‘El día del Watusi’, pongamos que hablamos de Barcelona

‘El día del Watusi’, pongamos que hablamos de Barcelona

Un gran estreno en el Teatre Lliure de la ciudad catalana. 

Enric Auquer en El día del WatusiJosé Novoa

La noticia teatral de la semana pasada se producía en Barcelona. En el Teatre Lliure, donde se estrenaba El día del Watusi de Iván Morales basada en la monumental novela del mismo título de Francisco Casavella. Una obra fundamental de la literatura española y referente de una generación, sobre todo en Cataluña, que pedía paso y peso en la Barcelona posolímpica y en la España postsocialista y posfelipista.

Pues de eso va la novela. De gentes que nacieron y tuvieron una infancia miserable durante los últimos años del franquismo. Gentes cuyos padres tuvieron cierta mejora en sus condiciones de vida. Y a los que la democracia les trajo, primero, la furia y componendas de una política alcoholizada y anfetamínica. Y, luego, la movida cultural, drogadicta y punk que tanto los confundió y en la que tantos se perdieron para siempre. Una generación perdida.

Y, no, no pongamos que hablo de Madrid, como cantaría Joaquín Sabina. Porque la novela sucede en Barcelona. Una Barcelona que cambió el lumpen miserable y chabolista, de bandas y capos mafiosos de Montjuic y la Barceloneta por la miseria de la prostitución, el tráfico de estupefacientes y el muy mal vivir de la Plaza Real y aledaños.

Lugares que el espectador recorrerá de la mano de Fernando Atienza. Un chaval, charnego, es decir, hijo de emigrantes de otras regiones de España, al que su madre no le deja mezclarse con otros. Necesita preservarlo de ese ambiente sórdido que le rodea, pues en él están depositadas todas las esperanzas de salir del fango gracias al estudio y la Universidad.

Pero cuando se vive en la miseria es imposible mantenerse aislado de ella. El azar hace que junto al único amigo que se le permite, un chaval discapacitado, descubra el cadáver de una muchacha del barrio. Un asesinato con el que comienza la persecución de un mito. El Watusi, un vecino del que se sabe poco menos que solo leyendas, historias que corren entre los chavales y los que no lo son tanto como la pólvora. Y al que se le acusa, sin que se tengan pruebas, del asesinato.

Enric Auquer y Guillem Barlart en El día del WatusiJosé Novoa

A partir de ese momento, el noble del Watusi se convertirá para Fernando en un referente en el que descansará toda su sentimentalidad y la manera en la que se relacionará con el mundo. Llegando a grafitear uves dobles allá donde se le ponga por montera en la ciudad. Creando un interés por el significado de esa misteriosa W que aparecía en los sitios más insospechados, como cuando El muelle, otro grafitero español, iba pintando esta palabra por doquier.

Esos aspectos tan ingenuos y no exentos de nobleza con los que gobierna su vida, le serán robados por los publicistas. Por eso de ser una historia del pueblo, será usada sin ningún tipo de escrúpulos en política, para conseguir adeptos entre las clases populares, conseguir mayorías. Y, posteriormente, vaciada de contenido, usada en publicidad de detergentes hasta llegar a convertirse en una serie y terminar siendo una película de Hollywood.

El éxito del Watusi, de su mito, no acompaña a Fernando. A él no le abandonará la miseria de la que salió. Y las veces que se acerca a otros mundos, el de la estrategia política, el de los barrios altos de Pedralbes y sus fortunas, o el cultural, simplemente es un intruso al que se le permite estar en el papel de chico para todo o testaferro al que colgarle el muerto o de proveedor de sustancias.

Habrá quien piense que es imposible llevar esto a cabo con un mínimo de coherencia en el teatro. Por la multitud de ambientes diferentes y de los muchísimos personajes. O que para hacerlo sea necesario una gran producción.

Y una gran producción es. En el sentido que la obra dura cuatro horas y media con dos intermedios de quince minutos, que ni dan para tomarse un bikini caliente, que es como se llama al panino de jamón y queso en Cataluña, y una cola polaca, o eso dicen, en el bar del Lliure. Menos si se quiere aprovechar para ir al baño. Así que, primer consejo, hay que ir bien comido y bebido.

También lo es por el número de actores y actrices que forman el elenco. Mucho menos que la cantidad de personajes que salen en la obra, pero no deja de ser un número grande para los elencos que hay hoy en día. Aunque lo grande son ellos. Empezando por Enric Auquer, que hace el protagonista, actor conocido por la película El Maestro que prometió el mar, y que este montaje teatral le deberían dar la visibilidad y los premios que se merece su capacidad actoral. Pues es muy difícil crecer en escena. Es decir, comenzar siendo un niño convincente y acabar siendo un adulto que también convenza. 

A él y a Guillem Balart. Que en la primera parte es capaz de construir un personaje infantil y discapacitado. Una suerte de Huckleberry Finn charnego y chabolista en la Barcelona de los sesenta del siglo pasado. Que resonará toda la obra cada vez que se hable del Watusi. Aunque a lo largo de ella no volverá a vérsele, al menos no de forma directa. Y eso que el actor hace multitud de personajes en el montaje.

Vicenta Ndongo en El día del WatusiJosé Novoa

Aunque es injusto nombrar solo a dos interpretes de un elenco que, algunos días después de estrenada la función, a la que pertenece esta crítica, eran capaces con competencia de hacerse con todos sus personajes. Y a los que solo les falta acumular representaciones para que aquello crezca. De tal manera, que el público que vea las últimas representaciones y la gira, sin duda se encontrarán con ese tipo de obra río por la que le mereció la pena salir de casa y meterse al teatro, incluso aunque haga buen tiempo.

Este hincapié en los actores es importante. Porque Iván Morales, el adaptador de la obra y director, sabe bien que ni con todo el dinero que tuviera podía conseguir con decorados que los espectadores viajaran y se movieran por la Barcelona de aquellos años. Algo que consigue de forma mucho más económica pero mucho más efectiva con unos actores que sepan decir y hacer en escena como los que tiene en esta producción.

El resto son mínimos elementos escenográficos. Unas sillas, como en el Vania 1 de VaniaXVania. El uso eficaz de unas puertas al fondo del escenario. Una gran mole que sirve de barra de bar o garito de conciertos, el famoso KGB, o de buhardilla. Que si bien es cierto se van complicando es decir aumentando en elementos, que hacerse adulto hace que la vida se haga más compleja sobre todo por la experiencia, se mantiene contenido. Poniendo en práctica eso de que menos, es más. 

Y que si bien es cierto que no llega a la Trilogía de los dragones de Lepage, no se le queda lejos, sobre todo en ambición teatral. No siendo la única referencia que se puede encontrar. Pues no se puede ver la narcotizada y alucinada tercera parte sin pensar en el Imagine del polaco Krystian Lupa, aunque sin la rispidez y aridez de este.

Referencias cultistas del mundo del teatro que poco o nada le importarán a un público mayoritario que ha agotado entradas al poco de sacarlas a la venta. Ellos y ellas van a que le cuenten una historia.

Y se la cuentan de una manera que, aunque es una historia que ya conocen, más allá de que conozcan o no el libro, ya sea porque la vivieron, ya sea porque se la han contado sus mayores o la hayan tenido que estudiar, les ofrece la posibilidad de revisar la sentimentalidad que hay acerca de aquellos tiempos.

Incluida la sentimentalidad individual de cada persona que asista a la obra. Para darse cuenta la falta de gloria con la que se la vendieron y se le vende aquella época en la que todo transitaba desde una mísera dictadura a una paupérrima democracia.

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Ah, y lo importante que en esa sentimentalidad fue y es la música. De ahí que esta obra tenga más que una justificada playlist que incluye desde Los Bravos a Radiofutura pasando por José Feliciano, Dylan o Jacques Brel. ¿Puede a alguien extrañarle que aquella generación acabase haciendo punk?

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Como el dramaturgo Anton Chejov, me dedico al teatro y a la medicina. Al teatro porque hago crítica teatral para El HuffPost, la Revista Actores&Actrices, The Theater Times, de ópera, danza y música escénica para Sulponticello, Frontera D y en mi página de FB: El teatro, la crítica y el espectador. Además, hago entrevistas a mujeres del teatro para la revista Woman's Soul y participo en los ranking teatrales de la revista Godot y de Tragycom. Como médico me dedico a la Medicina del Trabajo y a la Prevención de Riesgos Laborales. Aunque como curioso, todo me interesa.