añadirse potentes inversores, y la iniciativa de López Urdiales ha sido elogiada por personajes como el fundador del imperio Virgin y de su rama espacial Virgin Galactic, Richard Branson.

Para el ingeniero español, el globo es “la forma realmente accesible y segura de acceder al espacio en un plazo razonable”. Los primeros ensayos de zero2infinity han lanzado globos a 32 kilómetros, tres veces la altitud de los vuelos comerciales, pero su objetivo es llegar a los 36. Aunque esta altura está por debajo del límite del espacio, que suele situarse en la marca de los 100 kilómetros, López Urdiales apunta que bastan poco más de 30 para ofrecer lo que la mayoría de los clientes busca en estos viajes: “la vista”. “La Tierra como una superficie azul y blanca con una curvatura apreciable y un cielo negro estrellado, que es lo que ven los astronautas en la Estación Espacial”, explica. “A esa altura estás por encima del 99,5% del aire; arriba te queda solo un 0,5%”.

De momento, zero2infinity ha ensayado una cápsula no tripulada llamada Microbloon, de la mitad de tamaño que la definitiva. El siguiente paso será la Minibloon, con capacidad para dos tripulantes. “La tenemos casi terminada”, revela López Urdiales. La Minibloon volará primero de vacío antes de acoger a sus primeros ocupantes, que serán especialistas. Los viajeros de pago deberán esperar a la versión definitiva, la Bloon, que embarcará a dos pilotos y cuatro pasajeros. Estos pagarán 110.000 euros por una navegación tranquila en la alta estratosfera con un servicio a bordo exclusivo y personalizado a la medida de cada cliente. Y ya hay lista. “Tenemos reservas de clientes y una red de distribución con muchas de las principales agencias de viajes”, señala el ingeniero.

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La cápsula no tripulada Microbloon, de zero2infinity.

Lo que resta por saber son las fechas. López Urdiales no quiere aventurar plazos, algo que le distingue de la práctica tan extendida en el naciente sector del turismo espacial: anunciar fechas para incumplirlas sistemáticamente. En cambio, el lugar del despegue sí se ha concretado; será el aeropuerto de Córdoba. Además de sus buenas condiciones meteorológicas, un atractivo extra será la belleza escénica. “El estrecho de Gibraltar es uno de los lugares que a los astronautas más les gusta observar desde el espacio, porque ahí ves dos mares, dos continentes, Doñana, Sierra Nevada, el Atlas, Portugal... Es muy diverso”.

Sin embargo, zero2infinity no viajará sola a la estratosfera: deberá enfrentarse a la competencia de World View Enterprises, un spin-off de Paragon, la compañía que aupó a Eustace y que se especializa en sistemas de soporte vital. Muchos apostarían a que López Urdiales se inspiró en la idea de los estadounidenses. Y se equivocarían por completo. El ingeniero español lo relata así: “Llevábamos un año trabajando con Paragon para el sistema de soporte del Minibloon y les habíamos pasado toda la informacion técnica, cuando un día nos dijeron que no podrían entregarnos el sistema”. La extraña decisión se explicó poco después: “A las tres semanas, anunciaron World View. Es interesante porque es un caso de espionaje industrial de Estados Unidos a España”, recuerda López Urdiales, quien presentó la idea original de Bloon en Houston en 2002. También curioso es el precio anunciado por World View para sus billetes: 75.000 dólares, unos 60.000 euros. “Sabemos que su precio está elegido para ser exactamente la mitad que el nuestro”, dice el fundador de zero2infinity. “Pero nosotros sabemos lo que vale porque hemos lanzado muchos más globos que ellos”.

2. En avión cohete - Precio: 160.000 euros - Destino: subórbita terrestre (a partir de 100 kilómetros)

Los vuelos suborbitales en aviones cohete parecían la opción de turismo espacial más al alcance de la mano, hasta que el pasado 31 de octubre la VSS Enterprise, primer aparato del modelo SpaceShipTwo (SS2) de Virgin Galactic, se estrelló en el desierto estadounidense de Mojave en su cuarto vuelo de prueba autopropulsado, el número 35 en total. El accidente resultó en la muerte de un piloto e hirió gravemente al otro, que logró lanzarse en paracaídas.

La experiencia proyectada por Virgin Galactic, al mando del magnate británico Branson, consta de una nave nodriza de doble fuselaje llamada White Knight Two, a la cual va fijado el avión cohete SS2. Este se desprende de su anclaje y acciona su propio motor, que lo propulsa hasta una altura prevista superior a los 100 kilómetros, la llamada línea de Kármán en la que suele situarse el límite entre la atmósfera y el espacio. Los viajeros, a un precio previsto de 200.000 dólares (unos 160.000 euros), experimentarán ingravidez durante unos minutos antes de regresar a tierra.

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Naves y recreación de uno de los vuelos espaciales de Virgin.

Branson anunció tras el accidente que sus planes seguirán adelante con la segunda SS2, llamada VSS Voyager y actualmente en construcción, que aceptará sus primeros pasajeros en 2015; siempre según el personaje que en 2004 prometió vuelos reales para 2007. Pero las cancelaciones ya han llegado; al menos 20, según la propia Virgin Galactic. “Conozco un caso que pidió la devolución el viernes del accidente y ya lo ha recuperado en su cuenta”, comenta López Urdiales. El ingeniero español plantea serias objeciones no solo al sistema técnico de Virgin, sino también a su política. “Han tratado de dar a entender a los medios que la culpa es de Scaled Composites [fabricante del VSS Enterprise], lo cual no es cierto”. Tampoco parece que la meta de Virgin esté tan próxima como su responsable transmite. Aún solo han alcanzado una altura de 22 kilómetros, así que a las naves de Branson les queda aún mucho cielo por romper.

El proyecto de Virgin Galactic no es el único que pretende ofrecer vuelos suborbitales. Otro de los proponentes, XCOR Aerospace, dispone de un avión cohete llamado Lynx que despega y aterriza de forma autónoma. A través de su web, XCOR ya acepta reservas de billetes por 95.000 dólares (unos 76.000 euros) para la Lynx Mark I, que subirá a una altura de 61 kilómetros, y por 100.000 dólares (unos 80.000 euros) para la Lynx Mark II, que ascenderá a la marca de los 100 kilómetros. La compañía anuncia sus primeros vuelos de prueba para 2015.

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Recreación de uno de los vuelos de XCOR.

3. En ascensor - Precio: sin definir - Destino: órbita terrestre lejana (36.000 kilómetros)

¿A qué piso, por favor? La idea de un ascensor al espacio puede evocar la escalera hacia el cielo de Led Zeppelin, o el personaje bíblico de Jacob, o el cuento infantil de las habichuelas mágicas, o un simple sueño alucinatorio. Pero lo cierto es que esta noción ya se acariciaba cuando el escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke, autor de 2001, Una odisea del espacio, la popularizó en su novela Las fuentes del paraíso (1979). La inspiración original se debe al pionero ruso de la astronáutica Konstatin Tsiolkovsky, que se basó en la torre Eiffel para proponer una estructura que subiera hasta el espacio. En 1959, el también ruso Yuri Artsutanov sustituyó la idea de la torre por un cable.

Un concepto fundamental en la teoría del ascensor espacial es el de órbita geoestacionaria. Un objeto colocado en una órbita circular en el plano del ecuador terrestre y a unos 36.000 kilómetros de altura (como comparación, la Estación Espacial Internacional vuela a unos 400 kilómetros) sincroniza su movimiento con la rotación de la Tierra, de manera que siempre permanece en el mismo lugar, visto desde la superficie. Esta órbita se emplea para situar satélites de comunicaciones que prestan cobertura constante a zonas concretas. Como es lógico, la idea de un elevador espacial que viaje a lo largo de un cable requiere que la estación de destino permanezca fija con respecto a la Tierra.

Aunque parezca un sueño imposible, el ascensor espacial es más que un experimento mental. Durante años los científicos han desarrollado la idea, llegando a la conclusión de que sería necesario un cable grueso que se extendiera más allá de la órbita geoestacionaria y terminara en un contrapeso para que el centro de masas quedara por encima de la órbita con el fin de sostener el sistema, que funcionaría como una plomada de albañil, pero al revés. Las dificultades son numerosas, pero simplemente de ingenería, como encontrar un material lo suficientemente ligero y resistente para el cable. Los nanotubos de carbono son los principales candidatos.

Ya se han diseñado varias propuestas, e incluso se han lanzado competiciones internacionales, una de ellas esponsorizada por la NASA. La corporación Obayashi, una de las cinco mayores constructoras de Japón, proyecta construir un ascensor espacial para el año 2050. Será un vehículo con capacidad para 30 personas que ascenderá a 200 kilómetros por hora desde un puerto flotante y a lo largo de un cable de nanotubos de carbono de 96.000 kilómetros de longitud. La nave tardará una semana en llegar a la estación orbital, que dispondrá de viviendas y laboratorios. En el extremo del cable se fijará un contrapeso de 12.500 toneladas. En su web, Obayashi afirma: “Basándonos en los resultados, concluimos lo siguiente: la construcción es técnicamente viable”. “El nivel tecnológico actual aún no es suficiente para realizar el concepto, pero nuestro plan es realista, y es un escalón hacia la construcción del ascensor espacial”, declara la compañía.

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Recreación del ascensor diseñado por la compañía japonesa Obayashi.

4. En cohete - Precio: de 21 millones a 600 millones de euros - Destinos: órbita terrestre cercana, la Luna o Marte

Dado que soñar es gratis, en los últimos años ha proliferado una abundante variedad de proyectos de turismo espacial con los objetivos más variados. Por el momento, la única realidad es la de los siete multimillonarios que han podido permitirse pagar entre 20 y 40 millones de dólares (entre 16 y 32 millones de euros) a la compañía estadounidense Space Adventures para embarcar en una nave rusa Soyuz y pasar unos días en la Estación Espacial Internacional (ISS). El último de los turistas espaciales fue el fundador del Cirque du Soleil, Guy Laliberté, que viajó al espacio en 2009. Después de un paréntesis, Space Adventures ha anunciado que reanudará sus vuelos en 2015 con la soprano británica Sarah Brightman.

Varias empresas pretenden explotar el potencial de la órbita terrestre como hotel con vistas a la Tierra. El magnate estadounidense de la hostelería Robert Bigelow ya ha lanzado al espacio dos módulos inflables no tripulados llamados Genesis I y II, a los que seguirá en 2015 un tercero que se anclará a la ISS. En su web, Bigelow Aerospace anuncia viajes a su futura estación orbital Alpha desde 26,25 millones de dólares (21 millones de euros). “En claro contraste con las estancias cortas de en torno a una semana en la ISS por las que hemos visto a personas adineradas pagar hasta 40 millones de dólares, los astronautas que visiten la estación Bigelow disfrutarán de entre 10 y 60 días en órbita”, declara la compañía. Otro proyecto que aspira a alquilar habitaciones en órbita es el de la barcelonesa Galactic Suite Space Resort, que se propone modificar naves de carga actuales para emplearlas como habitáculos. “El fin último de la compañía es desarrollar la primera cadena de hoteles espaciales del mundo con hábitats modulares y hacer el turismo espacial accesible para el público”, afirman en su web, donde aún mantienen su objetivo de abrir al público en... 2012.

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La nave de Bigelow, en una recreación.

Las expediciones privadas al satélite natural de la Tierra también forman parte de las promesas anunciadas. Space Adventures ofrecerá vuelos alrededor de la Luna a partir de 2018 por un precio de 150 millones de dólares el asiento (120 millones de euros). El listón de la exclusividad lo sube la estadounidense Golden Spike hasta los 750 millones de dólares (602 millones de euros), la factura que deberán pagar quienes deseen comprar una plaza en las misiones privadas de alunizaje previstas para 2020.

Y tal vez porque ya es imposible subir más el precio, dado que no quedaría nadie en este planeta capaz de costearlo, el siguiente destino está ahora en promoción: Marte es totalmente gratis. Claro que los candidatos a viajar al planeta vecino con la holandesa Mars One a partir de 2024 deberán demostrar que no son simples turistas, sino exploradores con un espíritu pionero, ya que si el proyecto se lleva a término jamás regresarán a casa. Eso sí es viajar.

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