‘Electra’ o a Electra no le sienta bien el luto

‘Electra’ o a Electra no le sienta bien el luto

Es la confirmación de que la actriz Fernanda Orazi también es una buena directora teatral.

Escena de 'Electra'
Escena de 'Electra'Luz Soria

Asistir a la confirmación de una artista en alguna de las disciplinas que practica es todo un regalazo. Porque Electra de Sófocles dirigida por Fernanda Orazi que se estrenó la semana pasada en el Teatro de la Abadía es la confirmación de que esta buena actriz también es una buena directora teatral. Confirmación porque ya mostró buenas habilidades y capacidades de dirección con esa comedia sobre el capitalismo llamada Encarnación que montó en El Umbral de Primavera.

Para montar esta obra solo necesita cuatro buenos actores y una mínima intervención en el espacio escénico. Mínima porque usa unas ramas de laurel seco y unos potentes cañones de luz para dar foco a esos magníficos actores. Y moverlos por todo el teatro. Crear una polifonía de voces, que recuerda a un coro con sus solos. De hecho, esos cuatro actores son capaces de hacer de coro cuando así se precisa. Y, tal vez, se hubiera beneficiado de que hubiera una quinta actriz para hacer la hermana de Electra.

Eso le es suficiente para contar la historia de Electra que acusa a su madre Clitemnestra de matar a Agamenón, su padre, para casarse con Egisto. Por lo que la protagonista comportándose como una plañidera cualquiera, rompiendo con lo que comúnmente se piensa como la contención de la realeza, llora por todas las esquinas y ante quien la quiera escuchar. Desconsoladamente. En alto. Como una niña.

Una Electra que espera la vuelta de Orestes, el hermano que pensaba que estaba amenazado y ella ayudó a sacar de la ciudad de Argos con el esclavo Pedagogo, que lo cuidó y lo educó. Pues Orestes, podrá ejecutar su venganza ahora que ya nadie lo reconocería en la ciudad.

Escena de 'Electra'
Escena de 'Electra'Luz Soria

Y Orestes vuelve. Con otro nombre. Con otro aspecto. Se hace presentar como el emisario que trae sus cenizas, pues quemado tras una muerte violenta en los juegos píticos, para ser enterrado.

Con toda esta tragedia, Fernanda Orazzi y sus cuatro actores hacen una comedia. No faltan las risas entre el público con lo que dicen por cómo lo dicen y por cómo lo hacen en escena. El drama sigue presente, no desaparece. Electra, como un Hamlet cualquiera, no perdona el asesinato del padre, aunque, claro, ella no persigue el trono. O al menos, no para ella.

Por eso, Electra es, primero, una plañidera que grita su dolor en un tono de comedia. Y, luego, una hermana que recupera a un hermano que se había ido hace tiempo y que le habían dicho que estaba muerto. Escenas en las que pierde toda su majestuosidad. Como cuando se lee un texto en voz alta dando voces ridículas a cada personaje, buscando la gracia.

No es difícil pensar en su directora, y responsable de la versión, leyendo la obra en casa y haciendo eso mismo. Repitiendo algunas frases más que enigmáticas que encierra el texto, al menos para los tiempos que corren, tratando de buscarle el sentido en dicha repetición, poniendo voces. Como si en el cómo se dicen las palabras se ocultase el sentido de las frases. Idea con la que ya jugó en este mismo escenario Carlos Aladro, el anterior director artístico del Teatro de la Abadía.

Escena de 'Electra'
Escena de 'Electra'Luz Soria

Una repetición que suena a estribillo de canción pop. Que se queda en la cabeza del espectador de la misma manera. Y que cuando más adelante un actor o actriz repita esas frases se note que es lo que se omite o se cambia en esa repetición. Y así la propuesta adquiera a través del binomio reconocimiento-extrañamiento un sentido.

El sentido de matar a la madre. El único objetivo de los personajes y del texto. A la que se acusa y condena sin escuchar las razones que la llevaron a cometer su crimen. Sin tener en cuenta las evidencias. Al fin y al cabo, es una asesina y ha ayudado a su amante a usurpar el trono de su padre.

Es entonces cuando surgen las preguntas ¿Merecen todos los asesinatos la misma condena y la misma pena o se tienen que tener en cuenta las circunstancias en las que se produjeron? Y, si todo asesinato es execrable, repudiable ¿lo es quién clama venganza? ¿Y la pena máxima? Y ¿debería cambiar la condena en función del poder que detente el asesino? ¿O el crimen es independiente de quien lo cometa y de su clase y estatus sociales? Y ¿es recriminable todo aquel o aquella persona que clama justicia? ¿Y si la justicia se la toma por su mano? ¿Y si ha sido esa la cultura en la que ha sido criado? La cultura de que quien la hace la paga.

No se deben buscar respuestas en la propuesta de esta Electra. En ella se dejan flotando en el aire las preguntas. Es un aire lleno de humorada, de pop, aunque apenas hay música, de lenguaje de andar por casa. Un lenguaje corriente y doméstico que adquiere un significado en las dudas que plantea. En el debate. En el reconocimiento del público en los personajes, como querían los griegos, clamando dar satisfacción a sus deseos, a sus caprichos.