¿Puede la UE hacer más ante el cronificado conflicto israelí-palestino?

¿Puede la UE hacer más ante el cronificado conflicto israelí-palestino?

Una nueva ocasión en la que pudo apreciarse con claridad meridiana hasta qué punto Borrell ha reinventado el rol que encarna en este mandato.

La UE, ante el conflicto Israel-Palestina

¿Puede la UE limitarse a condenar las violaciones graves de los derechos humanos, del Derecho internacional, del Derecho humanitario o las Convenciones de la Guerra? ¿Pueden sus Resoluciones contraerse al relatorio de los sucesos que sacuden el turbulento desorden global al que nos abocamos, mientras se desmoronan ante nuestros ojos las reglas que nos dimos para ordenar las relaciones entre naciones y pueblos tras la II Guerra Mundial?

El Parlamento Europeo (PE) fue, en los albores de la integración europea, una asamblea deliberativa, foro de discusión e impulso de acuerdos políticos. Tras la entrada en vigor del Tratado de Lisboa (TL) y la Carta de Derechos Fundamentales de la UE (CDFUE), en 2009, el PE ha fortalecido como nunca en su historia su carácter de Institución única en su género: la única, en efecto, directamente electiva (por sufragio universal de 450 millones de ciudadan@s europe@s en 27 Estados miembros) y con potestad legislativa de ámbito supranacional que existe en el orbe planetario. 

Entre sus poderes incluye el de investidura (y eventual cese mediante moción de censura) de la Presidencia y composición de la Comisión Europea, su control parlamentario y la aprobación (o rechazo) de cualquier Tratado, Convenio o Acuerdo por el que la UE contraiga obligaciones con terceros actores de la comunidad internacional. Y controla, en particular, al Alto Representante —High Rep, actualmente, J. Borrell— como Jefe de la Diplomacia europea (SEAE), Presidente del Consejo de Asuntos Generales y Vicepresidente de la Comisión Europea.

La semana pasada, el Pleno de octubre II en Estrasburgo vivió un debate revestido de singular intensidad: no en vano, se discutió, con la presidenta Von der Leyen, el High Rep Borrell y la Presidencia española del Consejo de la UE (MAE Albares) la estremecedora guerra librada en nuestra vecindad de la otra orilla del Mediterráneo: la ofensiva de Israel contra la franja de Gaza —en que se hacinan, como es sabido, 2,2 millones de personas por debajo del umbral de la pobreza—, en reacción y represalia por la criminal incursión perpetrada por Hamás —organización terrorista— en territorio israelí el pasado 7 de octubre.

No ha sido tarea sencilla la de sumar voluntades para una resolución equilibrada y medida, máxime después de la secuencia de errores de juicio y gestión en la visita a Tel Aviv de la Presidenta VDL con la Presidenta del PE, Roberta Metsola

La historia del cronificado conflicto israelí-palestino no arrancó ese 7 de octubre. Desde su fundación, el 14 de mayo 1948, Israel ha escalado a superpotencia militar a base de prevalecer en cada una de las guerras libradas contra su existencia por sus vecinos árabes: 1948 (tras su proclamación), 1967 (los "Seis Días"), 1973 (Yom Kippur), 1982 (ofensiva en Líbano), 2006 (Gaza), a las que se suma su fuerza contra las intifadas en territorios ocupados. La UE y sus EEMM (España estableció su relación diplomática en 1986, con Gobierno socialista) reconocen por supuesto no solo el derecho irrenunciable de Israel a su existencia en paz y seguridad —por consolidado en esta historia y materialmente irreversible— sino también su derecho a la autodefensa frente a cualesquiera agresiones.

No obstante, con idéntica fuerza hemos reafirmado estos dolorosos días, ante la destrucción de infraestructuras civiles y el derramamiento de sangre de civiles inocentes, la sujeción vinculante de todos los Estados del mundo a las reglas del Derecho internacional, humanitario y de las Convenciones de Ginebra que codifican las normas del Derecho de la Guerra, so pena de afrontar sus responsabilidades por su quebrantamiento, incluidas las que se deriven de crímenes de guerra probados. No ha sido tarea sencilla la de sumar voluntades para una resolución equilibrada y medida, máxime después de la secuencia de errores de juicio y gestión en la visita a Tel Aviv de la Presidenta VDL con la Presidenta del PE, Roberta Metsola, en el arranque de esta guerra tras la mortandad y secuestros perpetrados por Hamás al penetrar en Israel.

Pero ayudó sin duda la intervención dirimente del High Rep Borrell, cuya asertividad al denunciar las injusticias infligidas por una y por otra parte, y su calificación asimismo intolerable en la medida en que se enseñan sobre víctimas civiles que deben ser preservadas conforme a las rules of engagement generalmente aceptados del Derecho de Gentes, destacó por su elocuencia, y por la diferencia marcada por el amateurismo o exceso de protagonismo de otras personalidades en posiciones clave, en las que sus propios cálculos ante las elecciones europeas de junio de 2024 no son, en absoluto, ajenos. 

Fue esta una nueva ocasión en la que pudo apreciarse con claridad meridiana hasta qué punto Borrell ha reinventado el rol que encarna en este mandato, arriesgándose a asumir la responsabilidad de no caer bien a todo el mundo, tomando parte ante un conflicto y definiendo una política exterior para la UE que no se reduzca a un inane y mínimo denominador común de sus 27 EEMM.

Entre los puntos clave de la resolución adoptada se encuentra un llamamiento expreso al Gobierno israelí a decretar de inmediato una “pausa humanitaria” (eufemismo de alto del fuego para el reabastecimiento de luz, agua, víveres, medicamentos) que palíe el horror sufrido por cientos de miles de niños, mujeres, víctimas y heridos indefensos, al que el mundo asiste en vivo y en directo en la globalización de las comunicaciones. También la globalización explica que, con una crudeza cualitativamente peor a la de ningún anterior episodio bélico de este conflicto, nadie pueda considerarse ni lo bastante lejos ni lo bastante ajeno como para no padecer sus consecuencias. Baste pensar en las fanatizadas apelaciones a la yihad y a los “días de la ira” que subyacen a los crímenes perpetrados en Francia, subseguidos de alarmas antiterroristas generalizadas en los EEMM de la UE, incluida España.

Pero, con todo, y desde la conciencia de que no puede haber paz ni seguridad en Oriente Medio hasta que, por fin, se abra paso la postergada (y hoy remota, en un contexto tan violento) solución de "dos Estados" —Israel y Palestina— persiste la pregunta decisiva: ¿Puede la UE contentarse con adoptar resoluciones, redactando documentos en los que se dé cuenta de todas las aristas pensables en el poliedro de un drama que dura demasiado tiempo? 

¿Puede la UE contraerse a apelar a sus valores y reivindicar orden en el desorden? ¿No ha llegado, por el contrario, ese momento geopolítico en que la UE ha de madurar, y hacerlo deprisa, acompasando su proclamada voluntad de ser globalmente relevante con instrumentos, políticas, músculo diplomático —de nuevo, el High Rep. Borrell— a la altura del designio de hacer que se oiga su voz, que esta sea una, reconocida, atendida y respetada?