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12/01/2013 10:00 CET | Actualizado 13/03/2013 10:12 CET

Entre Disney y Barbies

DISNEY

"Luchas con nazis

ahora con Disney y Barbies

que proyectan un mundo de jerarquías atroces

de princesas rubias, flacas de ojos azules

de las que protejo a mi hija con mental profilaxis

pero no siempre gana el léxico a la morfo-sintaxis"

Tras hacer un post de unas rimas que grabé hace unos días para mi próximo álbum en solitario, me llevé una tremenda sorpresa al ver la reacción que suscitó entre aquellos que me siguen a través de mis redes sociales. Las rimas en cuestión pertenecen al tema Cuarentaicero, que para contextualizar al lector no familiarizado con mi carrera en solitario como artista, son parte de una canción que completa la trilogía que empecé con Veintialgo (Tesis Doctoral, 1997) y continué con Treintaialgo (Respeto, 2007), temas muy introspectivos y de toque existencial que versan sobre las percepciones acerca de lo que rodea a un joven de barrio (ya no tan joven en Cuarentaicero), su entorno y las des-oportunidades que éste ofrece dentro de unas coordenadas físico-temporales y socioeconómicas muy concretas. Como es de esperar, de decenio en decenio, de canción en canción, estas coordenadas mutan, pero la temática se mantiene fiel al testimonio de alguien perteneciente a la generación de los 70-80, criada en los barrios españoles y tras la dictadura franquista, de la cual, desafortunadamente, aún padecemos sus efectos.

Como es de esperar, aquellos con descendencia femenina, especialmente aquellos cuyas hijas no comparten el fenotipo impuesto por Disney y Mattel (es decir, que no son ni rubias, ni de piel blanca y ojos azules) fueron los primeros en responder, casi siempre con un tono que reflejaba frustración e impotencia. Dejando de lado el no menos importante aspecto de la extrema delgadez, y sus implicaciones en cuanto al desarrollo de diferentes enfermedades psicosomáticas como la anorexia, que estos personajes/muñecas infantiles proyectan como elemento necesario para acceder al éxito y la aceptación social, como padre de una niña de cinco años y un niño de dos cuya madre es negra, el desarrollar estrategias para prevenir una falta de amor por uno mismo y mantener sus niveles de autoestima altos frente a la constante exposición a la exaltación de un fenotipo que dista mucho del suyo a la que se ven sometidos en los medios de comunicación, tiendas y entre sus compañeros de escuela, es un tema que me preocupa hasta el punto de ser una constante en mis rimas.

La cuestión es cómo preservar la autoestima y el amor propio, algo tan fundamental para el desarrollo emocional de una cría, cuando existe un bombardeo mediático que ofrece, por un lado, una visión de un mundo donde hay que ser rubia, blanca, de ojos azules, cuando la cría no lo es, y por otro, la proyección mediante películas, cuentos, series televisivas y todo un discurso montado acerca de proyectar un mundo jerarquizado y elitista (con sus princesas, reyes, súbditos y todo tipo de rangos y estatus) basado en estereotipos, y a la vez, conservar la predisposición natural de una cría a disfrutar de la diversidad y la variedad. Y aquí es donde es importante resaltar que me refiero a toda la diversidad, incluidas también las rubias y flacas de ojos azules sin tener que fomentar el rechazo hacia éstas para sobre-compensar el hecho de que el fenotipo no-blanco no es celebrado ni recompensado mediáticamente con los efectos que esto produce en la autoestima de una niña que no puede encontrar en la estantería una muñeca que se parezca a ella o a su madre, y si la encuentra, es en los márgenes de la estantería. Es decir, buscar estrategias que no fomenten el rechazo hacia las rubias como mecanismo de compensación por los actos criminales que corporaciones como Disney cometen contra el desarrollo emocional de tantas niñas y niños.

Esto es un tema delicado. Cuando mi hija me pregunta cuál me gusta más al enseñarme una propaganda con Blancanieves (al loro con el nombrecito), Cenicienta y Sofía, me tengo que morder la lengua (con el dolor que conlleva) para no decir que las princesas me producen arcadas, que todas las monarquías son cosas obsoletas del pasado y que no hacen más que abusar de sus privilegios mientras someten a otros que trabajan para mantenerles estos privilegios. La tentación de decir "¡al diablo con esas rubias!", que me parecen feas y que a mi me gusta ella, no es menor. Pero esto entraña el riesgo de que en el patio del recreo mi hija diga a su amiguita rubita (la cual no trabaja para Disney) que ella es fea porque tiene el pelo amarillo, que a su papa no le gusta el pelo amarillo (algo parecido ya nos pasó). Por otro lado, tampoco quiero que llegue a casa diciendo que su pelo es feo porque no le cae liso sobre los hombros como el de su amiguita Hailey, la cual se atusa el pelo a cada instante al mejor estilo de las princesas Disney. Cuando mi hija me enseña una foto donde aparecen las tres princesas blancas en el centro rodeadas de la princesa árabe, la japonesa, la nativa americana y la afroamericana, la respuesta que me estimula es exactamente la misma que se me viene a la cabeza acerca de las monarquías, pero a sus cinco años todavía necesita haber subido unos cuantos peldaños más para entender de lo que hablo, lo cual no evita que a través de cuentos, juegos e historias, los valores que se promueven en mi casa son aquellos de respeto y amor por la diversidad, así como el ser asertivo con aquellos que no respetan la diversidad y la justicia social. La única salida que encuentro es decir que todas son bonitas a su manera, pero que prefiero a esta o la otra porque se parece más a ella y su madre, y dejar explicaciones para un poco más adelante cuando, tal vez, ya este todo perdido y no ande más que soñando en casarse con un ente superficial en una ceremonia estúpida entre atuendos ridículos.

Sin embargo, la maquinaria Disney o Mattel (Barbie) no es tonta. Conocen bien la literatura escrita, en especial desde la Psicología Social, sobre las atrocidades emocionales que han cometido y comenten hacia aquellos que no se asemejan a las características fenotípicas de los grupos de élite a los que representan y de los que reciben su financiación. Esto les llevó recientemente, y muy a su pesar, al desarrollo y creación de princesas negras, latinas, indias, asiáticas o árabes, no solo para llegar a mercados que tradicionalmente habían criticado esta ausencia, sino para representar a estas nuevas princesas como elementos marginales, meros adornos, de las tradicionales rubias flacas, sin mencionar los elementos fenotípicos y estéticos que reciben por transferencia (la negra tendrá el pelo liso, la otra los ojos azules, etc.). Esta marginalidad de los personajes que representan "minorías" étnicas, se materializa tanto en el sentido simbólico como en el literal, sin dejar de lado el hecho del efecto socializador sobre los críos pertenecientes a estas "minorías" en la aceptación "de hecho" de un estatus quo basado en una sociedad jerarquizada y elitista, donde cada uno conoce su lugar, y el éxito (según los estándares capitalistas que promueven estas compañías) y la movilidad social es solo cosa de rubias con ojos azules y flacas, cuando la sociedad no tiene que, y NO DEBE, ser así.

Pero, ¿y entonces?, ¿qué podemos hacer al respecto si, como decía una amiga en mi facebook, "no hay escapatoria"? Desafortunadamente no es mucho y no existe una fórmula concreta. A parte de tratar de evitar el pasar por los pasillos de la tienda donde hay una sobreestimulación de muñecas rubias; tratar de ver las películas con ellas y explicar/dar alternativas y hacerles reflexionar sobre lo que aparece y, tal vez más importante aún, lo que no aparece en la historia; transformar la lectura de algunos cuentos mientras no saben leer, y filtrar/seleccionar lecturas cuando están aprendiendo y/o comentar aquellas lecturas que ofrecen estas visiones elitistas del mundo, e incluso colorear los protagonistas si tu hija lo cree oportuno; estructurar todo alrededor de ellos de tal forma que las reglas de la casa tengan una explicación dentro de un marco de cooperación y convivencia y no sean simplemente porque sí, "porque lo dice tu padre"; y dejar siempre abiertos el mayor número de canales de comunicación posibles (diálogos mediante paseos, a través del arte, juegos, deporte, etc.), no hay mucho más que podamos hacer para detener la invasión mental a la que nos vemos sometidos todos y contra la que tienen menores defensas nuestros enanos. Porque en definitiva, lo que podemos hacer como padres, no es más, y no poco difícil, que tratar de mantener el brillo en los ojos y la sonrisa en los labios de nuestros cachorros, guiando su aprendizaje y tratando de ayudar a racionalizar las experiencias a las que se ven sometidos desde la niñez. Cada momento, cada instante, es una oportunidad de aprendizaje, no solo para ellos, también para ti.

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